Domingo, 08 Octubre 2017 00:00

La Argentina inexplicable - Por Eduardo van der Kooy

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Siempre hay dos maneras de observar a la Argentina. Una es desde su cotidianeidad turbante. Donde cada episodio, de los tantos y boscosos que suceden, parecen convertirse en la historia misma.

 

La detención de Juan Pablo “Pata” Medina, por ejemplo, fue presentada casi como una batalla final contra las mafias sindicales. La retórica macrista se mantiene en esa línea. Otra observación de aquella realidad puede realizarse tomando distancia. A resguardo del vértigo diario. En ese caso se divisa un país desde otra perspectiva. Que, en general, conserva rasgos amarrados hace décadas. ¿Cuáles? Su identidad imponderable, las mutaciones repentinas lindantes muchas veces con la magia. El empeño por no tomar al pasado como un manantial de aprendizaje.

Antes de las PASO del 13 de agosto el interrogante colectivo consistía en descubrir como haría Mauricio Macri para garantizar la gobernabilidad de sus últimos dos años si obtenía un resultado electoral magro. Las cifras finales superaron con claridad esas expectativas. Tampoco se trató de un aluvión. Pero alcanzó para modificar dos vigas del teatro político: aquellas dudas sobre la gobernabilidad dieron paso al proyecto de la reelección de Macri para el 2019. El propio ingeniero verbalizó la aventura. Hubo un realineamiento en torno a su figura ninguneada incluso de dirigentes opositores. El clima de optimismo social, según verifican la mayoría de las consultoras, empezó a exceder con holgura el volumen de votos que Cambiemos cosechó en las primarias.

¿Cómo explicar tanto cambio con tan poco? ¿Cómo entenderlo como un hecho prácticamente consumado si aún resta la contienda de octubre? El fenómeno podría denunciar la permanencia de una precariedad sistémica en la Argentina. Donde los giros que ocurren, en cualquier sentido, están sólo apuntalados por el humor popular. Sin otro soporte político de talla. El mecanismo electoral diseñado, por otra parte, responde a una lógica de dos tiempos antes que de dos procesos distintos. Existe la percepción en una mayoría social que el veredicto de la votación ya ocurrió. Aunque haya que pasar por las urnas de nuevo en dos semanas.

Aquella debilidad sistémica se expresa ahora con otra ecuación. La duda radica en saber cómo podrá gestionar un Gobierno presumiblemente ganador pero, aun así, sin control de ninguna de las cámaras en el Congreso, con una oposición que se visualiza fragmentada. Con el factor erosivo, además, que significa allí Cristina Fernández. Está la expectativa, sin embargo, de la unión que urde el PJ con Sergio Massa. El desbalance de siempre, aunque en este caso atenuado: aquel que toma el timón del Estado se compacta; aquel que queda en el llano se dispersa. La experiencia indica que no por poco tiempo. Raúl Alfonsín no contó con esas facilidades porque el peronismo de los 80 se rehízo rápido. Pero Carlos Menem disfrutó una larga edad de oro. El matrimonio Kirchner, ni qué hablar: construyó la hegemonía más implacable de la reconquista democrática.

Otro asunto para desmenuzar es el crecimiento del optimismo social. ¿Qué cosas tan rutilantes sucedieron para explicarlo? Una objetiva recuperación en algunos sectores productivos. La construcción es un avión supersónico que potencia otras actividades. También hay un espoleo de dineros del Estado para acicatear el consumo de la gente. No mucho más. El umbral de la exigencia está bajo desde hace años. De esa manera subsistió el kirchnerismo. El desafío del Gobierno consistiría en liquidar esa lógica perversa. Convertir la sensación de bienestar –que también usufructuó el menemismo—en un elemento consistente y duradero. Significaría abordar un conflicto de perfiles culturales.

Quizás una dosis de aquel optimismo nuevo haya que achacarlo también a la elocuencia de Cambiemos. Su dirigencia supo redoblar el valor de las mejoras económicas una vez que contó con el mapa electoral de agosto. Le sacó rédito político a veces hasta con falta de pudor. Macri y su jefe de Gabinete, Marcos Peña, hicieron alharaca por la caída de los niveles de pobreza. La mitad –600 mil personas-- de lo que generó el propio Gobierno con el imprescindible ordenamiento económico inicial. El INDEC también anotició sobre el aumento de la indigencia. Son 50 mil personas más.

Todo ese andamiaje está sustentado sobre algunas bases inconsistentes. El Gobierno adoptó el gradualismo porque en términos económicos y políticos no tuvo otro escape. Pero esa estrategia insume un costo que a partir del próximo año debería corregir si no desea enfrentarse a una crisis. El déficit fiscal ya está rondando los U$S 40.000 millones. Sólo en el primer semestre del 2017 se tomó deuda por un valor similar para renovar vencimientos y cubrir aquel déficit. Se trata de valores que hacen sonar alarmas.

Aquella toma de distancia de la realidad, por encima de la cotidianeidad, permite también no naturalizar hechos de gravedad tremenda que van tapizando el camino de la historia. Que ni se solucionan ni se arriman a la verdad. Puede confeccionarse un catálogo para ilustrar la situación. Alcanza con reparar en dos casos: la muerte del fiscal Alberto Nisman, ocurrida en enero del 2015, y la desaparición de Santiago Maldonado en Esquel, sucedida hace más de dos meses.

Diez días atrás 24 peritos de Gendarmería, expertos desde la medicina legal hasta balística y cronomatografía, concluyeron que a Nisman lo mataron dos personas. Habrían entrado a su departamento, lo redujeron, lo drogaron con ketamina y ejecutaron en el baño. Según ese informe, al fiscal le encontraron fractura en el tabique nasal, golpes en el hígado y marcas en sus brazos provocadas por los asesinos que lo habrían sujetado.

El año pasado, 10 peritos del Cuerpo Médico Forense, dos de la Policía Federal y otro aportado por el técnico informático Diego Lagomarsino –la persona que le llevó el arma al fiscal-- habían asegurado en otro trabajo que no se encontró indicio que la muerte de Nisman haya constituido un homicidio. Determinaron que el fiscal se paró frente al espejo del baño, empuñó el arma con una mano y apoyó la otra por encima. Después de dispararse cayó para atrás y se golpeó la cabeza. Aclararon que el hecho de no haberse hallado pólvora en las manos de Nisman no implica que éste no se hubiera disparado.

Las siderales diferencias entre uno y otro peritaje resultan incompresibles. ¿En qué punto estaría la verdad? Esa gran duda desnuda la combinación de dos factores perversos que contaminan siempre cualquier intervención del Estado: un grado tangible de incompetencia enlazado con los intereses políticos del poder de turno.

¿Cómo el primer peritaje no detectó la fractura del tabique nasal? ¿O acaso fue provocado después? ¿Cómo pudieron soslayarse las marcas en los brazos del fiscal? Nadie habló más sobre el Cuerpo Médico Forense. Todo quedará quizás, mas allá del desenlace, cubierto eternamente por la sospecha. Intoxicado por la intromisión de la política. Ahora el juez Julián Ercolini y el fiscal Eduardo Taiano, a cargo de la causa, deberán cotejar los informes. Y optar, a lo mejor, por uno de ellos.

El caso de la desaparición de Maldonado parece enfilar hacia un destino similar. La Cámara Federal de Comodoro Rivadavia apartó al juez de origen, Guido Otranto y lo sustituyó por Gustavo Lleral. Es cierto que la actuación del primero fue desconcertante. Como si hubiera buscado razones para quedar al margen. Pero los giros en investigaciones tan extremas y sensibles no suelen dar buenos resultados. La desaparición de Julio López (2006) pasó por tres magistrados. El albañil, testigo en el juicio del represor Miguel Etchecolaz, jamás apareció. Tampoco fue posible recoger una solá pista de aproximación.

La Cámara otorgó a Lleral un plazo de 60 días para trabajar con dedicación exclusiva. La investigación abarca 2 mil fojas en el expediente y la declaración de 30 testigos. La mitad de ese tiempo quedará consumido hasta el 22 de octubre. El juez sabe muy bien que la desaparición de Maldonado es uno de los temas centrales de la campaña electoral. ¿Se animará a tomar decisiones, llegado el caso, que perjudiquen al Gobierno o desairen las teorías enarboladas por la oposición?.

Esas cuestiones de fondo, que tienen que ver con la regeneración política e institucional pendiente, son las que provocan mucho ruido cuando el Gobierno acostumbra a apegarse con exceso al optimismo. Desde las PASO de agosto y con la mejora del ánimo social, Macri repitió varias veces su aparente creencia de estar dirigiendo en la Argentina una etapa refundacional. La mención nunca arrastra buenos recuerdos. Cada uno de los ex presidentes que se entusiasmó con esa épica (Alfonsín, Menem y los Kirchner) terminó cayendo en un pozo. Sería bueno que alguien, una vez, se conforme con la sencilla noción de rehacer cierta normalidad.

Aquella semilla sobre un nuevo ciclo histórico ha caído en alguna tierra fértil del macrismo. La regaría el entorno informal del Presidente deslumbrado con los augurios para el 22 de octubre. Una especie de “vamos por todo”, aunque sin la prepotencia kirchnerista. Hay ministros que, a propósito, se han puesto en guardia. Peña y también Rogelio Frigerio. Suponen que cualquier exceso podría abortar el cronograma inmediato: negociaciones con la oposición después de los comicios; sesiones extraordinarias en el Congreso durante todo diciembre y febrero.

La perpetua disputa, al fin, entre la ambición desmedida y el sentido común. 

Eduardo van der Kooy

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