Lunes, 12 Febrero 2018 00:00

Hacer "todo el mal junto" es la clave económica de la hora - Por Sergio Crivelli

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Maquiavelo aconsejaba hacer todo el mal junto y administrar el bien de a poco. Esa es la estrategia detrás de la devaluación y el tarifazo, que encomienda a la inflación la tarea de licuar el gasto.

 

Mauricio Macri comprobó traumáticamente algo que alguien con su experiencia debería haber previsto: la racionalidad económica se lleva de patadas con la racionalidad política en la Argentina. A sólo dos meses de un triunfo electoral cómodo quiso reducir el déficit fiscal para bajar la inflación y normalizar la economía, pero una oposición minoritaria, desprestigiada y marginal por muy poco no le incendió el país. Falló en el intento, pero le provocó un daño grave registrado por todas las encuestas.

No habrá por lo tanto ajuste ortodoxo, si no "heterodoxo", esto es, al estilo peronista. La inflación se encargará de licuar el gasto. En un momento difícil el presidente sacó a relucir el que es quizás su mayor capital político. Como una especie de Zelig criollo se adapta rápidamente al desafío que le plantea el adversario, copiando sus métodos. Y esa es, al mismo tiempo, la peor pesadilla del peronismo que se ha fortalecido y unificado históricamente frente a los adversarios que lo confrontaron con dureza y pretendieron exterminarlo.

El año económico comenzó complicado para Macri. Al violentísimo rechazo de la reforma previsional, se sumó un encarecimiento del crédito por el brusco aumento de la tasa que pagan los bonos del Tesoro norteamericano, el atraso cambiario y la necesidad de recortar subsidios para reducir al menos en parte el rojo fiscal.

En la Casa Rosada confían en que los problemas de Wall Street no impacten en la economía local impidiendo cubrir el déficit con deuda. Si así sucediera, sería imposible seguir con el "gradualismo", nombre dado a la postergación de cualquier poda drástica de un gasto público impagable.

Sin crédito habría que recurrir al ajuste ortodoxo. En previsión de un escenario como ese el gobierno optó por dejar que las variables macroeconómicas se reacomoden como es tradicional en la Argentina. Dejó subir el dólar por encima de los 20 pesos y aceleró los aumentos de los servicios (incluido el transporte) mientras el precio de los combustibles creció sin parar.

Esto produjo ruido mediático y es previsible que en las paritarias haya un tironeo mayor, pero para cuando los aumentos salariales lleguen al bolsillo de sus beneficiarios la inflación ya habrá hecho su trabajo. Como bien saben sindicalistas y empresarios, los salarios suben por la escalera, mientras los precios lo hacen por el ascensor.

Si, en cambio, el financiamiento externo no se corta, el gobierno podrá volver a gastar en 2019, pisar el dólar e incentivar el consumo. Pero primero tiene que pasar el 2018, año en el que la oposición intentará dar batalla.

¿Qué chances tiene de inquietar a Macri? Escasas, por ahora, porque la principal estructura opositora, el peronismo, está en la situación de mayor fragilidad de toda su historia. Tiene un liderazgo electoral, el de Cristina Kirchner, que no le alcanza para volver al poder y que simultáneamente obstruye cualquier proceso de renovación.

El jueves último el presidente del PJ capital, Víctor Santa María, convocó a una reunión de "unidad" que fue una foto del pasado reciente y derrotado. El único gobernador que concurrió fue el de San Luis, no hubo intendentes de peso y faltaron tanto Sergio Massa como Florencio Randazzo.

El encuentro puso de manifiesto varias cosas. En primer lugar, que Cristina Kirchner es la dirigente con más votos, casi 3,5 millones, en el distrito decisivo y que por lo tanto a los demás bonaerenses les corresponde alinearse tras ella. Segundo, que Massa no puede contener la tropa y que dirigentes como Felipe Solá lo dan por liquidado. Otro tanto ocurre con el "chino" Navarro y Randazzo que sólo sacó el 5% de los votos en octubre. Tercero, que CFK se quedó con el voto peronista tradicional al que añadió los de la izquierda de clase media. Cuarto, que el escudito del PJ ya no es un pasaporte seguro al triunfo. Hoy los votos son del candidato, en este caso de Cristina Kirchner.

En ese marco el peronismo de los gobernadores es un simple espectador de la lucha entre el gobierno y la oposición "K". El peronismo sindical está en igual situación. A la marcha de Hugo Moyano sólo irán los piqueteros y los gremios kirchneristas de Yasky y Baradel. Los sindicatos con mayor poder se corrieron de la escena. Nunca el peronismo pasó por una crisis similar que lo vuelve funcional a Macri y promete aliviarle la difícil etapa del ajuste.

Sergio Crivelli   
Twitter:CrivelliSergio

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