Martes, 10 Julio 2018 00:00

La vuelta de Cristina: posible pero poco probable - Por Sergio Berensztein

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El escenario político argentino podría tener guardada una sorpresa, aunque de por sí es bastante lejana.

 

La historia no produce leyes irrevocables, pero suele sugerir algunas lecciones, darnos idea de ciertas regularidades y, sobre todo, proveer al menos algunas claves para comprender mejor la naturaleza de nuestros interrogantes más incómodos. En particular, si se trata de acotar aunque sea parcialmente la incertidumbre que genera un presente siempre turbulento y a menudo caprichoso, la experiencia histórica nos permite aunque sea acercarnos con un algún rango de certeza a definir categorías o escenarios con algún grado de probabilidad.

Con prudencia, sin forzar los datos ni caer en el riesgo del anacronismo, podemos recurrir al pasado para enriquecer nuestra reflexión sobre el desarrollo político en el futuro cercano. A un año de que entremos de lleno en el proceso electoral que desembocará en la elección presidencial, ¿cuáles son las chances efectivas de que Cristina Kirchner puede recuperarse y volver al poder?

Adelanto mi conclusión: dadas las circunstancias actuales (fragmentación del peronismo, inexistencia de candidaturas competitivas en ese espacio, potencial dificultad para organizar una plataforma o estructura organizacional con capacidad logística y bien financiada, probada capacidad del equipo de comunicación y campañas electorales de Cambiamos, como argumenté en mi última columna), no parecen muchas las chances de Cristina de convertirse en una candidata realmente competitiva de cada a las elecciones del año son próximo.

Es posible que la exmandataria pueda, quiera y hasta deba competir, para mantener algún espacio de poder y tratar de ese modo de influir, aunque sea indirectamente, en el duro derrotero que le espera en la justicia federal, no sólo a ella sino también a sus hijos. Pero dadas las circunstancias, a menos que la situación económica se deteriore muchísimo y entremos en un ciclo de turbulencias con amenazas a la gobernabilidad, el escenario electoral para el kirchnerismo aparece por ahora sumamente complejo.

Algunas lecciones de la historia

Solamente tres presidentes en toda la historia de nuestro país fueron capaces de volver al sillón de Rivadavia por el voto popular luego de haber abandonado el poder. Se trata, nada menos, que de Julio Argentino Roca (terminó su primer mandato en 1886, regreso doce años más tarde), Hipólito Yirigoyen (en 1928, había finalizado su gestión en seis años antes) y Juan Domingo Perón (en 1973, luego de su largo exilio). Comparten un elemento muy importante en común: fueron los líderes indiscutidos y predominantes de sus respectivas fuerzas políticas. Su influencia en la vida pública nacional perduró por generaciones y de hecho continúa hasta nuestros días.

Ningún otro presidente logró un hito similar. Ciertamente, hemos tenido tres casos de reelección consecutiva (Perón en 1951, Menem en 1995 y la propia Cristina en 2011), en los dos primeros casos luego de haber reformado la Constitución para precisamente habilitar sus reelecciones, entre otras modificaciones a la Carta Magna. Pero regresar al poder luego de haberlo abandonado parece un desafío realmente mayúsculo.

En los tres casos mencionados, estaban en el poder los partidos políticos a los que pertenecían sus líderes. Es decir, eran “incumbentes” que contaban con las facilidades de que sus propias fuerzas manejaban los recursos del Estado, incluyendo la administración del proceso electoral. No hay ningún caso en toda la historia argentina de un expresidente que, desde el llano, haya logrado regresar al poder con otro partido político manejando los destinos de la nación.

Desde 1983, cuando recuperamos a la democracia, hasta la fecha, hemos tenido varios intentos de expresidentes de volver a competir por el poder. Su suerte, sin embargo, ha sido más bien escasa. Raúl Alfonsín fue electo senador por la minoría en las elecciones de octubre del 2001, recordadas por el “voto bronca” previo al “que se vayan todos” de diciembre de ese año, con el colapso de la Alianza. Renunció a ese cargo poco tiempo después. Carlos Menem intentó volver a la presidencia en el 2003, luego de la gran crisis (mal antecedente para los que creen que las turbulencias económicas y políticas amplifican las chances de CFK), pero renunció al balotaje para evitar una seguro derrota frente a Néstor Kirchner. Luego logró ingresar también al senado, aunque no tuvo suerte como candidato a gobernador por su provincia.

Adolfo Rodríguez Saá fue presidente sólo unos días, designado por la Asamblea Legislativa luego de la renuncia de Fernando De la Rúa. También logró ingresar al senado, pero ni él ni su hermano tuvieron suerte alguna cada vez que intentaron competir por la presidencia de la Nación, como si la marca “Rodríguez Saá” hubiese quedado desacreditada. Eduardo Duhalde, su sucesor, también fue un frustrado candidato a presidente en el 2011, cuando CFK logró un volumen récord de votos y sostuvo su mandato. Hasta Néstor Kirchner perdió la elección del 2009 como candidato a diputado por la provincia de Buenos Aires frente a Francisco de Narváez, a pesar de haber dejado apenas dos años antes la presidencia con niveles de apoyo muy considerables, y de haber impulsado un lista con las denominadas “candidaturas testimoniales” con líderes muy conocidos como Daniel Scioli (por entonces, gobernador de la Provincia de Buenos Aires) y Sergio Massa (en la época, un popular intendente de Tigre con proyección nacional por su paso previo por el ANSES). Nótese que en los casos de Alfonsín y Kirchner, sus partidos estaban en el poder, y ni aun así pudieron ganar sus respectivas elecciones.

Esta maldición que parece acompañar a los presidentes en materia electoral se confirma con lo ocurrido el año pasado. En efecto, CFK solo fue capaz de lograr la minoría en su intento de llegar al senado de la nación, como en su momento había ocurrido con Alfonsín, aunque sin las ventajas de correr con su partido en el gobierno. De hecho, había roto incluso con el PJ para crear su propia fuerza, Unidad Ciudadana. Fragmentar a la oposición sólo le facilitó el triunfo a Cambiemos que, con las candidaturas de Esteban Bullrich y Gladys González, consolidó el liderazgo de la gobernadora María Eugenia Vidal.

De este modo, Cristina culminó un recorrido bastante frustrante en materia de comicios jugando de local: fue su tercer derrota consecutiva (en el 2013, frente a Sergio Massa y su Frente Renovador, sepultando sus ambiciones de reformar la constitución nacional para volver a ser electa; y en el 2015, frente a la propia Vidal, lo que implicó perder en un distrito que le hubiese permitido a su estructura personal, la Cámpora, resistir una eventual derrota de Scioli ante Macri, como finalmente ocurrió). Peor: fue su cuarta derrota en las últimas cinco elecciones, si se tiene en cuenta la ya mencionada elección del 2009. Recordemos que la del 2011 fue una elección muy especial: luego de la muerte de Néstor Kirchner, Cristina había logrado generar una singular ola de empatía en amplios sectores ajenos a su base electoral; la economía se venía recuperando fuertemente luego de la crisis del 2008-2009, gracias a los precios de los commodities; y la oposición fue totalmente fragmentada y algunos líderes competitivos, como el propio Mauricio Macri, se preservaron para competir en un entorno menos complicado. Teniendo en cuenta que se era naturalmente la candidata incumbente, se trata de un contexto claramente irrepetible.

A modo de conclusión

¿Implica esto que la suerte de Cristina está echada? De ningún modo: la historia no nos permite definir leyes irrevocables, sino extrapolar lecciones que enriquecen nuestro análisis. Indudablemente, el desgaste a los que están sometidos los presidentes es enorme. Tienen mucho poder cuando ocupan la presidencia, pero poco y nada cuando la abandonan. Naturalmente, todo depende de lo que ocurra con la economía y la política en los próximos meses. Si la crisis se agudiza y Cambiemos pierde poder, si una masa crítica de votantes independientes se aleja de la propuesta oficialista y busca alternativas, entonces las chances de CFK pueden mejorar. Corre el riesgo, sin embargo, de sufrir el mismo síndrome que aquejó a Menem en el 2003: tener un piso interesante de votos, pero un techo muy bajo. Hasta ahora, es lo que insinúan los sondeos de opinión pública.

Si este análisis no está equivocado, puede que el gobierno esté curiosamente en problemas. En efecto, a Macri y sus estrategas les conviene alentar el fantasma del retorno del kirchnerismo para polarizar el electorado y repetir la exitosa fórmula ya probada en las dos últimas elecciones. Si esa posibilidad se diluye, si el potencial regreso de Cristina no es un acontecimiento de alta probabilidad, el gobierno pierde entonces un argumento sumamente atractivo y otras opciones más moderadas pueden entonces ganar algún espacio en la opinión pública.

Es el transcurso del próximo año, que es poco y mucho tiempo para una elección, tendremos la posibilidad de ir analizando el recurrir de una historia que está por ser escrita. El pasado ayuda a entender el presente, imaginar también escenarios futuros. Pero de ninguna manera podemos responder todos los interrogantes.

Entramos en la etapa de definiciones. Promete ser apasionante.

Sergio Berensztein

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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