Domingo, 19 Noviembre 2017 00:00

La descomposición - Por Eduardo van der Kooy

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El kirchnerismo está ingresando en la tercera etapa del proceso histórico que puede conducir a su desaparición.

 

El primer golpe fue representado por las derrotas electorales sucesivas del 2015 y 2017. A partir de ese momento comenzó a activarse el desacople político. Se produjo el divorcio con la estructura tradicional del peronismo. Hubo fragmentaciones en Diputados y el Senado. Quedó bajo la lupa la condición indiscutida del liderazgo de Cristina Fernández. La referencia icónica de aquella partición resultó la fundación del Frente de Unidad Ciudadana que la ex presidenta pergeñó para aislar al PJ en las últimas legislativas.

A partir de las detenciones de Julio De Vido y Amado Boudou y de nuevas revelaciones sobre la colosal mancha de corrupción de la década despunta otro capítulo: el de la descomposición. Aunque el kirchnerismo conserva ciertos muros externos, sobre todo la permanencia de Cristina, no podría disimular que también se va deshaciendo por dentro. Circula en ese cuerpo un incesante pase de facturas entre pilares que sostuvieron la organización durante doce años.

Una enumeración rápida es ilustrativa. De Vido y su esposa, Alesandra Minicelli, cuestionaron la prescindencia de Cristina ante la acción de la Justicia y el Congreso que terminaron con el ex ministro de Planificación en la cárcel. El arquitecto embistió además contra José Luis Gioja, el hombre que tiene el sello de la conducción nacional del PJ. También lo hizo contra sus ex pares del FPV que no se atrevieron a defenderlo. El ex jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, abrió fuego sobre la ex presidenta y su núcleo principal, La Cámpora. El piquetero Luis D'Elia y Guillermo Moreno sólo sirvieron para completar el cotillón.

Aquella descomposición va dejando otras huellas que, tal vez, pueden inducir a suponer que este final respondería más a los rasgos históricos de un régimen que de una década de gobierno democrático. Se desmorona, por un lado, la ingeniería financiera alimentada por dinero público mal habido. Ese fenómeno arrastra, en gran medida, al sistema de medios de comunicación que supo repiquetear con el relato.

Un fallo de la Corte Suprema, divulgado la semana pasada, invalidó la moratoria multimillonaria pedida a la AFIP por Cristóbal López. Se trata del empresario, amigo íntimo del matrimonio Kirchner, que solventó desde sus orígenes la creación del kirchnerismo. Con aquellos fondos evadidos adquirió un multimedios. La fórmula, aunque en menor escala, se replicó en muchos casos. Todos esos emprendimientos están sumidos ahora en una honda crisis.

Otra señal de la descomposición es la consolidación de una nueva categoría en la escala del delito. A los ex funcionarios y compinches detenidos se añaden los arrepentidos. Aquellos que buscan un cobijo legal para confesar sus andanzas y la de los demás. La novedad ha sido la de Alejandro Vandenbroele, considerado el testaferro de Boudou. Que tuvo participación en el escándalo Ciccone –la compra de la imprenta que fabrica billetes moneda nacional-- y en otros episodios que podrían desnudar una dimensión impensada sobre la trama de la corrupción en tiempos kirchneristas.

Las nuevas revelaciones en Nueva York de Alejandro Burzaco, arrepentido del llamado Fifa Gate, ampliaron una historia ya conocida. Pero arrimaron ahora el agua negra a las playas del fútbol doméstico. Denunció el pago de coimas millonarias al ex mandamás de la AFA, Julio Grondona. También a delegados del poder político. Uno de ellos, el abogado Jorge Delhon, se suicidó pocas horas después que Burzaco reabriera el grifo.

Las oscuridades del fútbol no podrían sorprender a nadie. Pero durante seis años, todos en el mandato de Cristina, aquel deporte resultó utilizado sin pudor como una herramienta de propaganda política. No es una casualidad el lote de nombres que comenzó a sonar. Pablo Paladino, acusado de recibir coimas, fue un actor directo en el negocio del fútbol que respondió a Aníbal Fernández. Lo siguió siendo después, en las campañas electorales. Ese gestor involucró a Cristina, a su hijo Máximo y a Carlos Zannini como grandes mediadores en el negocio con Grondona. El ex jefe de Gabinete, en cambio, circunscribió tal responsabilidad sólo a Zannini. El ex secretario Legal y Técnico y ex aspirante a la vicepresidencia, en la fórmula con Daniel Scioli, venía hasta ahora en la periferia de la marea del delito. La mención de Aníbal obedece también al proceso de descomposición. El ex jefe de Gabinete busca apartarse de un entuerto por el cual el fiscal Gerardo Pollicita pidió su declaración indagatoria. Zannini es funcionario en Santa Cruz y artífice de las oscilantes estrategias de Cristina. Entre ellas, la que decidió ralear de la campaña a los personajes piantavotos. Lo sufrieron D'Elia y Moreno. También Aníbal.

Es posible que en alguna de las próximas epístolas carcelarias, De Vido recuerde a Zannini. El ex ministro de Planificación cultiva encono contra muchos de sus ex compañeros de poder. De allí que revisa el listado que le arrimó su abogado, Maximiliano Rusconi, sobre las personas ajenas a su familia que desean visitarlo. Por ahora autorizó únicamente a Miguel Pichetto, el jefe del bloque peronista en el Senado, y Héctor Recalde, su par en Diputados del FPV. Ese constituye un requisito indispensable de acuerdo con las normas del Servicio Penitenciario Federal. Por esa razón el ex ministro se sorprendió con la aparición de Aníbal Fernández en la cárcel de Marcos Paz. No había cumplido ningún trámite previo. No pudo ingresar.

De Vido está habitualmente de mal humor. Hosco. Aunque su estado de salud, a diferencia de los primeros días de cárcel, no ha sufrido contratiempos. La diabetes permanece bajo control. El arquitecto lee y aprovecha los momentos de salida al patio común de la cárcel para algunas conversaciones selectivas. Evita a Omar Suárez, el caballo, ex titular del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos (SOMU). También a Víctor Manzanares, el contador de la familia Kirchner. Frecuenta a su ex mano derecha, Roberto Baratta y a su cuñado, Roberto Minicelli. Pero últimamente parece haber descubierto un interlocutor que lo entretiene y le hace sonreír. Prolonga sus tertulias, cada vez que puede, con Leandro Santos. Se trata del representante de modelos detenido a fines de octubre. Está procesado por prostitución y explotación sexual de menores.

De Vido atesora además una dosis importante de fastidio contra los gobernadores peronistas que rubricaron la semana pasada un importante acuerdo fiscal con Mauricio Macri. Tal fastidio no tiene tanto que ver con ese trato como con el desentendimiento que han mostrado sobre su prisión. El ex ministro de Planificación tendió con varios de ellos un vínculo directo por obras que a discreción cedió a las provincias.

Algunos mandatarios (Gioja, Sergio Uribarri, Jorge Capitanich, José Alperovich) son un recuerdo, muchas veces entristecedor, en sus territorios. Los delfines han tomado progresivamente otro rumbo. Entre ese recambio, la derrota electoral y la descomposición kirchnerista se abrió un espacio político fértil para el plan de reformas que propuso el Gobierno.

La permeabilidad opositora contó con otras explicaciones. No hay ahora en el peronismo ningún liderazgo provincial insinuante. Aquellos que soñaron con hacerse del timón fracasaron en las urnas. Juan Schiaretti perdió Córdoba. Juan Manuel Urtubey, en Salta. La crisis en Buenos Aires se acentúa. No hubo acuerdo allí para renovar autoridades. La mayoría de los intendentes aísla a Fernando Espinoza, que quiere renovar el mandato.

Esa provincia ha sido siempre el eje ordenador del PJ. Otros que amagaron resistencia terminaron por declinarla. El formoseño Gildo Infrans quedó aturdido por las primeras confesiones de Vandenbroele ante el fiscal Jorge Di Lello. Contó detalles de la reestructuración de la deuda de Formosa del 2009 que ensayó la fantasmal consultora The Old Fund, detrás de la cual también estaba Boudou. Alberto Rodríguez Saá fue el único que se plantó. Pero el pintoresquismo es una constante de los hermanos de San Luis.

Mirando en perspectiva a ese grupo inconexo de gobernadores se podría arribar a otra conclusión. Las derivaciones de la severa derrota no alcanzan para explicar todo el panorama. La mengua de la tradicional liga de mandatarios arrancó durante la era kirchnerista. La centralización del poder de Néstor Kirchner y Cristina acotó el juego político. A punto tal, que fue apartando a los mandatarios de la escena principal.

Tampoco el peronismo puede soslayar que Cambiemos tutela desde octubre los cinco mayores distritos del país. En tres de ellos gobierna. Sobre todo, la gigantesca masa territorial que componen Buenos Aires y Capital. El peso de ambas se hizo sentir incluso entre los gobernadores de Cambiemos. Macri atendió algunos reparos (echando atrás gravámenes regionales) con tal de conceder el mayor beneficio a María Eugenia Vidal. La gobernadora recibirá en 2018 $40 mil millones. En 2019 $65 mil millones.

Vidal resultó la ganadora en el reparto. Quizás no sea ésa la novedad política que haya que atender. Por encima, aflora la decisión de Macri de potenciar a su figura más taquillera. Sin temerle a una futura competencia. La identificación partidaria no fundamentaría el gesto. Néstor Kirchner supo lidiar con Felipe Solá. Cristina le hizo la vida difícil a Scioli. Son todos peronistas.

El tiempo traducirá si se trata de una fugacidad o de una lógica política menos tóxica que intenta establecerse en el país.  

Eduardo van der Kooy

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