Martes, 26 Junio 2018 00:00

Las cuatro dimensiones menos visibles de los paros y la política argentina - Por Sergio Berensztein

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El paro de ayer es el tercero de su especie en toda la administración Macri, pero es la primera vez que la economía es el principal problema para la mayoría de los argentinos: sienten que están peor que hace un año y que las cosas no van a mejorar.

 

El contexto era sin duda difícil antes de la reciente crisis cambiaria, pues un gran número de trabajadores (formales e informales) atravesaban una situación muy complicada por el hecho de que el poder de compra de los salarios se venía deteriorando por la inflación (que era mayor a la esperada). La recomposición tarifaria obligó también a muchas familias a modificar prioridades de consumo. Estos problemas abarcaban también a la clase pasiva. Es cierto que el gobierno siempre mantuvo los subsidios en los sectores más vulnerables y sigue poniéndolos como prioridad incluso ahora, que enfrenta muchas más restricciones presupuestarias. Sin embargo, los sectores de clase media y media baja venían acumulando un conjunto de demandas que ni el gobierno ni los sectores de oposición estaban en condiciones de canalizar y eventualmente responder.

Luego de la corrida cambiaria, derrumbe del peso incluido, los salarios reales quedaron aún más deteriorados. Para peor, la economía ha entrado en una recesión que podría durar al menos dos trimestres de acuerdo con los especialistas más optimistas. El mismo ministro Dujovne reconoce que la desaceleración duraría tres meses. El nuevo titular de Producción, Dante Sica, gran conocedor de la problemática industrial, coincide con este diagnóstico realista y tiene como objetivo sostener la actividad, defender el empleo y ayudar a las empresas a navegar este año tan difícil. Junto con su colega de Trabajo, Jorge Triaca, con quien lo une un pasado cercano al peronismo, se dispone a impulsar un conjunto de medidas que despejen cualquier duda en el sentido de que el gobierno defiende el empleo y la producción. Algunos ven en eso señales de “morenismo tardío”. Pero el Presidente los respalda pensando sobre todo en las elecciones del año próximo.

Esto incluye un diálogo fluido con los principales referentes del sindicalismo, que no es nuevo pero que continuará, incluso habrá de intensificarse, sobre todo dada la adhesión al paro de hoy.

Es probable que finalmente el Gobierno lance luego del campeonato mundial una gran convocatoria al diálogo orientado a conseguir consenso para aprobar el presupuesto 2019, que deberá incluir muy fuertes recortes; los principales dirigentes gremiales serán naturalmente parte de esa mesa de negociación. Pero hay un juego de intereses cruzados que hacen simbiótica y muy compleja esa relación. Involucra, claro está, los cuantiosos fondos de las obras sociales, la principal fuente de financiamiento del sindicalismo y también la razón más importante que explica su capacidad de acción colectiva e influencia política, sin par en toda la región. Aunque también abarca otras cuatro dimensiones menos visibles que vale la pena analizar:

Elecciones en la CGT

La central obrera debe definir su nueva conducción en el mes de agosto y no está en absoluto claro qué sectores terminarán predominando. Los más duros, liderados ahora por la familia Moyano y donde se destaca también el radical K Sergio Palazzo, de Bancarios, fueron quienes más impulsaron el paro de hoy.

Esto presiona a los dirigentes más moderados que no quieren quedar desdibujados en un proceso en el que prefieren evitar la confrontación con el gobierno sin perder protagonismo ni espacio dentro de la conducción sindical. Esto explica que aún dirigentes como Andrés Rodríguez, Armando Cavalieri, Gerardo Martínez o José Luis Lingeri hayan asumido posturas un poco más intransigentes que de costumbre. Se trata, sin embargo, de un juego de matices y flexibilidades que el gobierno nacional conoce y, hasta cierto punto, consiente.

En efecto, en la medida en que los sectores más negociadores mantengan su influencia en la futura conducción de la CGT, el gobierno se ahorra un problema futuro. Por eso, la plasticidad es una táctica egoísta, más que altruista. Y beneficia a todas partes. Incluso a los Moyanos y sus aliados: podrán mostrar hoy un nivel de acatamiento muy relevante, que se hubiera desdibujado sin el apoyo de sus adversarios dentro del movimiento obrero. Rogelio Frigerio acaba de admitir que el 25% que lograron los Camioneros es un parámetro más que razonable (la inflación de este año podría superar el umbral del 30% según varias estimaciones privadas). Detrás de las ciertas batallas mediáticas, políticas (y judiciales), puede haber más concordancia de la que parece.

Sindicalismo radicalizado

La CGT viene arrastrando divisiones internas y conducciones débiles desde hace mucho tiempo. Pero su principal amenaza consiste en la radicalización de algunos segmentos del sindicalismo, la mayoría de ellos agrupados en las CTA. Se trata de una central obrera alternativa y que compite con la CGT desde los albores del menemismo, allá por 1991, cuando los principales dirigentes gremiales se acomodaban, con el pragmatismo que los caracteriza, a los negocios y otras oportunidades que surgían con el éxito de las reformas promercado tan en boga en aquellos años.

Recordemos que la CTA también sufrió un profunda crisis durante el kirchnerismo, incluyendo un quiebre que aún hoy está lejos de solucionarse: quedan viejas heridas aún pendientes de cicatrizar, y ni el enemigo común que las facciones que siguen a Hugo Yasky y Pablo Micheli ven en el gobierno (sobre todo ahora que recurrió al FMI), constituye un cemento suficiente para una eventual reunificación.

¿Podría facilitarse este proceso ahora que hasta Hugo Moyano reconoce, tardíamente, algunas de las bondades del modelo populista K, del que siempre desconfió a pesar de haber obtenido enormes concesiones para su gremio?

La aparente “unidad en la acción”, al calor de las medidas de fuerza, constituye casos puntuales de coordinación que de ninguna manera deben ser interpretados como una estrategia consensuada, perdurable y con una definición en términos de política electoral.

Peronismo sin liderazgo competitivo

En efecto, la ausencia de un liderazgo competitivo dentro del peronismo en términos políticos, institucionales y electorales es al mismo tiempo una oportunidad, una solución aunque también genera problemas. Es evidente que como actor político y social, el sindicalismo, en todos sus variopintos matices y pelajes, aprovecha la ausencia de un liderazgo legítimo, consistente e instalado por parte del PJ. Y la falta de un candidato ya instalado habilita a ciertas licencias que el gremialismo sabe aprovechar: para seducir a los sectores medios independientes, cualquier político con aspiraciones electorales debería ser crítico de una medida de fuerza como la de hoy.

Recordemos, también, que el Partido Justicialista tiene un interventor puesto por la justicia que es nada menos que Luis Barrionuevo, también sindicalista. No descubre nada Marcos Peña cuando enfatiza, en su intención de deslegitimar el paro de hoy, que los gremios en la Argentina son predominantemente justicialistas. Pero pone al mismo tiempo el dedo en una llaga que interpela al conjunto del sistema político: desde hace más de siete décadas que esto es así, y explica, por lo menos en parte, la volátil dinámica macroeconómica que caracteriza a nuestro país.

Perón acuñó esa famosa frase: “el movimiento obrero es la columna vertebral del peronismo”. Podríamos modificarla y afirmar que el “el movimiento obrero es un componente fundamental de la economía política de la inflación y la inestabilidad macroeconómica”. Gremios fuertes logran aumentos salariales que por lo menos indexan el ingreso de los trabajadores, si es que no le ganan a la inflación. En una economía tan cerrada como la nuestra, esto no tarda en trasladarse a los precios.

Nadie duda que la inflación es un fenómeno monetario: la crean los gobiernos al financiar el déficit fiscal con emisión. Pero esta clase de mecanismos que tienen a los gremios como protagonistas consagran comportamientos inerciales que terminan consolidando lo que Roberto Frenkel y José María Fanelli han denominado “regímenes de alta inflación”. El gobierno es ahora plenamente consciente de este problema: el nuevo vicepresidente del Banco Central, Gustavo Cañonero, tuvo a esos economistas como mentores antes de obtener su doctorado en el MIT.

Lo cierto es que la suerte electoral de Cambiemos depende en buena medida de que sea capaz en los próximos doce meses de acotar la volatilidad del tipo de cambio y, sobre todo, de domar finalmente a la inflación. Las metas originales ya fueron descartadas y nadie sabe si será posible cumplir las nuevas, pero el gobierno necesita al menos mostrar un sendero descendente.

El sindicalismo, entonces, puede aletargar ese proceso, beneficiando al eventual candidato opositor, aún por definirse. Eso, como lo reconoció el propio Jaime Durán Barba, le viene muy bien a Cambiemos: derrotada Cristina en las elecciones de octubre, achicada entonces la amenaza de un potencial regreso al poder, ahora los malos de la película son los gremialistas, que sin duda tienen una pésima imagen en la sociedad. La grieta, como negocio político, sigue siendo rentable.

El paro "catártico"

Son muchos los políticos, tanto oficialistas como opositores, que admiten en privado que los paros tienen un efecto “catártico”: la gente protesta y eso descomprime, al menos teóricamente, el conflicto. En vez de meditar o practicar yoga, para bajar las tensiones distributivas los gremialistas prefieren las huelgas. Por supuesto que todo el mundo sabe que los paros no solucionan ninguno de los temas que justifican su convocatoria. En este caso, por ejemplo, ni el Presidente revertirá su veto a las tarifas, ni el Banco Central devolverá los 15 mil millones de dólares que acaba de recibir del FMI (y que ayudaron a frenar la corrida), ni mucho menos se crearán más empleos o se defenderán puestos de trabajo ya existentes.

Ahora bien, que nos resignemos a perder casi 30 mil millones de pesos (ese es el cálculo aproximado de la riqueza que no se creará hoy, según el ministerio de Hacienda) para bajar un poco la bronca acumulada, parece un lujo excesivo dada la pobreza y el subdesarrollo que imperan en el país.

En síntesis, el paro de hoy es una expresión más de lo mal que funciona la política en la Argentina. Perdemos tiempo, oportunidades y riqueza al carecer de los mecanismos fundamentales para resolver por consenso los conflictos distributivos. De eso se trata en efecto la política. Al menos, en teoría. A propósito, muchos funcionarios afirman que se trata de un “paro político”. Por lo analizado aquí, evidentemente tienen motivos de sobra para utilizar ese término. Sin embargo, lo hacen para deslegitimar la medida de fuerza. Para muchos, dentro y fuera del gobierno, aunque estemos en democracia, curiosamente “político” parece ser una palabra denigrante.

Sergio Berensztein

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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