Martes, 05 Diciembre 2017 00:00

Comunicación y convicción: el tobogán de un Gobierno que, a veces, luce abatatado - Por Hugo Grimaldi

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De ninguna manera se puede hablar cabalmente de miedo, ni tampoco es dable decir a estas alturas que Mauricio Macri carece de muñeca para ganar elecciones, aunque sí es posible describir el momento actual de ciertas oscilaciones de la imagen gubernamental como resultado de la recurrente timidez del Gobierno para tomar el toro por las astas y para apostar a lo suyo con convicción.

 

En materia comunicacional, la Casa Rosada hoy se asemeja a un jugador de ajedrez que sólo responde a las movidas ajenas y que no se anima a comandar la partida, ya que en la mayor parte de los muchos flancos que se le han abierto carece de un discurso contundente pero, lo que es peor, de voceros capaces de ordenarlo.

Y está claro que todo esto no ocurre por defección del Presidente, ya que él ha sido más de una vez voz y cara de cada uno los impensados líos que le van apareciendo a la Administración de a uno en fondo, sino que es algo que sucede porque, entre el aluvión de cuestiones graves de los últimos tiempos, el equipo de gobierno se ha mostrado demasiado rígido y con muy poca reacción frente a la mismísima realidad.

Como si quisiera barrer siempre debajo de la alfombra, el Gobierno está viviendo varias crisis a la vez y poco y nada se ha hecho para detenerlas o aun para mitigarlas. Hoy, Macri & Cía. se han comprado varios problemas de imagen derivados de sus propios titubeos y esas vacilaciones, castigadas casi de modo parecido por izquierda y por derecha, son fruto de un discurso errático que le hace perder bastante espontaneidad a la hora de decir lo suyo.

Es una burocracia particular la del gobierno de Cambiemos, pesada e inconveniente a la hora de la comunicación, ya que sus ejecutores confunden una parte con el todo (el "círculo rojo" con la población) cuando deciden ningunear el discurso y además, no diferencian los motivos del mensaje a la hora de elegir los canales de comunicación. No es lo mismo gestionar el actual collar de crisis que ganar elecciones, mérito que Jaime Durán Barba y Marcos Peña explicaron en Washington el viernes pasado a partir de tres valores que hicieron al contacto directo con los ciudadanos: cercanía (estar juntos), positividad (transformación) y futuro (esperanza).

Sin embargo, si se sigue esta receta que resultó ser a la vez creativa y efectiva y se la aplica a situaciones-límite como muchas de las actuales siempre se correrá el riesgo de patinar o de dejarlo demasiado solo al Presidente, como quedó probado la semana pasada cuando le hicieron tuitear sobre la felicidad y el orgullo de presidir el G20, mientras la Armada le daba las peores noticias a la población.

Así, por su propia impericia o bien por la tozudez de no tener un plan B a mano, una parte de la vitalidad que el Gobierno había ganado con las elecciones y con el tejido del Pacto Fiscal elaborado con los mandatarios de las provincias o aún con la posibilidad de mostrarse ante el mundo de modo activo, se ha desmembrado bastante a la hora de cargarse al hombro decisiones más que duras. Una lista de los temas más pesados que hoy agobian a la Casa Rosada, combina cuestiones políticas, sindicales, económicas, financieras y humanitarias y en todos los casos se observa cómo, por sus dudas, el Gobierno siempre queda expuesto a los palos, ya sea porque bogas, aunque también porque no bogas:

  • La combinación del tratamiento de leyes en el Congreso, que generan notorios perdedores en plata y, por ende, numerosas resistencias de todo tipo.

  • La reforma previsional, que poco y nada se consultó con los expertos a la hora de hacer un empalme de sistemas al menos algo más lógico para los jubilados, sin pedirle el sacrificio justo a ellos de diferir tres meses un ciclo de ajuste de haberes.

  • El caso de la reforma laboral que obliga a gastar energías en el Senado por la resistencia de Hugo y Pablo Moyano y cómo todo eso se ha mezclado todo esto con lo sucedido con los barras-brava del Club Independiente y con el caso de la convocatoria de OCA.

  • La tristeza colectiva por los 44 desaparecidos del ARA San Juan, el hacerse cargo de la responsabilidad del Estado, el distanciamiento de los familiares y el no animarse a decretar duelo nacional.

  • Las derivaciones del avance mapuche en el Sur, incluida la directa intervención de la Iglesia y hasta la defección judicial de aceptar mantener la toma de un Parque Nacional.

  • La manta corta de le economía, con la manifiesta discordancia que hay entre el día a día fiscal y el monetario, con la inflación, el tipo de cambio, la balanza comercial, el endeudamiento y las tasas de interés, el consumo y el nivel de actividad como telón de fondo.

  • Las implosiones de Lilita Carrió que han dejado por estos días al Gobierno sin aliento.

Hoy, es notorio que cualquiera de estos temas podría merecer de parte de la prensa alguna pregunta que dejara en franco off side al interlocutor, ya que no termina de aparecer en el Gobierno quien sea claro, no se contradiga y exprese lo suyo con convicción. A muy pocos del entorno presidencial se los viene escuchando en estos días en el retruque de muchas de las cosas dichas y repetidas hasta el cansancio por los opositores, que horadan la credibilidad del Gobierno porque muchas de esas afirmaciones quedan como verdades casi reveladas mientras dura el sueño de los funcionarios. El mismísimo Peña, el jueves pasado puso la cara en la televisión y recién este fin de semana se hizo saber desde la ANSeS que las jubilaciones docentes no eran "de privilegio".

Ese desdén por explicar las cosas o por contraponer voces con argumentos destinados a frenar el bombardeo constante y en varios frentes que, como pinzas, está haciendo la oposición más radicalizada es un resabio, sin dudas, de la pasión del Gobierno por las redes sociales, espacio donde todo es fugaz y cada día menos creíble.

Esa imagen de un gobierno apocado que vive pendiente del qué dirán no es, por otra parte, nada diferente a la visión de las restricciones políticas que, de arranque, llevaron a Macri a adoptar el esquema de gradualismo económico o a haber desechado hablar en el inicio de su gobierno del contrapeso de la herencia recibida. Lo que ocurre es que ahora hay muertos y el aluvión de situaciones sigue complicando el presente y proyecta un 2018 con muchos baches.

Desde las elecciones legislativas para acá pasó un mes y medio y se ha dado un notorio proceso de desgaste. Los primeros sondeos de opinión de hace un mes mostraban indubitablemente una mayor fortaleza del Presidente, después de haber logrado los resultados que logró. Dicen quienes siguen los números del día a día -la Casa Rosada en primer lugar- que era lógica una suba de imagen e inclusive de conformidad con las políticas por aquello de la necesidad que tiene mucha gente de estar siempre del lado ganador.

Ese envión posteleccionario tuvo que ver también con dos o tres elementos básicos que el Gobierno jugó con bastante criterio cuando lo mostró al Presidente conduciendo, a la hora de hablar de reformas y cuando resaltó la vocación de buscar consensos, un punto que para los estándares argentinos sigue luciendo como muy atractivo por lo inédito. En tanto, en materia de valores, todo el andamiaje quedó unido por una frase clave de Macri: "Hablar con la verdad".

Luego, todo ese impulso favorable de la opinión pública empezó a aflojar cuando se conoció la letra chica de las leyes que se empezaron a tratar en el Senado y comenzaron a aparecer los otros más que delicados temas y cuando faltaron voces idóneas para copar una parada de innumerables flancos abiertos. En política, se sabe que el espacio que no se ocupa siempre lo aprovecha otro y, aunque no se crea demasiado en los medios tradicionales y se amen las redes sociales, una cosa no debería quitar la otra. Los gobiernos están donde están para pagar costos y la pericia del gobernante está en que todo cueste lo menos posible. A ellos y al país.

Hugo Grimaldi

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