Lunes, 04 Septiembre 2017 00:00

La violencia se apodera otra vez del lenguaje de la Argentina - Por Fernando González

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Son los días en los que triunfan las palabras de los jóvenes viejos. Los chicos que analizan la actualidad con categorías oxidadas de los años setenta. Y los adultos, algunos ya muy adultos, que apuestan a revivir aquella primavera errónea de la lucha armada que terminó en el peor de los inviernos. El de la dictadura, el de los muertos y el de los desaparecidos.

 

En medio de la tensión que rodea a estas elecciones en tiempo de redes sociales, la violencia se apodera otra vez del lenguaje de la Argentina. El disparador es la desaparición de Santiago Maldonado, hasta ahora sin pistas concretas por parte del Gobierno ni de la Justicia. Pero allí están los términos que asustan a una sociedad que ya tiene suficientes pesadillas con los embates de la realidad socioeconómica. Piedrazos, bombas molotov, balas de goma, cascos, camiones hidrantes, detenidos, heridos. Y, afortunadamente, la discusión todavía se detiene allí. En las palabras. Al borde de esa frontera de la que muchas veces no se puede volver. Al borde de la muerte.

Son duras las palabras de algunos de los protagonistas de la realidad. Se pueden entender por el dolor y por la impotencia de no encontrar las respuestas del Estado que merecen. Pero le agregan un dramatismo que la dirigencia argentina deberá resolver en medio de la confrontación electoral. Es el caso de Sergio Maldonado, el hermano del joven desaparecido, y el miembro de la familia que mostró un discurso más politizado en la marcha del viernes.

“Mi paciencia se terminó anoche en Plaza de Mayo; a partir de ahora arranco distinto y a quien tenga que pegarle le voy a pegar”, amenazó un día después, al ser entrevistado por Radio 10. “Voy a ir contra quien tenga que ir”, continuó en la misma línea, para terminar con una serie de críticas durísimas contra el presidente Mauricio Macri.

El hermano de Maldonado no lo sabía pero, casi a la misma hora que él hablaba por radio, una mujer entraba en una parroquia de Merlo para rezar por la memoria de su hija. Mónica Bottega había perdido a Tatiana Pontiroli en febrero de 2012, cuando 52 argentinos murieron en la tragedia ferroviaria de Once. Allí descubrió a Cristina Kirchner sentada en un banco de la Iglesia. Se le acercó sin temor y le dijo con voz calma. “Soy la mamá de Tatiana, fallecida en la tragedia de Once. Usted es una asesina…, pide por la vida de Maldonado y nunca se hizo cargo de la masacre que causó a 52 inocentes”. No hizo falta que los custodios la detuvieran. Se fue con la misma tranquilidad con la que había llegado. El posteo de Facebook y el video del encuentro se viralizaron durante el fin de semana.

A este clima, de palabras incendiarias, el Gobierno y la oposición tienen que encontrarle un cauce que conduzca por el sendero de la tolerancia. No será fácil porque de un lado y del otro hay quienes creen que pueden obtener réditos electorales de la tensión social. Las primeras encuestas posteriores a las PASO, todavía en el terreno prudente de la discreción, muestran una ventaja inicial para el Frente Cambiemos en la provincia de Buenos Aires. Allí es donde disputan la competencia más encarnizada contra la ex presidenta. Y ya hay funcionarios ansiosos que celebran a cuenta, anticipando que la violencia y el descontrol del viernes negro consolidarán ese pronóstico todavía débil.

Claro que Cristina también tiene muy clara su estrategia. El plan es negar la violencia de la Plaza y sus alrededores para adjudicársela a los supuestos “infiltrados”, que tan fácil cobijo tienen siempre en la paranoia de la política. “Ayer ví cosas oscuras en la Argentina. Gente de civil sin identificación. Gente que parecían manifestantes y luego aparecía junto a la Policía con un chaleco. Eso ya lo vivimos…”, bajó línea la ex presidenta. Obedientes o funcionales, los dirigentes de Unidad Ciudadana, los trolls del kirchnerismo y los entusiastas que acompañan desde la ingenuidad siguieron el mismo sendero discursivo de la infiltración a la juventud maravillosa. Un engaño con olor a naftalina que lleva medio siglo de asombrosa supervivencia.

Frente al desafío de la violencia de las palabras y la violencia latente en la confrontación electoral están los dirigentes y los partidos políticos como resguardo de la convivencia. Pero no alcanza porque la política también atraviesa su propia y profunda crisis de credibilidad. Una encuesta reciente de la consultora Isonomía, de las pocas que acertó con el resultado de las PASO, indica el declive del voto cautivo y la tendencia de la sociedad a identificarse cada vez menos con los partidos mayoritarios. Sólo el 2% de los encuestados se ve representado por la UCR; un 3% se identifica con el más novedoso PRO y apenas un 6% lo hace con el Partido Justicialista, aquel gigante que presumía de sus cuatro millones de afiliados y de ser imbatible en las urnas.

El Gobierno justifica su buen resultado electoral de agosto en el resguardo del Frente Cambiemos, una marca que funciona como estructura superadora de los partidos que la conforman y consigue en la encuesta mencionada un 14% de identificación. Suficiente para imponerse en estos tiempos a la dispersión en decadencia del peronismo pero todavía muy embrionario como para resguardar a la Argentina del huevo de la serpiente de la violencia. 

Fernando González

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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