Jueves, 12 Abril 2018 00:00

Una intervención a la nada - Por Carlos La Rosa

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Solía decir el General Perón que el partido es nada más que una herramienta electoral sólo necesaria para competir dentro del “demoliberalismo”, pero que lo que de verdad importaba era el movimiento, donde los distintos sujetos políticos del peronismo (hombres, mujeres, jóvenes y sindicalistas) desarrollaban su actividad permanente.

 

Muchas cosas cambiaron en el peronismo pero nunca su concepción movimientista (excepto en los brevísimos tiempos de la renovación de los años ’80). Una concepción mucho más corporativista que liberal porque divide a la organización entre sectores de interés y aspira, sin decirlo explícitamente (aunque sí se lo decía durante el primer peronismo), a ocupar el espacio de la nación entera, confundir al movimiento con la Argentina ya que la vocación final de este peronismo doctrinario no es la de ser un partido más (una “parte”), sino el “todo”. Que llegue el día en que no quede ni un solo ladrillo que no sea peronista, como decía Evita.

Si bien esta idea de movimiento suena hoy tan desmesurada como antigua, eso no implica que cada tanto sus dirigentes se contagien de tal delirio de unanimidad (al decir de Sebreli) e intenten efectivizarla, como se propuso Cristina Fernández en su segunda presidencia cuando lanzó el grito de “vamos por todo”, un retorno a esa parte autoritaria de la tradición peronista que se suponía había desaparecido con la llegada de la democracia. No obstante, aún sin llegar a tales extremos, la casi totalidad de los peronistas aún se consideran movimientistas y no partidocráticos, palabra con la que buscan tratar despectivamente a los partidos.

Pero lo cierto es que si bien nunca utilizaron al partido más que como una herramienta electoral, esta vez llegaron al colmo: en las elecciones legislativas de 2017 las mismísimas autoridades del PJ nacional y del bonaerense le quitaron el apoyo a los propios candidatos del partido y apoyaron a Cristina Fernández que iba por fuera. Algo rarísimo, porque una cosa es competir por fuera del aparato partidario (cosa que hicieron muchos, como por ejemplo Antonio Cafiero cuando armó la renovación) pero muy otra es seguir siendo autoridad principal del partido y boicotear al mismo y a sus candidatos. El absurdo total.

Ese es el principal argumento que aduce la jueza Servini de Cubría para intervenir el PJ: que además de haberlo vaciado de todo contenido, sus jefes políticos apoyaron candidaturas extrapartidarias enfrentadas a las partidarias.

Pero la jueza no tiene mejor idea que intervenirlo reemplazando a un buen señor que estaba disfrutando de su jubilación ejerciendo la presidencia de un partido inexistente, por uno de los sindicalistas más discutidos de la Argentina. Algo así como reemplazar al muerto por el degollado.

Por supuesto que los peronistas destituidos acusan a la jueza de actuar por cuenta y orden de Macri, pero eso ya es también tradición: hasta de los temblores y de las lluvias lo culpabilizan al presidente.

En síntesis, que desde siempre el partido fue para el peronismo casi nada, y en los últimos tiempos ya era directamente la nada entera. Por eso intervenir a lo que es nada, suena como una tontería fenomenal. Como el capricho de una jueza que, a punto de jubilarse, parece haber perdido toda perspectiva de las proporciones de las cosas.

Carlos La Rosa
Editor de Opinión 
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