Viernes, 27 Julio 2018 00:00

Un rosario grave de problemas llevó a Macri a asumir la pelea cuerpo a cuerpo - Por Hugo Grimaldi

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Mientras puertas adentro del Gobierno se debate si hay que enfriar la economía cuanto antes para que la recuperación que eventualmente se genere aparezca más temprano en 2019, es más que evidente que, si bien desde hace varios meses las encuestas marcan una pronunciada caída en la imagen de las primeras espadas de Cambiemos, si la pregunta se refiere a la sucesión presidencial en oposición al modelo actual, la preferencia de la gente se hace más pensada.

 

En ese sentido, Mauricio Macri hoy luce un activo más que importante a la hora de evaluarlo en la balanza de los eventuales candidatos: un cierto y novedoso halo de peleador que, quizás porque no le quedaba más remedio para salvar las papas, se ha sabido ganar en los últimos meses.

Pese a que pierde muy seguido el centro del ring, ya que en el pasado se ha equivocado mucho y aún titubea demasiado, si hay algo que no se le puede achacar al Presidente a esta altura de la velada es que ha bajado los brazos. A veces pelea bastante bien y en otras no tanto, pero esto tiene que ver con el devenir de los problemas. Sin embargo, lo que aún desorienta mucho a propios y a extraños es que en ciertas ocasiones y de modo inexplicable, el Gobierno opera muy mal y comunica peor, por lo que la de Macri parece una lucha casi en solitario.

Sobre los evidentes traspiés del Gobierno se suele hablar de mala praxis o de errores no forzados que, traducido a términos boxísticos, sería como a apelar a cubrirse el estómago cuando el gancho del rival viaja rumbo al mentón. Igualmente, en esta historia de seguir prendido en el cuerpo a cuerpo, pese a los mamporros que recibe a diario, es obvio que el Presidente sobresale bastante porque aprendió a dar el paso atrás con el puño extendido para salir en contragolpe, actitud más que efectiva sobre todo si se la compara con el tirar la toalla observado en otras declinaciones presidenciales (como Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Carlos Menem, Eduardo Duhalde).

Lo notorio es que, aún a su estilo y algo tarde para el gusto de muchos, Macri se muestra a diario a veces algo light como en la última conferencia de prensa, pero otras veces mucho mejor, como sucedió en su discurso en la Bolsa de Comercio en el que dijo que el ajuste lo tiene que hacer el Estado y no los privados.

Todos los días se observa al Presidente francamente activo y la percepción es que en este visible afán de ir al frente, ha surgido, quizás por obligación, la necesidad de apuntalar explícitamente una vocación política que hasta ahora lucía bastante dormida. Probablemente, él está modelando una nueva imagen que, para los analistas, todavía le puede llegar a brindar ante la opinión pública ciertas chanches de recuperación personal.

Y pese a que tiene abiertos aún varios pesados frentes de discusión y de probable desgaste, está más que claro que, ante la adversidad, el Presidente le está peleando de todas las formas posibles a temas muy calientes que lo cercan a diario, como por ejemplo el manejo de la mismísima crisis, su responsabilidad en el armado de un andamiaje macroeconómico equivocado (o al menos endeble) y los políticamente amargos remedios que ahora eligió para remontar la cuesta. En este punto, es probable que nunca se sepa del todo, pero más allá de las necesidades objetivas de financiamiento que había provocado el endeudamiento del Tesoro y el stock de LEBAC del Banco Central, más la sequía, habrá que ver si la decisión de acudir al FMI sin avisar siquiera, algo que según una fuente gubernamental puso de muy mal humor al staff del Fondo, no tuvo que ver sólo con la obligación de conseguir dólares para parar la corrida, sino con la necesidad política de echarle la culpa a alguien para hacer de una vez lo que tenía que haber sido encarado mucho antes, cuando la luna de miel lo permitía. El propio Macri, más ponderado puertas afuera del país por su decisión de integrarse al mundo que adentro, debió destrabar ese primer inconveniente y jugar cartas políticas para sacar en tiempo récord un acuerdo más que especial.

También en el cuerpo a cuerpo hay que sumar aquellos golpes bien lógicos que le llegan al Gobierno desde la oposición más responsable, aquella que hace su trabajo dentro de las reglas de juego democráticas, pero también los otros golpes que recibe a diario de parte de quienes, pese a la notoria hipocresía que exhiben a la hora de no contabilizar sus propios fracasos anteriores o sus eventuales turbios manejos, le buscan siempre el pelo a la leche y mucho más cuando se la dejan servida.

Así, para la calle bastante menos, pero sí para el Círculo Rojo y para los medios, algunos agitados por denuncias de esos mismos personajes carentes de autoridad moral para sentenciar y otras veces enredados en evidentes fiascos a la hora de analizar de un modo serio y comprensible las situaciones económicas para evitar que lectores, escuchas y televidentes tomen decisiones equivocadas, el cambio de golpes de estos meses ha puesto simultáneamente al Gobierno frente a varios pesos-pesado, muchos con manejo de la calle: la CGT, los gremios más a la izquierda y el propio Hugo Moyano, las organizaciones sociales y la propia Iglesia.

En el cuadrilátero se vienen entrecruzando entonces los temas que el Gobierno pilotea como puede, más allá de tratar de desinstalar el cuco del Fondo Monetario: hacer ceder la inflación, evitar la volatilidad cambiaria, ejecutar el imprescindible ajuste de las cuentas públicas con el menor costo social posible, armar otro sendero de adecuación de tarifas que equilibre los bolsillos y vaya reduciendo subsidios sin frenar las inversiones, desarmar el stock de LEBAC, contener el pasaje a precios de la devaluación, hacer que bajen las tasas de interés, vigilar la endeble situación de las pyme y un eventual corte de la cadena de pagos, sobre todo negociar con los gobernadores el Presupuesto del año próximo, encarar cierta reapertura de las paritarias y ver cómo puede hacer para dinamizar el comercio exterior.

A todo esto, se le suman las varias aristas que tiene el proceso de legalización del aborto, incluida la tensa relación con el papa Francisco, el haber decretado la presencia militar en tareas internas, un tema de alta sensibilidad que es aprovechado políticamente con muchas exageraciones y sobre todo la vergüenza o decepción que muchos simpatizantes de Cambiemos sienten hacia una fuerza que llegó para variar las cosas de raíz y que ha instrumentado por izquierda aportes truchos de campaña. Por hache o por be son todos ejes en los que el Gobierno ha quedado expuesto y el último resultó ser una dulzura para quienes le tiran piñas a Macri y apuestan a su desgaste, sobre todo porque la bola de nieve arrastra a María Eugenia Vidal.

En todo este paquete de problemas que llegan en aluvión está también el flanco de la contracción de la economía sobre el que el Gobierno necesita operar porque generalmente los comicios se suelen ganar con mejor nivel de consumo y atraso cambiario. En todo caso, las presidenciales del año próximo será una prueba de fuego para las convicciones que muestra ahora Macri, ya que deberá librar batalla con el ala más pragmática (y por lo tanto más populista) de su gobierno y aún con sus socios en Cambiemos. De allí, la pretensión que gana terreno dentro del Gobierno: que la recesión se sienta mucho más en este tercer trimestre para que la cosa comience a levantar hacia fines de año y para que 2019 muestre recuperación a la hora de la campaña electoral.

En la misma línea, el economista Carlos Rodríguez acaba de señalar en Twitter que "al Gobierno le conviene que la recesión sea ahora, ya mismo" porque antes de las elecciones "podrá mostrar un fuerte repunte de la actividad". Otro economista, que trabaja dentro del Gobierno y que no invalida el sendero de mejora rumbo a octubre del año que viene, no es tan drástico: "el frío durará tres trimestres y recién se notará una leve recuperación a partir de marzo del año próximo", opina. Por último, un tercer profesional, Jorge Ingaramo cree que la recuperación vendrá el año que viene, entre otras cosas, de la mano del campo: "de acá a fin de año será negativo y luego habrá que salir de la mala onda sobre todo para mejorar la recaudación. 2019 se avizora como un año Niño, un año llovedor", predice.

Si todo esto pasa y el peronismo no encuentra un candidato que aglutine y sigue dividido, la cátedra de los analistas políticos piensa que este Macri, éste que surge de la versión de plantarse en el centro del ring para revalorizar casi como ningún otro en su gobierno el camino a seguir, podría ser reelecto. Es algo provisorio, desde ya y lleno de hipótesis todavía, pero como decía uno de ellos ayer: "sobre todo si (Jaime) Durán Barba consigue todas las semanas un (Luis) D’Elía que pida fusilar al Presidente en la Plaza de Mayo".

Hugo Grimaldi

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