Jueves, 07 Septiembre 2017 00:00

Las aristas oscuras del uso político del caso Maldonado no empañan la economía (por ahora) - Por Hugo Grimaldi

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El aprovechamiento político-electoral que se está haciendo de la conmocionante desaparición del artesano Santiago Maldonado, situación más que obscena porque hay una vida en juego, le ha puesto por estos días a la actualidad un singular dramatismo, aspecto que no se presentaba cuando populistas y defensores del cambio, los rivales ideológicos que se ubican a cada lado de la cada día más profunda grieta de intolerancia que divide a la Argentina, se chuzeaban a través de Twitter únicamente por los porotos.

 

Ahora, se ha pasado de la palabra a la acción y nunca son buenas las escaladas de odio, venganzas y violencia.

Pese al ruido de las declaraciones, a los destrozos y ataques de la semana pasada más propios de fuerzas de carácter anarquista que de partidos que compiten en compulsas democráticas y a la caja de resonancia cada vez más macabra, como son las redes sociales a la hora de prenderse en operaciones de toda laya, algunos analistas opinan que el caso, tal como está hoy, no modificará decisivamente el sentido del voto en octubre y que, salvo alguna jugada muy equivocada del Gobierno, tampoco debería poner en riesgo la recuperación económica, hoy más atada a los problemas de base que a cualquier otra cosa, tras el resultado clarificador de agosto.

En este sentido, pese al gradualismo elegido para atacar la cuestión fiscal, a ciertos reparos que existen por el creciente endeudamiento y a la inflación núcleo que parece no ceder pese a la acción monetaria del BCRA, el nivel de actividad continúa moviéndose a una velocidad de crucero ya de casi 6%, ha recuperado todo lo perdido desde que Mauricio Macri es Presidente y lo hace con cada vez más sectores en expansión. Estas mejoras se correlacionan con una mejor situación en materia de empleo, más en el interior que en el GBA, mientras los ingresos de los asalariados y de los jubilados han aumentado en términos reales.

Todo indica que el Gobierno llegará a las elecciones de octubre con un mejor panorama o, lo que es lo mismo, que la oposición no tendrá demasiados argumentos objetivos para contrastar en este terreno por lo que, salvo críticas instrumentales, el campo económico no parece muy fértil para atacar al oficialismo: "que somos neoliberales ya no se lo creen ni ellos", suele ufanarse un funcionario relevante con despacho en el primer piso de la Casa Rosada.

Para analizar mejor el delicado momento que se vive con el caso Maldonado, al que no es ajeno tampoco el lamentable periodismo embanderado que no sabe o no quiere tomar distancia de los episodios para informar con la menor cantidad de prejuicios posibles a las audiencias, hay que anotar como detonante del tema que, en el medio de la misma, han sucedido las PASO, encuesta nacional que mostró al oficialismo en el papel de claro ganador nacional y a una gran porción de la sociedad alineada con fuerzas políticas para nada afines al kirchnerismo, ciudadanía que esta vez votó más con apego institucional que mirando su propio bolsillo.

Todo este cuadro de situación le da efectivamente más espacio a la histeria política y si bien las dos partes deberían hacer mucha autocrítica sobre el rol que ejercen ambas alrededor de la desaparición, no se puede dejar de observar que Cambiemos ganó un millón setecientos mil votos en las últimas elecciones y que eso le ha soltado la cadena a Cristina Fernández y a sus acólitos, quienes solamente tienen para promocionar que quedaron primeros en la provincia de Buenos Aires por 20 mil votos de diferencia.

Ya sea por prejuicios ideológicos o quizás para brindarle a sus seguidores un antídoto que los inocule contra tan notorio adelgazamiento o quizás también como autoprotección ante el vendaval judicial que se le viene encima, la ex presidenta ha decidido librar una nada sanmartiniana Guerra de Zapa contra el Gobierno, al que le cuesta salir del laberinto de nervios en el que lo ha metido el kirchnerismo.

Para ello, la ex presidenta hace esparcir rumores insidiosos, denuncia todo lo que le puede hacer daño a Mauricio Macri, exagera, se victimiza y fuerza las interpretaciones de los hechos. Con mucho de hipocresía, olvida sus buenos tiempos, como cuando convocaba a ir por todo amparada por las amplias mayorías que detentaba en las dos cámaras legislativas y planeaba manducarse al Poder Judicial. Ahora, Cristina se hace cruces porque un mismo signo partidario gobierna la Nación, la CABA y la provincia de Buenos Aires y no olvida retar a los ciudadanos que no votaron su proyecto quienes, según ella, se "autoengañaron" porque en 2015 escucharon "lo que querían oír", condición que se da cuando se encuentra "a alguien que le va a mentir", dice.

Desde ese lado del abismo, dicen que Macri es la dictadura y más allá de que tamaña exageración banaliza irresponsablemente el dolor de aquellos tiempos en los que los muertos y desaparecidos se contaban por miles en la Argentina, el latiguillo no deja de ser inquietante por lo burdo. En tanto, desde la otra orilla, acusan a los K y a la izquierda de buscar la desestabilización del Gobierno, tal como ocurrió tantas veces en la historia del siglo pasado, cuando los iluminados militares irrumpían en la escena al oír los golpes en las puertas de los cuarteles.

"La división de la sociedad ya no parece ser únicamente un fenómeno del círculo rojo, interesado en las cuestiones de la política, sino que la crispación se popularizó al extremo", opina el sociólogo Marcos Novaro y menciona a los kirchneristas, quienes suponen que una desaparición forzada emparenta a Macri con Jorge Rafael Videla, pero también a los defensores más acérrimos del Gobierno "que están desesperados porque temen que el Presidente termine golpeado, si verdaderamente a Maldonado lo secuestró la Gendarmería".

Cosas de la grieta, el cambio de discurso de la ex presidenta puede ser para galvanizar voluntades propias o quizás le sirva para agradar a fuerzas que no lograron traspasar el piso electoral, pero es bastante difícil que le sume adeptos entre peronistas menos radicalizados, por ejemplo entre aquellos que votaron a Florencio Randazzo o a Sergio Massa en las PASO. En el Gobierno especulan que muchos de los intendentes de estos espacios bien podrían entregarle sobres a sus votantes con boletas propias sólo para cubrir las bancas necesarias que les aseguren el control de los Concejos Deliberantes y sumarle la de Bullrich González. Ya pasó en 2015 con María Eugenia Vidal.

La acción psicológica que ha montado el kirchnerismo y la izquierda para desacreditar al Gobierno a partir de instalar presunciones sobre el accionar de los gendarmes en Chubut sólo ganó terreno porque las autoridades, con Patricia Bullrich a la cabeza, se mostraron siempre a la defensiva y porque las actuaciones judiciales dejaron dormir demasiado las investigaciones. Hubo notorias fallas a la hora de no prever la escalada opositora y en lo que fue la comunicación, una evidente subestimación de la dinámica de los acontecimientos. Quizás por vergüenza (otros dirán que por prudencia) nunca se explicó desde el Gobierno, por ejemplo, que las zonas mapuches son inexpugnables y que el Estado argentino no se anima a entrar allí, ni siquiera con la Constitución en la mano.

No es la primera vez que el Gobierno se paraliza y es entendible porque no parece que todavía tenga aceitados los mecanismos de alerta que le anticipen al Presidente cuestiones de crisis que podrían afectar a su gobierno. A esta falta de previsión se le agrega la tradicional soberbia de algunos estamentos de la Casa Rosada, quienes dilataron y dilataron la acción y no han tomado nota todavía que ya no sirve la excusa de la falta de experiencia. Tras tantos errores y muestras de poco interés, uno de los fundadores de Cambiemos, Ernesto Sanz, lo acaba de decir con todas las letras, un mes después del inicio del problema: "me quedo con la respuesta del Gobierno de las últimas 48 horas, que es más potente en términos de comunicación a la sociedad".

Al decir del politólogo Alejandro Katz, el gran pecado del Gobierno en esta historia fue principalmente "no ser sensible" a la densidad de la idea de los derechos humanos que tiene la democracia argentina, situación que caracterizó como "el único cemento con el que se juntaron las partes rotas de una sociedad muy lastimada durante la dictadura". Si hubiese ejecutado esa cuerda sin sobreactuaciones como sucedió en el pasado y tal como lo ha hecho con los planes sociales, quizás le hubiese sacado también ese argumento a quienes hoy lo fustigan.

Hugo Grimaldi

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