Domingo, 03 Junio 2018 00:00

El peronismo huele sangre - Por Eduardo van der Kooy

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)

La oposición pretende acorralar al Gobierno. El electoralismo pesa más que la gobernabilidad.

 

La organización de la escena política ha empezado a cambiar. No impera ya, necesariamente, la lógica dominante desde el 2015. El factor ordenador de aquella escena, para Cambiemos y para la oposición principal, puede dejar de ser Cristina Fernández. El eje se correría hacia Mauricio Macri. Quedó en evidencia en Diputados y el Senado con la ley que quiso limitar los aumentos de tarifas. Pero naufragó frente al veto del Presidente. El fenómeno representaría la primera gran novedad que deriva de la última crisis financiera. Podría significar un riesgo potencial para el Gobierno.

Apelando a una simplificación que permita comprender el esbozo de esa teoría podría afirmarse que: el antikirchnerismo, que asemejó a una peste venenosa, sería desplazado por una primera expresión política colectiva antimacrista. No se trataría de una señal auspiciosa para Cambiemos en vísperas del año electoral. Tampoco es una amenaza consolidada y definitiva.

En todo caso, serviría para poner en discusión dos estrategias del Gobierno. La de haber descansado demasiado tiempo sólo en la confrontación con la ex presidenta, siempre redituable. El haber privilegiado una relación radial con los gobernadores peronistas circunscripta a cada tema en debate. Sin recurrir a un acuerdo global que estableciera, quizás, compromisos más firmes. En las votaciones de Diputados y el Senado se advirtieron varios deslizamientos.

Juan Carlos Schiaretti cuestionó el proyecto opositor sobre tarifas que fue inspirado por el Frente Renovador de Sergio Massa. Pero su propia mujer, Alejandra Vigo, votó afirmativamente en Diputados. Lo mismo hizo Carlos Caserio en el Senado. Cuatro senadores del PJ habían firmado el dictamen en disidencia. Pero apenas uno, el salteño Rodolfo Urtubey, votó en contra. Es el hermano del gobernador, Juan Manuel. Carlos Espínola (Corrientes), Guillermo Snopek (Jujuy) y Dalmacio Mera (Catamarca) revieron su postura original. Con esa provincia ocurrió una curiosidad. La mandataria, Lucía Corpacci, había denostado el proyecto delante de Macri y de Rogelio Frigerio, el ministro del Interior. Pero la otra senadora, Inés Blas, también se terminó montando en el triunfalismo opositor.

El nuevo panorama responde, además, a que los vectores centrales de la política del Gobierno y del peronismo se han entrecruzado. Macri piensa ahora únicamente en la gobernabilidad. De allí la negociación que apura con el Fondo Monetario Internacional (FMI). “Saldrá muy bien”, comenta con seguridad a sus interlocutores. Por esa razón privilegió el veto, aún con el costo que pueda acarrear, y la neutralización del peso fiscal que poseía la ley opositora sobre limitación de tarifas. Sin gobernabilidad afianzada le será muy difícil apostar a la reelección en el 2019.

La ecuación peronista está construida en esta coyuntura exactamente al revés. La oposición descubrió a raíz de la crisis financiera una debilidad que el Gobierno y Cambiemos había disimulado estos años. Mas allá de los ascensos y caídas de su popularidad. El peronismo olió a sangre. Ese instinto animal siempre lo aglutina porque augura la posibilidad de un regreso al poder. El electoralismo, entonces, predomina sobre la idea de gobernabilidad. Que también necesita, por supuesto, para competir en el 2019. Pero pretende cotejar con un oficialismo desflecado en la opinión pública. A eso apunta con el comportamiento de ahora.

Para que ello no ocurra, el Gobierno debería ordenarse primero en su relato y luego en su acción. No desmalezarse el camino a esa oposición. Macri no disponía de margen para ceder ante el desafío parlamentario. De hecho batalló y perdió con sus cartas en Diputados. Pero fue y vino demasiadas veces en el Senado. Una ambivalencia que el peronismo supo detectar. El Presidente está empeñado en hacer en este tiempo la mayor parte de los ajustes. Con respecto a la energía se continúa sorprendiendo: “El mes pasado volvió a aumentar un 8% el consumo de electricidad”, se exalta. Habría que precisar bien, tal vez, la segmentación social de dicho incremento global.

El problema radica también en que el futuro inmediato no asoma claro. ¿Cuántos reajustes tarifarios restan todavía?. Elisa Carrió dijo que el actual sería el último pero Juan José Aranguren opina diferente. Es probable que el ministro de Energía tenga razón. ¿Cuántas veces volverán a aumentar los combustibles?. Se dice que no y después es que sí. ¿Cuántas el transporte?. ¿Qué medida excepcional se piensa para acotar la disparada inflacionaria tras la devaluación?. El plan de precios cuidados, al cual se le agregaron productos, resulta insuficiente. No se avizora una proa oficial para ordenar tantos enigmas que derraman como un sentimiento de temor en la sociedad.

El otro dilema para el Gobierno tiene que ver con el peronismo. La ilusión de un supuesto renacer quedó grabada en las postulaciones que surgieron durante las últimas semanas. El diputado Felipe Solá admitió su deseo de competir por la presidencia con un peronismo unido. Agustín Rossi, el jefe del bloque, inició giras de campaña por Santa Fe. El ex secretario de Comercio, Guillermo Moreno, montó una gigantografía en pleno Constitución con el lema “el peronismo unido, 2019”. José Manuel de la Sota, el ex gobernador de Córdoba, hizo circular un saludo por el 25 de Mayo con una leyenda sugestiva: “Sé, quiero y puedo”. Las aspiraciones de Urtubey son viejas y conocidas. Cristina abandonó su silencio y lanzó críticas por la negociación con el FMI. Se animó a hablar de “traición a la Patria”. La misma figura jurídica –ya desestimada-- que le endilgaron a ella por el firma del pacto con Irán a raíz del atentado en la AMIA, que dejó 84 muertos.

Al amuchado peronismo de los últimos días lo fogoneó, sobre todo, un espíritu anti macrista. Pero en el tránsito hacia el año electoral deberá definir todavía muchas cosas. Habrá que ver si la unidad sobrevive. En primer lugar, hallarle un papel político a la ex presidenta si es que no quiere ser candidata. Tarea ardua. En especial, cuando se computan un par de situaciones. Cristina sigue teniendo la propiedad del voto más consolidado en ese espacio heterogéneo. La tendencia se verifica en el conurbano bonaerense. La nueva norma electoral en la provincia que consagró María Eugenia Vidal añade complejidad para esa oposición. Los intendentes irán, en casi todo los casos, por su último mandato. Porque hay una sola reelección. ¿Qué candidato, al margen de la ex presidenta, podría garantizarles continuidad a los peronistas?. Esa sería la única meta que perseguirán.

El tradicional pejotismo no tendría por el momento ninguna variante. Massa le comunicó a Miguel Angel Pichetto que no está dispuesto a pelear por Buenos Aires. El líder del Frente Renovador anda con un pie en cada orilla. Almorzó esta semana con Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, su amigo. Pero frecuenta La Matanza mucho más de lo que se sabe. En citas con la intendente, Verónica Magario, y su numen, el diputado Fernando Espinoza. Otra opción sería Florencio Randazzo. Pero el ex presidenciable también se muestra renuente.

La oposición principal tiene un desafío de mayor envergadura que ese. Debe definir una identidad y una propuesta. La pejotista no tendría nada que ver con la que enarbola el kirchnerismo. En esa comarca está claro que el futuro es el pasado. Alcanza con escucharla a Cristina. Allí mismo, por otra parte, abundan las insidias. Las causas por corrupción han dividido aguas en La Cámpora, su viga mayor. Semanas atrás, el diputado Andrés Larroque visitó en la cárcel de Máximo Paz a Julio De Vido. Fue el primero de la organización en hacerlo. El ex ministro de Planificación se acordó muy mal de Cristina y, sobre todo, de su hijo, Máximo Kirchner.

Posteriormente fue el turno de Eduardo “Wado” de Pedro. El diputado confesó a De Vido que no había concurrido antes porque le aconsejaron que resultaba políticamente inconveniente hacerlo. Tuvo el mal tino de comentarle que horas más tarde asistiría a una condecoración a Carlos Zannini en la legislatura porteña. Por su defensa de los derechos humanos. De muchas extravagantes que se otorgan allí. El ex ministro lo despidió de inmediato: “Andate a ese acto. No pierdas tiempo conmigo”, conminó. Su enemistad con Zannini resulta insoluble. Aquellos que lo vieron se manifestaron sorprendidos. De Vido tiene una rutina diaria exigente de gimnasia. Alcanzó el mejor peso de su vida adulta. Exhibe su crónica diabetes bajo total control.

Al pejotismo clásico no le importa demasiado la suerte de De Vido. Desea diferenciarse del estigma de la corrupción. No alcanza con eso para definir una identidad que siempre flamea. Alude a las históricas banderas de Juan Perón. Reniega del pasado kirchnerista. Parece seducido por algunos reflejos de Cambiemos. Sobre todo, los referidos a la modernidad. Pero cualquier acercamiento a la coalición oficial lo aterra. Reina una enorme confusión que Pichetto pretende saldar con la invocación a un peronismo republicano. En esa transición le ocurrió casi lo peor. En la pelea contra Macri en el Congreso por las tarifas habría quedado casi como furgón de cola de Cristina.

El Presidente debe lidiar ahora con la pobre y difícil realidad económica. También con un peronismo endurecido y la calle agitada. Complicado congeniar todas las cosas porque se avecina una época de decisiones ingratas --que la oposición reprochará-- y amanece el año electoral. Se conocerá entonces la calidad del género político que guarda.

Eduardo van der Kooy
Ilustración: Sábat

Visto 138 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…