Domingo, 27 Mayo 2018 00:00

País débil, Gobierno confundido - Por Eduardo van der Kooy

Escrito por 
Valora este artículo
(2 votos)

El Gobierno habla de acuerdos políticos para enfrentar la crisis. Pero se muestra confuso.

 

Mauricio Macri conoce el desierto que debe atravesar. La macroeconomía hace agua. Su decisión de un ordenamiento incluye un ajuste que impacta en la microeconomía. Es decir la producción, el crecimiento, la inflación y los bolsillos populares. Ese tránsito ha detonado tres fenómenos: un debate en Cambiemos; el despertar opositor; el regreso de la agitación callejera.

Existe un plano sobre el cual no se avizoran diferencias en Cambiemos. Incluso resulta compartido por sectores de la oposición. Hasta ciertos kirchneristas. Los desacoples macroeconómicos están convirtiendo a la Argentina en una nación casi inviable. No importa el gobierno de turno. Repasando los números oficiales del último año se computa un triple déficit en las cuentas públicas. El comercial, el cambiario y el financiero global. Agujeros puros.

El déficit de la balanza comercial trepó a US$ 8.471 millones. En otras palabras, por cada dólar que la Argentina exportó se importaron 1,145 dólares.

El déficit de la balanza cambiaria alcanzó a US$ 17.052 millones. ¿Cómo se desglosa? Por turismo egresaron US$ 10.662 millones. Por compra directa de moneda estadounidense US$ 17.757 millones. El total de dichos egresos sumó los US$ 28.419 millones. Los cobros por las exportaciones de bienes de oleaginosas y cereales fueron de US$ 26.635 millones. La diferencia en contra de la balanza ascendió a US$ 1.784 millones. Traduciendo de nuevo: por cada dólar que entró por ventas al exterior partieron 1,07 dólar por turismo y compra de billetes. El déficit financiero total del 2017, estimado en pesos, llegó a los 629.050 millones.

Parece claro, observando el panorama, que nuestro país sufre a repetición un estrangulamiento en su capacidad de generar dólares. Las exportaciones resultan altamente insuficientes para compensarla. Lograron disimular el desequilibrio cuando algunas materias primas alcanzaron valores internacionales siderales. Fue parte del tiempo de Néstor Kirchner. Después de la crisis global del 2008 la tendencia volvió a acentuarse. Cada uno buscó su receta sólo como parche. Cristina Fernández apeló al cepo al dólar. Macri no tuvo más remedio que tomar deuda por la herencia recibida. Hasta que el primer sacudón financiero lo paralizó. Forzándolo a buscar un anclaje en el Fondo Monetario Internacional.

En ningún momento, al menos desde la crisis del 2001, alguno de los gobiernos se planteó la búsqueda de una solución estructural. Que por sí solos, sin una convergencia política, sindical y empresaria, no habrían estado en condición de realizar. La ambición por el poder, en todos los casos, pareció condicionarlos. Los Kirchner afloraron con el sello de la providencialismo que siempre caracteriza al peronismo. Imaginaron, sobre vigas flojas, un proyecto de dos décadas. Al macrismo, antes que a Cambiemos, lo viene traicionando también la idea de una presunta refundación. Distanciarse de la vieja política artífice, según esos preceptos, de todos los fracasos anteriores. Ahora, después del susto enorme, atisbaría una revisión. Aunque por el momento sólo eso.

Hoy por hoy, podría divisarse todavía en ese campo más humo que fuego. Valió la autocrítica del Presidente sobre el exceso de optimismo al asumir. Además, su referencia a las fallas de gestión. También, la admisión del pecado por no haber confesado el grado del desquicio recibido. Ni qué hablar sobre la reapertura de la puerta en la mesa de decisiones a sus socios de Cambiemos. Y el enunciado de un presunto gran acuerdo nacional. Pero las cosas, pese a que lo peor no pasó y sigue latente, se habrían estacionado en ese puerto.

La mesa chica de Cambiemos, con los regresos de Emilio Monzó y el radical Ernesto Sanz, debutó con una fotografía hace diez días. Nunca volvió a juntarse. El titular de la Cámara de Diputados anduvo la semana pasada haciendo consultas, en soledad, con dirigentes de la oposición. Incluso peronistas K. Indagó visiones acerca de cómo afrontar el marasmo. Pero no recogió una sola correspondencia de la Casa Rosada. Sanz recibió requerimientos a distancia. En especial, referidos a la inflación. Los atendió con rapidez. Mantuvo diálogos, a propósito, con el ministro de Producción, Francisco Cabrera. De Fernando Sánchez, el discípulo de Elisa Carrió, no se supo nada. La diputada solicitó que sea incorporado a las conversaciones. Quizá la ausencia de ellas llevó a la líder de la Coalición a tomar un rumbo propio. Apuntó contra los integrantes de la Unión Industrial Argentina (UIA) por el traslado a los precios de la devaluación. Se descolgó con un proyecto sobre el aumento en las tarifas que prevé la eliminación de todos los recargos adicionales. Con excepción del IVA.

Exactamente a contramano de un bohemio movimiento oficialista en el Senado. Allí aprobó un dictamen en minoría que recorta suavemente el IVA. Representaría una poda de $ 15 mil millones, que la Nación y las provincias absorberían en partes iguales. Aquel tributo es coparticipable. La propuesta estuvo en consonancia con la sugerencia de, al menos, tres gobernadores del PJ: Juan Schiaretti, de Córdoba; Juan Manuel Urtubey, de Salta, y Gustavo Bordet, de Entre Ríos. Tal maniobra apuntaría a neutralizar la aprobación en el Senado del proyecto sancionado en Diputados que frena los incrementos. Y los retrotraería a diciembre del 2017.

Aquella realidad estaría desnudando las dificultades que asuelan a Cambiemos y al peronismo. Ninguno se comportó en bloque. Miguel Angel Pichetto, jefe de Argentina Federal, reclamó una propuesta superadora del Gobierno. Pero dio luz verde al dictamen en el Senado contrariando la postura de gobernadores partidarios. Antes que alumbrara el dictamen de última hora de Cambiemos. Pichetto se quejó de la desidia oficialista. Subrayó incluso dos citas con senadores macristas –una de ellas con Federico Pinedo-- en las cuales habría quedado de seña. En el Gobierno creen descubrir un ardid. El senador de Río Negro estaría cumpliendo su pacto supuesto con Sergio Massa. Lo quiere de regreso en el peronismo pensando en la batalla del 2019. El proyecto de Diputados tuvo inspiración en el Frente Renovador. Aunque fue avalado también por el kirchnerismo. Como Cristina lo hizo con el dictamen del Senado. Entre tanto fuego cruzado resulta difícil aproximarse a la verdad.

La pelea por el aumento de tarifas presenta flancos conflictivos para el Gobierno. De aprobarse en el Senado, forzaría el veto presidencial. Otro costo para Macri entre tantos costos. En cualquier caso y con cualquier proyecto, los aumentos tarifarios pergeñados por Juan José Aranguren presionarían sobre la inflación. Se trata del gran desvelo de Cambiemos después del primer timbreo nacional realizado tras la tormenta financiera. Esa actividad dejó una conclusión terminante. La inmensa mayoría de los visitados reclamó por el aumento de los precios. Las alusiones negativas por el regreso al FMI quedaron circunscriptas a personas ideologizadas.

Tal comprobación, al menos en Buenos Aires, impulsó a María Eugenia Vidal a alertar sobre el comportamiento de algunos sectores empresarios. Pero la gobernadora no está dispuesta a tomar el mismo sendero de Carrió con la UIA. Menos, sin poseer pruebas fehacientes. De allí, el requerimiento de información detallada al ministro Cabrera.

Los radicales también buscan moverse con cautela ante ese problema. No quieren que en el imaginario colectivo revivan las prácticas inservibles de Guillermo Moreno en el ciclo kirchnerista. Pero tampoco parecerían dispuestos a tragarse un sinfín de sapos. Reniegan de la idea de Nicolás Dujovne, el ministro de Hacienda, de ajustar el gasto en la ejecución de la obra pública. Reparan en una cuestión: el precio del cemento estaría cartelizado por tres fábricas. Allí se podrían bajar costos y no afectar el as de espada que el Gobierno tiene entre manos para disimular otras carencias.

Los socios principales de Cambiemos también apuntan otras cuestiones. Si la situación es delicada, como lo es, cabría demandar algún esfuerzo a los sectores más aliviados en estos dos años. Es el cabildeo que habita ahora la Casa Rosada. Promueven suspender la baja a las retenciones a la soja. Y quizás algunas cosas más en el sector. “Tenían el dólar a $ 19 y ahora lo tiene a $ 25 para exportar”, explicó un pope radical al ilustrar la situación. La medida está en el aire porque a Macri le incomodaría incumplir con su palabra en un sector productivo clave. Que constituye, por otra parte, su verdadero soporte electoral.

Ese dilema volvió a colocar en la superficie de Cambiemos ciertas críticas al modo de gestión macrista. El empoderamiento verbal de Dujovne sería de trascendencia menor. Se habría empezado a poner bajo la lupa el papel del ministro de Agroindustria, Luis Etchevehere. El funcionario pareció salir rápidamente en defensa de los intereses del agro apenas se meneó el tema de las retenciones Su contracara podría ser Jorge Triaca. El ministro de Trabajo está desde hace días en diálogo permanente con los líderes sindicales para prevenir una demanda que se viene. Caóticamente reflejada esta semana en la sucesión de protestas callejeras. La inevitable revisión en septiembre de las paritarias que se cerraron con un 15% de aumento. Ya están desfasadas.

Entre tanta desventura Macri rescató un resuello. En un sondeo diario en Buenos Aires surgió en la última semana que su imagen dejó de caer. Incluso habría repuntado tres puntos. Desde un nivel bien bajo. Apenas una limosna.

Eduardo van der Kooy

Visto 224 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…