Miércoles, 04 Octubre 2017 00:00

Mochilas para la campaña de Cristina - Por Eduardo van der Kooy

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Cristina Fernández tuvo en apenas un par de semanas las fotos de campaña menos deseadas. Fueron las del comienzo del Juicio Oral y Público a Julio De Vido, el miércoles pasado, por la tragedia ferroviaria de Once que costó 51 muertos, y de Amado Boudou, ayer mismo, a raíz del intento de apropiación de la imprenta Ciccone, una de las fábricas de los billetes moneda nacional.

 

El ex ministro de Planificación y el ex vicepresidente representan dos de los símbolos institucionales más jerarquizados de la corrupción kirchnerista de la década pasada. Aunque quizás, también, mucho menos espectaculares que el ex secretario de Obras Públicas, el detenido José López. El hombre que una madrugada revoleó bolsos con millones de dólares dentro de un convento en General Rodríguez.

Tampoco se puede hablar de equivalencias entre De Vido y Boudou. El ex ministro fue durante doce años el cajero de la administración kirchnerista. Tuvo la bendición de Néstor Kirchner. Administró caprichosa y dolosamente verdaderas fortunas públicas. Compró impunidad por años con jueces federales y colaboró en el diseño de la ingeniería política en Buenos Aires. En especial, con los intendentes del conurbano. Los viejos barones peronistas antes; la nueva y ahora acotada generación de alcaldes K.

El papel de Boudou fue en cambio de mucho menor densidad. Pese a haber ocupado un sillón más encumbrado. Su calvario comenzó a pocos meses de su asunción por la causa, precisamente, que lo colocó ayer por segunda ocasión ante un Juicio Oral y Público. En el anterior fue sobreseído –por prescripción-- en un típico pillaje: la adulteración de papeles en la compra de un auto cuyo valor no quiso compartir con su ex esposa en el juicio de divorcio.

Los casos no resultan para nada comparables. La causa Ciccone es, con seguridad, la más grave de las que cosecha el ex vice. Tiene otras 10 penales en curso. Le aguarda un nuevo juicio por el presunto pago de sobreprecios en la compra de vehículos de alta gama. Ocurrió en el 2009 cuando oficiaba como ministro de Economía.

El escándalo Boudou por Ciccone fue la primera marca profunda que caracterizó la segunda presidencia de Cristina. Fue además el germen de su proyecto para colonizar al Poder Judicial. En el afán de proteger a su vice, la ex presidenta forzó la renuncia del Procurador General, Esteban Righi, desplazó al juez que investigaba, Daniel Rafecas, y también al fiscal Carlos Rívolo. En ese contexto, después del ensayo fallido con Daniel Reposo, se produjo el desembarco de Alejandra Gil Carbó en la oficina que dejó Righi. La coalición oficialista de Cambiemos –buena parte de la cual convalidó esa designación-- lleva insumidos dos años tratando de desplazar a la funcionaria. Un engranaje clave en el sistema de resguardo que urdió Cristina antes de alejarse del poder.

A diferencia de De Vido, Boudou nunca contó con vida propia. Dependió hasta diciembre del 2015, cuando asumió Mauricio Macri en la Casa Rosada, de la protección de Cristina y las maniobras del ex secretario general, Carlos Zannini, en Comodoro Py. Tampoco supo ni pudo tender redes en el peronismo. Nunca fue considerado allí como propia tropa. Quedó demasiadas veces en evidencia durante su ejercicio de la titularidad del Senado. El bloque del PJ virtualmente lo aisló. Terminó arropado por Hebe de Bonafini, la titular de las Madres de Plaza de Mayo.

Ese aislamiento tuvo un factor potenciador. Fue el modo en que Cristina lo eligió como candidato a vicepresidente. Sin consensuarlo con nadie. Incluso desoyendo alguna recomendación adversa que le hizo Máximo, su hijo. El ahora diputado debía conocer la opinión que su padre siempre había tenido sobre Boudou. Desde que estaba en la ANSES.

El ex vicepresidente pudo haber significado, tal vez, la peor de las construcciones políticas que ideó Cristina con sello propio. Hubo otras pero ninguna tan perniciosa como esa. Está a la vista: la figura de Boudou retorna al centro de la escena política enchastrado por la antigua corrupción. Cuando la ex presidenta, por otra parte, experimenta una pirueta estratégica de campaña en el intento por evitar la derrota en Buenos Aires que auguran todas las encuestas para el 22 de octubre.

Aquel cambio encierra una admisión clara. El fracaso de la táctica utilizada para encarar las PASO. Su ausencia de protagonismo, el papel cedido a los militantes K y ciudadanos perjudicados, sobre todo, por el ajuste económico del macrismo. El espíritu componedor en lugar de la confrontación que había mostrado desde el día en que debió –y no hizo-- ceder el mando a Macri. Poco y nada sirvió la innovación: apenas le arrancó 20 mil votos de ventaja en el principal distrito electoral al postulante oficialista, el ex ministro de Educación Esteban Bullrich.

Tampoco existe constancia, al menos hasta ahora, que el viraje esté arrojando resultados satisfactorios. Habría, en realidad, un enredo entre la noción de un cambio y la aplicación de la vieja fórmula de la prueba y el error. En esa anda todavía.

En este maquillado tramo de campaña para octubre Cristina no parece haber tenido suerte. Arrancó con un llamado a la unidad opositora para vencer a Macri. El primero en desairarla fue Florencio Randazzo. A quien le impidió participar en las primarias con la construcción del Frente de Unidad Ciudadana. Sin el PJ. El segundo fue Sergio Massa, de 1País. El diputado de Frente Renovador, al margen de sus convicciones, no tenía otra salida: en su caudal de votos que obtuvo en las PASO se advierte un fuerte componente antikirchnerista. Que comparte con quienes tampoco quieren saber nada con Macri.

El segundo intento de Cristina radicó en responsabilizar exclusivamente al Gobierno por la desaparición en Esquel de Santiago Maldonado. Ya hace dos meses que el artesano permanece desaparecido. Pero la excesiva utilización política del drama terminó esterilizando, ante la percepción pública, le incumbencia auténtica que le cabe al oficialismo como principal representante del Estado.

La tercera novedad consistió en un puñado de entrevistas periodísticas que Cristina resolvió conceder. La falta de ejercicio pudo haberle jugado una mala pasada. No tuvo respuestas felices en asuntos trascendentes. Exculpó a De Vido, por ejemplo, en la tragedia de Once. La adjudicó solamente a la impericia del maquinista. “Si no frenás, chocás”, dejó boyando como definición lacerante para los familiares de las víctimas y el conjunto de la sociedad. En otra nota, al diario El País de España, no pudo evitar admitir hechos de corrupción en su gobierno ante la sagacidad periodística. Ella misma debió asumir ese lastre en un momento de mutación en su campaña.

Cristina aprovechó esas apariciones para otra notificación. Sostuvo que jamás ha sido kirchnerista. Que siempre se ha sentido peronista. Un recurso quizás desesperado frente a la posible dispersión de esfuerzos de los intendentes del conurbano que la acompañan. La ex presidenta no querría perder sus favores antes de la votación. Aunque sabe cómo será la historia si se cumplen las profecías de las encuestas de hoy en Buenos Aires. Eso explicaría su determinación de recorrer cada día un bastión del cordón bonaerense. Para intentar evitar posibles fugas.

Algunos timbres de alarma, a propósito, habrían comenzado a sonar. Dos consultoras que arrimaron a la paridad de las PASO en agosto estarían detectando un mismo fenómeno. La ex presidenta estaría hoy por debajo del 34.27% que le dio la apretadísima victoria. Igual que le ocurrió a Daniel Scioli entre una y otra instancia. Y que lo terminó condenando al fatídico balotaje. 

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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