Domingo, 20 Mayo 2018 00:00

La crisis cambió todo - Por Eduardo van der Kooy

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)

María Eugenia Vidal gana influencia política en el Gobierno cuando las papas queman. Su peso electoral es clave.

 

"Si no cohesionamos a Cambiemos será difícil convocar a la oposición a un acuerdo”. Esa fue una de las frases que Mauricio Macri escuchó durante el fin de semana más difícil de sus dos años largos de poder. El consejo brotó de María Eugenia Vidal. La gobernadora pasó mucho tiempo en la residencia de Olivos. Con una novedad en su carpeta que afirmaba aquella convicción. Dos días antes había realizado las paces con Emilio Monzó durante una reunión discreta en la Casa de la Provincia en la Ciudad. Estaban distanciados por diferencias políticas. El titular de la Cámara de Diputados fue reincorporado de inmediato a la mesa chica de decisiones del macrismo y de Cambiemos.

El episodio estaría revelando dos cosas. Vidal no sólo forma parte del vértice electoral del oficialismo. Avanza en influencia política cuando las papas queman. No parece menos, en ese sentido, que Marcos Peña. No es la sombra del Presidente, como el jefe de Gabinete, pero controla la principal provincia. La otra conclusión requiere aún de tiempo para redondear un juicio tajante. Nadie sabe si la repentina apertura del Gobierno obedeció al susto que desparramó la crisis financiera o a una convicción genuina. En cualquier caso, el gesto resultó atinado pero tardío.

La gobernadora había trazado un cuadro crítico sobre lo que venía sucediendo aún antes de que el martes último, con la renovación del 100% de las Lebacs, se disipara el pico de tensión. Vidal siguió paso a paso cada acontecimiento y el desempeño de los ministros del Gobierno nacional. Con el foco en el área económica. Varias de las cuestiones que Macri blanqueó en la rueda de prensa que dudó mucho en realizar –los malos manejos y errados diagnósticos—habían estado en sus diálogos frecuentes con la gobernadora.

El Presidente parece tener en claro varias cuestiones. La caída de su imagen –como ocurre ahora-- arrastra siempre las de Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, el jefe porteño. La gobernadora continúa siendo, pese a todo, la dirigente con mejor ponderación nacional. Pero sin Buenos Aires en condiciones competitivas, su proyecto de reelección puede quedar condenado a la nada. La Provincia figura, en ese esquema, mucho más engarzada que la Ciudad. El gran salto electoral de Cambiemos se produjo cuando aquella mujer derrotó en el 2015 a Aníbal Fernández.

Macri se ha sometido antes a un reseteo de la gestión política que la económica. Aun cuando en ese ámbito admitió fallas. Porque dicha ingeniería es de su absoluta propiedad. Aunque no existe ninguna brecha que separe una cosa de la otra. Habrá que ver cómo se rehace el remozado mecanismo de Cambiemos. Y hasta dónde, una vez que transcurra el tiempo, no termina por husmear también en el quehacer económico.

Allí ha quedado a salvo Luis Caputo. El ministro de Finanzas, que venía zamarreado por su antigua pertenencia a sociedades offshore, resultó una pieza clave para el bálsamo que apaciguó los últimos días la fiebre financiera. Nicolás Dujovne, el titular de Hacienda, tiene por delante un desafío bravo: cerrar en términos aceptables la negociación con el Fondo Monetario Internacional. La señales parecen buenas. Pero son señales. Macri le puso su mano en la espalda a Federico Sturzenegger, el director del Banco Central. El funcionario más fustigado en los días aciagos. Quizá los vestigios visibles de algún daño estén decantando sobre Mario Quintana. Uno de los ministros coordinadores que le gusta entrometerse en los debates económicos.

Quizá Macri y Peña se equivoquen si especulan con que la apertura política podría significar simplemente un regreso a los orígenes. Las condiciones objetivas han cambiado. Las de sus protagonistas también. El Gobierno atraviesa su momento más delicado, tal vez, por no haber sabido interpretar adecuadamente los atributos que debe poseer cualquier coalición. Por haber dejado escapar también una ocasión de oro para fortalecerla: cuando su acción, con muchas expectativas y pocas promesas consumadas, fue convalidada en las elecciones de octubre del 2017.

El radical Ernesto Sanz, por ejemplo, no regresó por decisión personal. Tampoco por el presunto hastío de su estancia en Mendoza. Su reaparición obedeció a un pedido del titular de la UCR y gobernador de esa provincia, Alfredo Cornejo, al propio Macri. No hablará ni se sentará a la mesa chica desde ahora a título individual. Detrás suyo se encolumnará el partido. Serán inevitables las fricciones porque despunta un año electoral.

Algo similar, de otro contenido, sucede con la vuelta de Monzó. El macrismo había devaluado su importancia como bisagra de los acuerdos en el Congreso al no colocar reparos a su sorpresivo anuncio de un retiro en 2019. El diputado retorna fortalecido dispuesto a tres cosas. No dejará el timón de la Cámara Diputados ni un día antes del 10 de diciembre del año que viene. No pretende hacerle pasar ningún sobresalto al Gobierno. Archivó la posibilidad de recluírse un tiempo en la Embajada argentina en Madrid. No renovará su banca, en efecto, pero continuará junto al proyecto si Macri consigue la reelección. Esta guía permite arribar a otra coronación: con los regresos de Sanz y Monzó cobrará también una potencia distinta --¿haría falta?—la figura de Elisa Carrió. De hecho, exigió que uno de sus discípulos, el ex diputado Fernando Sánchez, segundo del jefe de Gabinete, se sume a la mesa chica.

Tal entramado político deberá funcionar a pleno para el objetivo que Macri se propone. Alcanzar un acuerdo nacional con eje en el Presupuesto del 2019. Sobre todo, en la reducción del déficit fiscal. La idea suena buena e inevitable, dadas las circunstancias. Aunque sin la coreografía necesaria. Un asunto bien distinto hubiera sido plantearlo en octubre pasado, cuando el peronismo sufrió su segundo mazazo electoral. Ahora la oposición se ha ocupado de contarle las costillas a Cambiemos.

De todas formas, despuntaría un espacio para ensayar aquel acuerdo. Porque la crisis financiera de las últimas semanas sembró pavura en casi todos. Quizás habría que hacer un par de salvedades: el kirchnerismo casi se apartó de la escena a la espera sólo del hervor de Cambiemos; la lógica de la izquierda permanece inmutable y responde al viejo eslogan de “cuanto peor, mejor”.

En el resto de la clase dirigente permeó la sensibilidad. Por aquel recuerdo del 2001. Aunque el presente no tenga que ver con eso. En el peronismo, en especial, empieza a tomar cuerpo la creencia de una chance para volver a la Casa Rosada en el 2019. Porque existe un cruce de conveniencias tangibles entre el oficialismo y esa oposición. El Gobierno requiere ahora de los opositores para anclar definitivamente la gobernabilidad. Y ahuyentar la tormenta. Sólo de esa manera podría pensar reflotar el segundo mandato de Macri. Para el peronismo y aliados parlamentarios también aquella gobernabilidad resulta crucial. Porque sin ella podría abrirse un agujero negro. Que devoraría sus esperanzas.

Cristina Fernández está ahora empeñada en fortalecer a Unidad Ciudadana. Sus esfuerzos de expansión parecen vanos. Los gobernadores peronistas convergieron la semana pasada en Tucumán. Aún sin liderazgos visibles, proponen una vinculación con el Congreso para abordar el acuerdo y la gobernabilidad que predica el Presidente. La batuta en ese ámbito está en manos de Miguel Ángel Pichetto.

Allí se discute si dar curso inmediato o aletargar el proyecto aprobado en Diputados que impone un límite al ajuste de tarifas que promueve al Gobierno. Inciden tres razones. Primero: no arrojar combustible sobre una crisis que amaga fuego. Segundo: no forzar en esta coyuntura un veto de Macri. Tercero: no hacerlo mientras esté en desarrollo la negociación con el FMI.

Pichetto realizó una consulta, en tal sentido, con el jefe del bloque de diputados del Peronismo Federal, Diego Bossio. Escuchó silencio. También hizo un sondeo en el Frente Renovador. Pero Sergio Massa se habría mostrado inflexible. Esas ambivalencias suelen causar repetidos desacoples en el frente peronista.

La mayoría de los gobernadores enfrentan dos problemas. Requieren financiación en el exterior que no resulta accesible. Días pasados Rogelio Frigerio, el ministro de Interior, saldó una diferencia con el mandatario de Chaco, Domingo Peppo. Le facilitó de urgencia un préstamo local por $ 300 millones. También el proyecto para la limitación de las tarifas detona desavenencias. Un artículo del proyecto aprobado en Diputados, a instancias del Frente Renovador, estipula que las distribuidoras de energía deberían devolver dinero a los usuarios si los aumentos superaran a la inflación. Esas distribuidoras en el interior, en la mayoría de los casos, pertenecen a los Estados provinciales. Constituiría un verdadero golpe a sus arcas.

Los gobernadores apoyan con visible reparo la negociación con el FMI porque cualquier ajuste significaría menos plata para ellos. El Gobierno sabe que adoptó un camino sin retorno. Que echará sombras sobre la inflación y el crecimiento. Sus argumentos fuertes para encarar el año electoral. La sociedad observa con mucho escepticismo los vaivenes. Hace dos semanas suponía estar formando parte de una realidad algo más feliz.

La mutación repentina detonó el enojo colectivo. La consultora Isonomía posee un registro que conoce el Gobierno. Hace dos años la valoración global de la dirigencia política, entre oficialismo y oposición, exhibía un diferencial positivo de 24%. Ese diferencial en abril de este año es igual a cero. Todos han perdido. Ninguna crisis transcurre sin dejar hondas cicatrices.

Eduardo van der Kooy

Visto 255 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…