Lunes, 15 Enero 2018 00:00

La foto del Papa y los presidentes argentinos que se va desvaneciendo - Por Fernando González

Escrito por 
Valora este artículo
(2 votos)

Polarización, crispación, división. Esos son los adjetivos que utiliza el Papa para justificar su ausencia en la Argentina.

 

Los países, como los seres humanos, suelen perder oportunidades irrepetibles. Y hay un destello único de la institucionalidad que tal vez se le esté escapando a la Argentina. Es la fotografía de sus presidentes con vida y el milagro del Papa argentino. Hoy serían Francisco, Mauricio Macri, Cristina Kirchner, Eduardo Duhalde, Fernando De la Rúa y Carlos Menem. Esa imagen, perfectamente posible para sociedades menos conflictivas, va camino a convertirse en otra de las utopías del país adolescente. No sucedió en los cinco años que lleva Jorge Bergoglio como jefe de la Iglesia Católica ni va a suceder esta semana. A pesar de que el Pontífice estará aterrizando esta noche en Chile y viajando el jueves a Perú. Del mismo modo que lo evitó cuando visitó Brasil, Cuba o México, otra vez eludirá el contacto con la que fue su tierra de nacimiento.

Francisco tiene un argumento inconmovible para no venir por ahora a la Argentina. No lo ha dicho él personalmente porque siempre intenta quedar a salvo del infierno de la política argentina. Pero debió enviar un mensaje claro el año pasado cuando recrudecieron las versiones de una visita suya en este 2018. Eligió a una de las personas de su confianza, el rector de la Universidad Católica Argentina, Víctor Fernández, para desanimar a los entusiastas que ya querían ser parte de la organización del viaje. “La Argentina está pasando por un momento de excesiva polarización y crispación. Y teme que su presencia pueda ser utilizada para exacerbar aún más esta división”, dijo el obispo. En esos días pareció suficiente. Era un año electoral y hacían fila algunos ansiosos dirigentes de la oposición que se ilusionaban con sumar su nombre entre las banderas de campaña.

Polarización, crispación, división. Esos son los adjetivos que utiliza el Papa para justificar su ausencia en la Argentina. Ayer mismo, el obispo Fernández sugirió en una columna escrita para el diario La Nación que la culpa de los desencuentros entre Francisco y su país podía rastrearse en los pecados del periodismo. Y avanzó incluso hasta plantear la hipótesis de teorías conspirativas en contra del Pontífice que nació en el barrio de Flores. Una patinada clásica, de esas en la que suelen caer mucho más los dirigentes políticos que los eclesiásticos.

Lo que no parecen haber comprendido en toda su dimensión ni el Papa ni los obispos de su confianza es la dinámica conflictiva de la Argentina. En un país que no puede superar el virus de la intolerancia a lo largo de décadas de democracia, resulta difícil escapar del sendero de la crispación cuando los dirigentes más cercanos a Francisco cultivan un discurso incendiario. Fue antes el caso del activista Gustavo Vera y es ahora el del piquetero Juan Grabois, quien ejerce en el Vaticano como asesor de la Comisión de Justicia y Paz y lidera en el país una organización de promoción social con planes del Estado. Es el mismo que acaba de declarar hace diez días que Macri “tiene el vicio de la violencia”. Un modo extraño de facilitar el diálogo con el Gobierno.

Tan anticlimáticas resultaron esas palabras en los días previos de la visita a Chile y Perú que el Episcopado argentino se vio en la necesidad de desautorizar a Grabois y hasta de emitir un comunicado titulado “Nadie habla en nombre del Papa”. Un día después, el vocero de los obispos, Jorge Oesterheld, tuvo que responder acerca del enigma que acompaña a Francisco. “No creo que esté evitando venir a la Argentina. Está esperando el momento que considere dentro de lo que es su agenda, su visión geopolítica y el proceso que se va viviendo en cada uno de los países”, sostuvo el portavoz. Para terminar insistiendo en plantar la esperanza de la visita. “Cuando él vea que es conveniente venir, lo hará”.

El Papa Francisco está a tiempo de reencontrarse con su país. De avivar la llama que se encendió cuando fue designado al frente de la Iglesia y entusiasmó a millones con sus gestos de austeridad y sus iniciativas contra la pobreza, contra la corrupción en las filas vaticanas y contra la ignominia de los curas pedófilos. Su pasión por el fútbol y su San Lorenzo querido; sus modos campechanos, su gusto por el mate y la calidez de sus encuentros con los fieles en la Plaza San Pedro fueron siendo reemplazados por el descrédito de los encuentros y las fotos con dirigentes argentinos que no podían justificar sus bienes o que sembraban el desencuentro apenas volvían de Roma a sus pequeñas rencillas criollas.

Al final de esta semana, cuando suba al avión para despedirse del Perú, habrá visitado 33 países. Pero ninguno de ellos ha sido la Argentina, el lugar donde nació y el que le produjo las marcas de vida que lo llevaron a conducir el destino de una Iglesia de dos mil años de existencia. El orgullo y la oportunidad histórica e irrepetible de contar con un Papa argentino no se han extinguido. Los voceros de quien fue Bergoglio juran que él aún está esperando el momento. Ojalá ocurra cuando todavía haya tiempo de que una visita suya sirva para consolidar la unidad del país al que tanto le cuesta sostener la convivencia en medio de la diversidad. 

Fernando González

Visto 317 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…