Domingo, 03 Septiembre 2017 00:00

La campaña intoxicada - Por Eduardo van der Kooy

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Cambiemos otorga a Bullrich 6 puntos de ventaja. El cristinismo acepta que está abajo, pero por menos.

 

Mauricio Macri deberá tener muchísimo cuidado con su gestión hasta octubre. No incurrir en errores no forzados. Tampoco podrá desatender la campaña electoral. Aunque en ese campo, según ciertas evidencias, podría hallar una ayuda impensada. Cristina Fernández volvió a la escena con su antiguo libreto. El mismo que la condujo a la derrota en el 2015. Mucha centralidad de su figura y algunos vahos soporíferos de su épica. Sin desdeñar enseñanzas de mercado que supo copiar del ecuatoriano Jaime Durán Barba.

La ex presidenta, por lo visto, no terminó de procesar el mapa electoral provisorio que dejaron las PASO. Quizás haya estado absorbida por el escrutinio definitivo en el principal distrito electoral. Aquellos resultados, de acuerdo con la mayoría de los expertos, estuvieron atravesados por un factor determinante: la polarización. Detonada por Cristina, incluso desde su clandestinidad de campaña. La onda expansiva tuvo una magnitud que en las vísperas no pudo ser calibrada. Cayó el feudo de los Rodríguez Saá (Alberto y Adolfo) porque por primera vez en años hicieron una alianza táctica con ella. Naufragó el peronismo de La Pampa porque el gobernador Carlos Verna, en su afán por neutralizar una competitiva interna de Cambiemos, se arrimó demasiado al cristinismo con sus críticas al Gobierno.

Tal realidad desnuda varios problemas para el tránsito que viene. En especial porque Cristina volverá a ser una proa visible. El giro podría trasuntar antes que alguna certeza una desorientación. El cristinismo creyó que su estrategia inicial era pura virtud. Casi una refundación de la ex presidenta. Para retener a los incondicionales y sumar a los desprevenidos. Sólo la primera premisa se cumplió. Le alcanzó para arrancarle apenas 20324 votos de diferencia a Esteban Bullrich, el postulante oficial, sobre un universo de 12 millones. Estuvo por debajo de Graciela Ocaña, la primer candidata a diputado de Cambiemos. También de Aníbal Fernández cuando sucumbió en Buenos Aires frente a María Eugenia Vidal. Esa había representado la actuación menos decorosa del peronismo en la provincia desde 1962.

La visibilidad de Cristina implicaría el fracaso del primer paso en la campaña. Los otros aspectos tampoco funcionaron. Las víctimas del ajuste económico de Macri no percibieron a la ex presidenta como salvadora. Hubo un núcleo peronista que tampoco la siguió: corrió con Florencio Randazzo. El costo de un error repetido por ella a la hora de construir política: despreció la interna con su ex ministro.

Ahora intenta socavarlo en un gesto parecido a la desesperación. Realizó insinuaciones a Gabriel Katopodis. Pero el alcalde de San Martín fue refractario. Juan Zabaleta, el intendente de Hurlingham, se convirtió en cambio en rápido desertor. Ariel Franetovich, candidato randazzista, ex ministro bonaerense y ex intendente de Chivilcoy, denunció que desde el Instituto Patria, el atalaya de Cristina, se sondea a candidatos de Cumplir de la cuarta sección electoral para que renuncien a sus postulaciones a cambio de “un buen contrato”. ¿Donde? Un misterio. Mañas de la vieja guardia bonaerense.

La otra dificultad para Cristina será rehacer su discurso público. Hay pocas pistas todavía. No archivará los argumentos sobre la existencia de un Macri ajustador e insensible. Aunque hasta en La Matanza, donde afincó su pobre diferencia final, verificó desplazamientos en sectores muy humildes favorables a Cambiemos. Deberá rastrear algún filón atractivo que convoque a los votantes que en primera instancia no sedujo.

El primer escollo de la ex presidenta fue su voluntarismo para interpretar la realidad. Supuso todo mal. Que su primer desaire, cuando se negó a transferir el mando en 2015, disminuiría al Presidente. Que en su primer año tendría dificultades serias de gobernabilidad por la condición minoritaria en el Congreso. Que llegaría maltrecho a las elecciones de medio término. El sueño de una derrota –que no ocurrió-- fue la que atizó en el cristinismo la alegoría del helicóptero. Cada uno de esos pronósticos falló. Sólo agitan la aviesa asociación del macrismo con la dictadura por la desaparición de Santiago Maldonado, el artesano sobre el cual no se conoce nada desde hace un mes.

Cristina insinuó durante la celebración de su victoria una posible dirección de su mensaje. Convocó a colocarle límites al Gobierno. Tratando de emular la fórmula que Sergio Massa explotó contra ella en el 2013 para vencerla en Buenos Aires. En la persecución de algún sentido a sus palabras la ex presidenta derrapa. Tanto que puede plantearse la duda sobre la seriedad de sus dichos. Disparó, por ejemplo, que “estamos frente a un Gobierno con una inmensa, inaudita e inédita concentración del poder”. Porque administra el Estado Nacional, Buenos Aires y la Ciudad. Agregó en la nómina al poder privado concentrado. ¿Suena creíble tamaña advertencia? ¿Vale en la mujer que gobernó con el 54% de los votos, mayoría en ambas Cámaras y disciplina en la Justicia? ¿Corresponde para alguien que hizo del “vamos por todo” un axioma político?

Aquella imaginación exacerbada estaría demostrando que la campaña de Cristina recorre una transición, sin destino firme. Encontrarlo no resultará sencillo para alguien encerrada casi en una trampa. Falta discurso, escasea al peronismo, abundan los fantasmas. El rumbo dubitativo tendría traducción en cifras. El cristinismo posee una encuesta posterior a las PASO que lo muestra anclado en el porcentaje que obtuvo en Buenos Aires. Pero ahora 4 puntos por debajo de Bullrich. Cambiemos es más optimista. Apunta que el ex ministro de Educación se habría alejado seis puntos. Constituyen sólo estimaciones del amanecer.

El Gobierno dispone de otras anotaciones que tendrían un itinerario similar. La imagen de Macri creció dos puntos en Buenos Aires desde las PASO. Pero también se estiró la de Vidal que vuelve a orillar el 58%. El Presidente tendría su consuelo en Córdoba: su figura escaló hasta el 60% de aceptación. Cambiemos fijó un par de prioridades para la estrategia que viene: habrá un trabajo electoral puntilloso en la provincia y en Santa Fe. Debe remontar dos diferencias pequeñas y tendría con qué hacerlo. En ambas domina el rostro cristinista.

Otra lupa se fijará en provincias del sur, donde estaría a tiro de conseguir una banca. Serían los casos de Rio Negro y Chubut. El Gobierno tendría allí y en el resto del país una ventaja respecto de las PASO. Conoce el humor social. Sabe que es lábil pero que sostiene expectativas sobre la evolución económica. Las novedades ayudan: la industria y la construcción exhibieron un fuerte repunte en julio. Marcos Peña, el jefe de Gabinete, tuvo a propósito un cómodo paso por Diputados. Ni Axel Kicillof lo interpeló.

Esa realidad, tal vez, haya influido para que la desaparición de Maldonado esté monopolizando la agenda pública. Está bien que así ocurra si no fuera una una salvedad. Se ha convertido en una cuña electoral hostil metida entre el Gobierno y la oposición. Las postales violentas de la Plaza de Mayo y el Bolsón resultaron elocuentes. Se corre riesgo que aquella preocupación colectiva genuina resulte intoxicada por intereses políticos.

Entre tanto dislate una voz solitaria aportó sensatez. Rubén López, el hijo del albañil Julio Jorge López, desaparecido en 2006, sostuvo que ninguna persona es más desaparecida que otra. Fue en réplica a Hebe de Bonafini. La jefa de las Madres de Plaza de Mayo había dicho que los casos de Maldonado y López son distintos, por que éste era guardiacárcel. Nunca lo fue. Y si lo hubiera sido, tampoco habría constituido razón para privarlo de la libertad y la vida.

Las organizaciones de derechos humanos no vienen haciendo lo mejor para colaborar con el esclarecimiento del caso Maldonado. Repiten aquel comportamiento del 2006. Se estacionaron en la conjetura sobre la culpabilidad de Gendarmería. La fiscal Silvina Ávila, que caratuló el hecho como “desaparición forzada”, informó que no tiene elementos para acusar a esa fuerza de seguridad. Tales conclusiones han sido elevadas a la ONU.

El Gobierno asoma acosado e impotente. Transitó varias hipótesis pero no logró cuajar ninguna de ellas. Le cabe la responsabilidad política del Estado. La misma que correspondió en su momento al kirchnerismo cuando desapareció el albañil López. Antes y ahora habrían podido descubrirse denominadores comunes. Entre ellos, la gigantesca ineficacia del Estado en situaciones cruciales.

Las investigaciones en los dos casos se realizaron casi siempre tarde y mal. Por impericia y falta de recursos. El juez Guido Otranto demoró 10 días en allanar dos cuarteles de Gendarmería en Chubut. El caso López tuvo idas y vueltas, pasó por tres magistrados y terminó en uno del fuero electoral, el fallecido Manuel Blanco. Una comparación serviría para comprender de qué se habla. En cuatro días, la policía e inteligencia de España descubrieron, identificaron y desmembraron al grupo yihadista que desató la tragedia en la Rambla de Barcelona. Aquí cualquier rastreo resulta eterno. Sucede algo más: la nacionalización del caso Maldonado pone de manifiesto la falta de atención social y del poder sobre episodios de violencia y anarquismo que se reiteran en el sur.

A 34 años de concluida la dictadura puede arribarse a otra frustrante comprobación: ni la defensa de los derechos humanos ha sido preservada como política de Estado. Como punto de confluencia de la sociedad íntegra. 

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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