Lunes, 02 Julio 2018 00:00

Más interna en Cambiemos, el pedido de Macri por el aborto y los dos tercios - Por Ignacio Zuleta

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El acuerdo con la oposición reaviva la tensión en los socios del PRO. El Presidente, preocupado por versiones parlamentarias.

 

Negocian el pacto de San Isidro con los socios de Cambiemos

El Gobierno (es decir, Mauricio Macri y Marcos Peña) dedicarán la última semana antes del receso invernal a negociar con sus aliados de Cambiemos la forma del acuerdo que conversa ya con el peronismo moderado para una agenda que atornille el plan económico. La publicación de los detalles del encuentro del martes en un restorán de San Isidro entre Marcos Peña, Rogelio Frigerio, Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal, Emilio Monzó, con Juan Schiaretti, Juan Manuel Urtubey, Miguel Pichetto y Sergio Massa hizo saltar las alertas dentro de Cambiemos.

"¿Cómo se juntan sin avisarnos?", fue la queja de los aliados de la UCR y de la Coalición. Desde la cúpula explicaron que ésa fue una más de otras reuniones y que no se firmará ni acordará nada sin la participación de la propia tropa.

La respuesta resultó cautelosa: nunca se habían reunido todos esos protagonistas, y menos conjurados a un silencio total. Para asegurar el sigilo eligieron un lugar amigo, la parrilla La Rosa Negra, que queda junto al hipódromo de San Isidro (por una confusión geoestacionaria dije este sábado que había sido en un club de rugby de esa ciudad). Ese santuario de la política criolla estuvo vinculado a la familia de Jorge Triaca, ministro de Trabajo –que no estuvo en la cumbre– y ha sido sede de históricas peñas con diverso grado de conspiración.

Tan importante fue esa cita que la charla siguió el viernes entre Frigerio y Massa. Del lado del oficialismo, los asistentes tienen esta semana la agenda completamente dedicada a atender a los gobernadores y legisladores de Cambiemos que se enteraron por la publicación de este fin de semana de la existencia del encuentro. Salvo Larreta y Vidal, ninguno de ellos estuvo en la pícara reunión al que el Gobierno se resiste a llamar "El pacto de San Isidro".

Hubo bruma y niebla sobre la cita, incluso algunos la imaginaron en otros lugares, y con otros protagonistas. Se entiende el celo: ¿con qué cara le van a explicar en el Gobierno a los socios de la UCR y de la Coalición que se reunieron a acordar con el peronismo y Massa un presupuesto que después les van a pedir a ellos que se vote en el Congreso?

El primer indignado es Alfredo Cornejo –presidente de la UCR–, que estuvo hace una semana en Olivos con Macri, Peña y Frigerio y no le adelantaron nada. Por lo menos es una falta de politesse. Cuanto más, un error de método, que golpea de nuevo –después de tarifas y aborto– la solidez de Cambiemos.

El encuentro del martes en San Isidro dinamitó todas las mesas en las que se sientan esos amigos. Macri tendrá que agotar sus recursos de seducción para remediar esta disidencia.

Un acuerdo de protección recíproca

El acuerdo intenta mejorar las posibilidades electorales para 2019 del oficialismo y del peronismo moderado. Este sector de la oposición entiende que el piso que sostiene en las encuestas Cristina de Kirchner para las elecciones presidenciales, puede dejarlos fuera del juego por el poder. El diagnóstico –que comparte con el Gobierno– es que desde 2015 todos los candidatos y partidos han caído en la estimación del público. Pero la única que ha mejorado en ese lapso es la ex presidente, que mantiene una base de entre 30/32% de adhesiones. Al mismo tiempo, su imagen negativa es alta y su techo parece difícil de subir, acorralada entre el rechazo del resto del público y el alambrado que le ponen las provincias a la de Buenos Aires.

Este cerco es el que frustró siempre las chances electorales de los candidatos bonaerenses. Los dirigentes del distrito son de cabotaje. Imperiales fronteras hacia adentro, salvo Raúl Alfonsín, ninguno pudo tener un destino nacional (Duhalde, Cafiero, Ruckauf, Scioli). Según este diagnóstico, el techo a Cristina se lo pone el voto moderado de las grandes ciudades, sobre el que ha construido Cambiemos los buenos resultados de 2015 y 2017. Ella atrae al peronismo dispuesto a bloquear el destino de Macri, se juegue donde se juegue.

Para escapar a esa condena que los aparta de la posibilidad de competir con solvencia en 2019, el camino de compartir la gobernabilidad de la Argentina les parece un sendero posible, con la reconstrucción de sus dos principales animadores, Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey. Les arde en las manos el temor de ser arrastrados por las tribulaciones del oficialismo. Pero creen también que aparecer gobernando con racionalidad puede poner de pie a esos dos derrotados de 2017.

Urtubey perdió las legislativas de su provincia y no tiene reelección. Massa no entró al Congreso y reconstruye desde el llano con jugarretas de imagen, como promover iniciativas propias, por ejemplo la ley de extinción de dominios, usando fotos de archivo con Miguel Pichetto, que molestaron al senador (le atribuyen esa mercancía a la jefa del bloque, Graciela Camaño).

Oficialismo y oposición, además, coinciden en que la permanencia de Cristina en la grilla asusta a quienes miran al país desde afuera. Los inversores entienden que si Cristina puede llegar a ser la opción de la oposición a Macri en 2019, la Argentina no es el mejor destino de sus proyectos. Para reforzar ese flanco débil, los peronistas pactistas se lanzan esta semana a aferrar territorios. Un grupo de diputados del bloque federal de Kosiner y del massismo viajará a Tucumán, en donde los espera Juan Manzur, que manda en la primera provincia grande que el peronismo presume de ganar sin competencia (pierde en las otras seis).

El propio Massa irá ese mismo día junto a Diego Bossio a sentarse frente a Carlos Verna, un peronista con valencia propia, que puede darse el lujo de administrar La Pampa, una provincia no dependiente de los favores financieros de Nación. Esas bases las intentará sumar el peronismo pactista a la mesa de San Isidro. Verna tampoco se entendió nunca con Cristina, y tiene que mejorar perspectivas: lo llaman “El 44” (la cárcel en la quiniela) porque le ganó por un pelo (0,28%) a Cambiemos en 2017, gracias al voto de los presos.

La Argentina de los tercios y el swing vote

"El poder debe transformar el ‘no’, que siempre es posible, en un ‘si’”, dice el pensador coreano Byung-Chul Han. De Macri depende que el “sí” del acuerdo valga para todos. El acercamiento del peronismo al Gobierno tiene una prenda, que es el reparto de la bonanza que vendrá, con los fondos que llegan del acuerdo con el FMI. Estos fondos son necesarios para los gobernadores peronistas que prefieren jugar su reelección antes que enredarse en una competencia que todos imaginan como una confrontación entre Macri y Cristina.

Este lote de mandatarios le puso música acuerdista al encuentro del martes en San Isidro, al cual los protagonistas procuraron mantener en secreto a la espera de un mejor momento para publicitarlo, quizás usando algo que no ocurrió, la alegría por una Selección en el tramo final de la copa de la FIFA. Fue porque necesitan ese dinero tanto como la Nación: es la única chance de emparchar el destino de reelección que los desvela.

En la mesa estratégica del Gobierno opera hoy con mucho predicamento la hipótesis de que el destino electoral depende del juego de los tres segmentos en lo que se divide la opinión electoral. En ese juego de tercio, tercio y tercio, un segmento sostiene a Cambiemos, el otro al peronismo. El tercer sector es el que llaman los americanos el "swing vote", que oscila entre una y otra opción.

El tracking de los movimientos de la oposición, según el Gobierno, demuestra que a lo largo de los últimos dos años y medio hay un desplazamiento pendular del swing vote, que parece respaldar en algunos momentos la consigna "hay Macri para rato", y en otros momentos la contraria, "Macri no termina el mandato". Sobre esta hipótesis parece montar el Gobierno su estrategia hacia delante: convocar al peronismo racional a un acuerdo es un llamado al ánimo moderado y optimista del tercer sector, que convive con el ánimo catastrofista, que aparece cuando se nubla el horizonte de las expectativas. Al péndulo hay que ayudarlo, y para hacerlo conviene suspender las hostilidades hacia el peronismo y entonar los sones de la amistad.

Los tiempos convienen, porque esta semana cierra el Congreso hasta después de las vacaciones. En Diputados habrá una mega sesión para aprobar temas que tienen alto consenso y que saldrán por mayoría de votos. El principal proyecto es el que permitirá la regularización de dominios en villas ocupadas.

El texto no se discute, porque viene dentro del paquete vaticano. Lo imaginaron las organizaciones de la economía popular que responden al papa Francisco, y lo presentaron los bloques del oficialismo. Esto marginó al cristinismo, que lo fustiga al caudillo del pobrerío Juan Grabois por ofrecer paz social a cambio de estas leyes. Una acusación que se sale de caja cuando se expresa desde el rencor, y las posiciones se toman según las personas y no las ideas o los proyectos. El cristinista por la Capital Juan Cabandié dijo en la comisión final que dudaba de un proyecto presentado por Carrió, Negri y Massot.

Esta aprobación pone una pausa en las inquinas que separan al Gobierno de la Iglesia por el debate del aborto. En la semana también van a votación otros proyectos compartidos entre oficialismo y oposición, como el régimen de trasplantes. En el Senado, encima, sale con acuerdo la ley corta de medios que regula los multimedios. Todo un parto. Después viene el receso con alto rosqueo, hasta el 31 de julio, fecha que tiene Peña para dar el informe a los Diputados, que espera esté revestido y recamado, como nunca, de acuerdismo.

Otro triunfo del ala acuerdista

Hacia adentro de Cambiemos, el pacto es un gesto hacia el ala política que viene reclamando una mejor relación con la oposición. La mesa íntima de Olivos ha clavado la táctica en la confrontación con el peronismo. No han faltado razones, cuando los gestos de acercamiento de 2016 han sido frágiles, y no han resistido las grandes pruebas, como ocurrió con la reforma de ganancias, la previsional y las tarifas.

Este acuerdo sigue al regreso de Emilio Monzó y Ernesto Sanz a algunas reuniones clave; también a la reconciliación con los jefes del interbloque de Diputados, Mario Negri, Nicolás Massot y Elisa Carrió, que debieron enfrentar el odioso debate del aborto en la cámara, sin instrucción alguna del vértice del poder.

Tan herido ha quedado el oficialismo de la Cámara baja, que es hoy imposible reunir al Interbloque sin que salten los bulones. Ahora les echan agua hirviendo dejándolos afuera del primer round del pacto con el peronismo. Carrió ha ido más lejos: entiende que ha sido un error permitir que las disidencias por el aborto dividiesen a Cambiemos. Desde entonces ha puesto en revisión la permanencia de la Coalición en el Interbloque.

También ha retirado su representación en la mesa política de la Casa de Gobierno. En la reunión del martes, Peña les anunció que había llamado Carrió para avisar que había desplazado a Juan Manuel López, vicepresidente del bloque, y que ella iría en persona a esa reunión de cúpula. Pero no concurrió.

Más aun, apareció López como si no estuviera enterado y se sentó en la mesa. Los otros participantes se miraron entre sí, mudos, alzando el ceño en gesto de perplejidad.

Macri: no tomen mi nombre en vano

Sobre el aborto, el Gobierno no modifica su posición: 1) habilitamos el tema para evitar una derrota legislativa –la sesión especial del 8 de marzo– que nos iba a sacar la iniciativa política; 2) no somos mayoría como para decir qué hay que votar; 3) las encuestas nacionales están 50 y 50 por el Sí y por el No; 4) el 75% apoya que habilitemos el tema. Este libreto lo sostienen ante el debate que comienza en el Senado. Consulté a una decena de funcionarios, políticos y dirigentes del oficialismo que estuvieron con Macri, y ninguno dice haber recibido instrucción alguna sobre cómo debían votar.

El jueves, Macri envió un whatsapp a Federico Pinedo, presidente del Senado, instruyéndolo a desmentir y descalificar a cualquier senador que dijese que votaba de alguna manera por instrucción de la Casa de Gobierno. “Quiero que se difunda”, agregó en otro mensaje. Ese mismo día el Gobierno decía estar convencido de que el Sí ganará en el Senado, por la suma de los dos peronismos (Pichetto, Cristina) y de los propios. Esta consigna cerró una semana de acosos de los pros y antiabortistas del Gobierno.

También el aborto dividido en tercios

El Presidente recibió después a Carmen Polledo (PRO), Marcela Campagnoli (Coalición Cívica) y Gabriela Burgos (UCR), embanderadas con el rechazo a la ley. Les dijo que él estaba contra la idea, pero que estaba a favor del debate.

En esa charla discurrieron sobre otros tercios, los que separan posiciones ante el tema. Están los del No, los del Sí y quienes creen que el voto debe decidirlo la oportunidad. Los que creen que conviene el Sí desataron las presiones de la madrugada de la votación, pero en el Gobierno juran que no tenían ninguna instrucción. Ocurre que el peso específico de algunos de ellos connotaba palacio. Ernesto Sanz, en reunión de coordinación, terminó de convencer a la mesa chica de que había que hacer ganar el Sí, porque el No los enterraría en la calle.

Había aceptado, con Jesús Rodríguez, Ricardo Alfonsín y Ricardo Gil Lavedra, la idea del productor Daniel Grinbank, de registrar cuatro videos a favor del Sí. Hubo chispazos cuando algún espontáneo del entorno íntimo, como Fabián Rodríguez Simón operó en el mismo sentido en medio de la sesión. Massot, adalid del No, trinó con un telefonazo a Olivos para desautorizar al abogado, que niega toda actuación. Ni blanco ni negro, responde. “Sólo verde… y amarillo”. Estos gestos también distrajeron a la oposición. Según Macri, el voto de los diputados pampeanos por el Sí fue con la idea de perjudicar al Gobierno.

Vieron que el ala más rancia del PRO –Macri, Larreta, Vidal, Stanley, Esteban Bullrich, Massot, Tonelli, además de Carrió–, estaba en contra y les convenía contrariarla. Macri no termina de entenderlo, y por eso les dijo a Polledo y compañía: “Verna es un tipo muy complicado”.

El sector del No de Diputados sigue en guardia pasiva: juntaron voluntades y se reunieron el jueves por la noche en el Círculo de Legisladores, con Carrió en la cabecera. Ella fue después de avisarle a Macri que acompañaría “a quienes votaron y van a votar en contra de la ley, y que recibieron tantas presiones que van a respaldar a aquellos que no dejaron que les quiebren la voluntad”.

La jefa de la Coalición entiende que ésta es una prueba del liderazgo de Macri en momentos dramáticos. Por eso dedicó su larga charla con los presentes a explicar la necesidad de apoyar y respaldar al Presidente. Era una cena convocada para hablar del aborto, pero Lilita eludió el fondo del debate, para centrarlo en algo que cree es más importante. Que no divida a Cambiemos ni se resienta el liderazgo de Macri. Estuvieron la mayoría de los votantes por el No a la despenalización, de Polledo a Massot, pasando por Campagnoli, Pedro Torello. Javier Campos, Jorge Enríquez y muchos más hasta el número de 20.

Ignacio Zuleta

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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