Viernes, 06 Abril 2018 00:00

La "mesaza" de la vergüenza, la libertad de expresión y la reconstrucción del periodismo - Por Hugo Grimaldi

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Como en su momento le cayeron como anillo al dedo a la política, a la educación o a la Justicia, las palabras "decadencia", "degradación" y "miserias" fueron pronunciadas muchas veces en estos días para describir la situación de crisis casi terminal que vive actualmente buena parte del periodismo en la Argentina, si es que aún existe un colectivo que englobe los diferentes aspectos y personajes del oficio de informar.

 

Lo cierto es que si bien el problema es global y excede al periodista de a pie debido, entre otras cuestiones, a los cambios tecnológicos y al lío monumental que tienen los medios de casi todo el mundo a la hora de orientar sus políticas, ya que aún están inmersos en un inacabable proceso de prueba y error para conservar o incrementar las audiencias, por aquí la cosa no anda mejor. Hay al respecto, un terrible problema ético de difícil resolución: en medio del cimbronazo, a las reglas más clásicas del periodismo, como son entre otras la rigurosidad, el contraste obligatorio de fuentes, dar la oportunidad de dar a conocer las dos campanas y, tras evaluar los hechos, hasta tener la posibilidad de volcar editorialmente un parecer, se las ha reemplazado en general por banalidades e imprecisiones.

Por más que a muchos les parezca que este grave proceso de involución es "cosa de los periodistas", lo cierto es que toda la cuestión de cambio de paradigmas involucra un tema institucional de peso extremo y tratar de enderezarlo, aunque sea bajo nuevas reglas que, si cabe, habrán de definirse por consenso a nivel global es parte de aquello que en la Argentina se debe encarar con velocidad.

De llevar adelante esta enorme tarea, la sociedad tampoco podrá desentenderse, ya que, más allá de cierto viraje hacia plataformas de entretenimiento, no sólo parece conforme con lo que recibe en materia informativa sino que, en estos tiempos de medios electrónicos con noticieros televisivos que carecen de noticias; de risas y gritos destemplados en las radios; de diarios de papel que no encuentran del todo como convivir con sus propios portales; de redes sociales manipuladoras y de tantas fake news (noticias falsas), el público también interactúa o bien consumiendo o bien, jugando como militante o como idiota útil, propagando.

Es verdad que se trata de un camino de doble vía (oferta y demanda) pero, probablemente, el facilismo en el que han caído en la Argentina muchos medios copados por la inmediatez, a costa de dejar de lado el periodismo de calidad, haya convencido a los ciudadanos que es mejor la superficialidad o sumarse a lo "divertido" que aprovechar aquello que los comunicadores más estrictos deberían tener siempre a mano para aportarles, si cumplen con ciertos cánones de su responsabilidad profesional: nada menos que herramientas serias para la toma de las mejores decisiones, como tarea que contribuya en conjunto a la estabilidad política y al desarrollo económico de un país.

Más allá del desapego a las fuentes reemplazado por especulaciones de todo tipo, lo que campea, especialmente en la televisión (abierta y por cable), es un aberrante periodismo de indignación, una especie de lamento permanente que procura siempre ponerse del lado de los más débiles, aunque haya de por medio una arbitrariedad o las cosas estén erradas. En el caso del hombre que hace unos días mostró una cuenta de gas monumental como si se le hubiese facturado erróneamente y que, por eso, le iban a cortar el suministro, denunciaba, nadie nunca rectificó que se trataba de una deuda acumulada y ya vencida y que el costo del mes era más o menos acorde a los parámetros actuales. Ni aun al mostrar la boleta por TV, se consignó el error. Como este ejemplo hay a montones todos los días.

Lo peor de todo es que nadie se hace responsable y da lo mismo hacer una imputación al voleo que plantar un videograph equivocado y nunca se sabe si los errores o las repeticiones de esos mismos errores de interpretación son de buena fe o si responden a operaciones dirigidas quién sabe por quiénes. Luego, estas arbitrariedades son tomadas por las redes sociales y distorsionadas una y otra vez, matizadas por todos los componentes ideológicos que vuelcan los llamados "ejércitos de trolls" de ambos lados de la grieta.

Hace menos de un año y medio, el actor francés Gerard Depardieu opinó que la televisión argentina es "lo peor que ví en mi vida". "Es pornografía", describió. La implosión del medio pareció llegar a un extremo el sábado pasado cuando una invitada al programa de Mirtha Legrand disparó acusaciones sobre periodistas y otros referentes, en relación a los terribles casos de pedofilia que investiga la Justicia, diciéndose idónea en la cuestión porque transita "la noche" y porque en esas circunstancias trabajaba haciendo inteligencia para "una empresa" que no identificó.

Entonces, con una verborragia que no dejó títere con cabeza, tiró sobre la mesa nombres, apellidos e iniciales de supuestos "clientes" de la red que se investiga en relación con el fútbol, como si la teoría del enchastre colectivo fuese la mejor manera de esconder la vista de un elefante. Así, o bien buscó minimizar el caso de los menores, para atender el pedido de sus eventuales empleadores de naturalizar la prostitución, que ella confesó que ejerce también, aunque de modo VIP, o se prestó a realizar una operación de inteligencia cuya finalidad era apuntar al descrédito de los nombrados o ambas cosas a la vez.

Lo peor es que lo hizo con la anuencia pasiva de la conductora que, si bien no es periodista de profesión ni su programa está catalogado bajo ese rubro sino como de "interés general", resulta ser por experiencia alguien más que idónea en la materia.

Pero, además, ML está asistida por un equipo de producción que debió prever esos desbordes, sobre todo por los tuits incendiarios que mandó la invitada en la tarde previa. Sin embargo, todos se dejaron ganar por conseguir un punto más de rating y fallaron en toda la línea. No hubiese sido correcto ejercer censura sobre lo que decía la invitada, ya que seguramente deberá hacerse cargo ante la Justicia de sus dichos, pero con oportunas preguntas bien se podía haber dejado al desnudo sus intenciones. Nada de eso sucedió.

Periodistas de primer nivel, como José Claudio Escribano y Marcelo Longobardi, se dedicaron a reflexionar sobre el tema y a condenar esa decadente aparición televisiva. En sendas columnas, ambos referentes de la profesión dejaron de lado la defensa corporativa de todos los nombrados, algo que muchos colegas de los involucrados hicieron de inicio por cuestiones de amistad o por pertenecer a determinado medio y se dedicaron a enfocar el tema central de esta historia que es cómo se puede atacar la libertad de expresión tirando a rodar irresponsables fake news televisivas.

Así lo marcaron también Fopea y Adepa, las dos entidades que nuclean a periodistas y editores. La primera pidió "responsabilidad" a la hora de informar sobre un tema tan delicado y la segunda, advirtió que las declaraciones que se escucharon "pueden encubrir meras campañas de deslegitimación de periodistas profesionales e incluso configurar represalias en razón de su trabajo".

¿Está en general el periodismo argentino actual en condiciones de pasar un filtro mínimo de calidad? Buena parte de él, por lo visto, no y ésa es la razón de la trascendente debilidad que acosa a la profesión. Quizás sostener los paradigmas más tradicionales sean un lastre hoy para encarar tan necesaria renovación, pero esas reglas no deberían ser tiradas por la ventana. Esta oportunidad que, como revulsivo extremo, ha brindado el programa en cuestión invita a matizar un poco sobre qué cosas tomar y qué otras no, en las actuales circunstancias, para intentar salir de este calamitoso momento.

El viaje casi terminal de recorrer a gatas la cloaca para salir a la superficie será parte de la depuración que deberá emprenderse más antes que tarde, después de tocar fondo. Se necesita la voluntad de todos para transitar ese vía crucis que lleve al periodismo hacia una reconstrucción que le permita sacar la cabeza del excremento que deja esta época de confusión. Y en ese sentido, la sociedad, sucia y olorosa también, deberá hacer ese mismo viaje las veces que sean necesarias hasta que se logren reconstituir todos y cada uno de los más que destrozados pilares institucionales.

Hugo Grimaldi

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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