Viernes, 17 Agosto 2018 00:00

El cambio de Macri entre Larreta y Quintana - Por Ignacio Fidanza

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Macri analiza un cambio de gabinete y se debate abrirlo al peronismo y sumar a Larreta o cerrarlo aún más sobre Marcos.

 

Decir que el presidente enfrenta el momento más crítico de su Gobierno no tiene mucho sentido porque es una frase que aplica a cualquier período que se elija desde que estalló el experimento gradualista. Pero es lo que ocurre.

Las distintas crisis se acumulan como libros en la mesita de luz porque la raíz de la falla es la misma: El diseño de la estructura de control del proceso político que adoptó Macri, que pese a maniobras de distracción permanece intacto. Todo el poder a la Jefatura de Gabinete que conduce Marcos Peña.

Cuando el gradualismo firmó su rendición incondicional ante el FMI, en el mercado y buena parte del establishment se pensó que la consecuencia lógica era la remoción de los ideólogos de esa experiencia. Nicolás "Nicky" Caputo iba a recuperar el control del proceso y Macri volvía a un esquema más práctico y menos mediático de gestión, con acuerdo con el peronismo racional para instrumentar el ajuste. Nada de eso ocurrió. Fue un amague. Y Wall Street respondió como lo hace, le subió la tasa al 10% y se disparó el riesgo país.

Macri se quedó sin financiamiento y acá estamos, debatiéndonos que es peor: Si dejar que se dispare el dólar y se espiralice la inflación o si quemamos reservas y nos asomamos al precipicio del default.

No es una manera muy sana de vivir, por más entrenados que estemos los argentinos en transitar la incertidumbre.

Cuando cayó el gradualismo, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal le propusieron a Macri el traslado de Marcos Peña a la Cancillería, el despido de Quintana y Lopetegui, la reducción del gabinete a una franja en torno a las ocho carteras y el acuerdo con el peronismo. Macri, enojado, rechazó ese plan que vive como una impugnación a su liderazgo.

Macri resiste el ingreso de Larreta a su gabinete porque lo vive como un fracaso personal. Quintana ministro de Hacienda sería la expresión de un cambio que profundice la concentración en Marcos, pero enfrenta la resistencia de la política.

Pero como la crisis no se atenuó sino que se profundiza, esa propuesta inició una conversación no explicitada que permanece abierta y tiene picos intermitentes, en los que se analiza el pase del alcalde porteño a la Jefatura de Gabinete. Esta semana el debate se encendió con fuerza y se habla de un posible cambio de ministros en los próximos días.

Hace un mes, Macri y Larreta lo conversaron de manera directa y el presidente se cerró en la defensa de Peña. Macri cree que el ingreso de su ex jefe de Gabinete en la Ciudad sería un triple fracaso: Porque tuvo que entregar a su protegido, porque el salvador del país -si tiene éxito- sería su antiguo subordinado y porque en definitiva quedaría impugnada su conducción.

Larreta tampoco vive esta situación como un reconocimiento, sino como lo que es: Un riesgo inmenso para su proyecto político que apunta -en algún momento- a disputar electoralmente la Presidencia.

Por eso, como Macri y Larreta -por razones distintas- resisten la piedra de toque de este cambio, empiezan a surgir las clásicas soluciones de compromiso que viene ensayando el PRO desde que se quedó sin rumbo. Las opciones van desde mantener a Peña como jefe de Gabinete pero sin el sistema de auditoría de los vicejefes y designar un ministro de Economía de verdad; hasta dejar todo como está y cambiar a Nicolás Dujovne por uno incluso más puro: Mario Quintana.

Emilio Monzó aprovechó el río revuelto para resucitar su viejo sueño de un acuerdo con el peronismo de los gobernadores, que incluya incorporar a algunos de sus hombres en el gabinete. Roberto Lavagna y Miguel Peirano son las expresiones de esa idea. Difícil que acepten sumarse bajo este programa de acuerdo con el FMI y ajuste duro. Difícil también que acepte Macri. Pero si el ajuste en marcha se traba por la oposición de los gobernadores, la opción de Quintana se desmorona. "Si los gobernadores se plantan hay que buscar volumen político, eso es Larreta", explica una persona que está al tanto de las negociaciones.

El problema es que en estos casos de crisis lo simple suele ser enemigo de lo cómodo. Larreta por Peña es una señal clara. Otras opciones intermedias pueden funcionar o no, pero Macri se está quedando sin un recurso necesario para la experimentación: Tiempo. "El momento del cambio es ahora, si no esto nos puede llevar puestos a todos", teoriza un actor del poder permanente.

Al rescate de la obra pública

Transitado el insensato entusiasmo inicial, el Gobierno terminó de entender que el caso de los cuadernos era un tiburón que le mordía el bote inflable después del naufragio. Descontada la recesión brava que se viene y el freno a cero de la obra pública, Macri apostaba a las PPP para mostrar en su último año un shock de mejora en la infraestructura vial. Hoy ese sueño está sometido a la terapia de electroshock que aplica el juez Bonadio a golpe de arrepentidos.

Por eso, tenemos desde la gestión dos urgencias: Estabilizar el tipo de cambio y salvar lo que se pueda del programa de obras públicas financiadas por privados.

Como explicó LPO, la sucesión de arrepentimientos de los zares de la construcción los ubica como confesos del delito de cohecho en contradicción con el decreto 1023 de contrataciones del Estado. Si se aplicara de manera estricta esa norma, a todos los procesados por corrupción deberían darlos de baja de las obras en marcha, no adjudicarles ninguna nueva y sacarlos de las concesiones.

Roggio es un buen ejemplo porque concentra las tres situaciones. Este empresario, uno de los pocos que respeta Macri, debería perder la concesión del Subte, el contrato de USD 500 millones de la obra del Salado y habría que darlo de baja de obras en marcha como la construcción del viaducto elevado del Mitre. Y es apenas un caso.

"No hay país posible sin empresas", repiten en la Casa Rosada. Es una trampa. La verdadera pregunta que se hacen es: ¿Con qué empresas seguimos?

Para ponerlo claro: El menú que trabaja el Gobierno va desde forzar la venta de las empresas locales manchadas por los cuadernos a jugadores internacionales -un viejo sueño del Presidente-; hasta forzar la renuncia de todos los directivos involucrados y llegado el caso incluso algún accionista.

Esto irá acompañado de multas fuertes -pero que no provoquen la quiebra-, la posible designación de veedores del Estado en las compañías complicadas y la firma obligatoria de un nuevo manual de procedimientos que garantice la integridad de la compañía.

Pero la estrategia de rescate tiene toda la discrecionalidad espléndida que ofrece la política. Hay ballenas azules como Techint que son un caso en sí mismo. Demasiado grandes para caer, se verá que parte del menú se les aplica. Otras de mediano porte acaso sean candidatas a la venta y algunas más pequeñas o precarias se quedarán en el camino.

¿Cuál será la norma general que guíe este proceso? Ninguna. Pura política. En una mesa los bancos que financian, las empresas locales y sus socios internacionales y los funcionarios. A trabajar para mantener el negocio vivo. Caso por caso.

En el medio, la crisis financiera hace todo más difícil. Porque con la tasa del 10% en dólares que se le cobra a la Argentina, los rendimientos del PPP cuando se le mete el costo financiero e impositivo, quedaron cortos. Es una oportunidad para China que subsidia los créditos de sus empresas, que también aparece al rescate ofreciendo al Central otro swap de monedas. Y así el modelo anglosajón, refinado y global que soñó Macri, termina luego de un largo paseo retórico, en los brazos del capitalismo de Estado que encandiló a su antecesora. La historia, se sabe, avanza forzando paradojas.

Ignacio Fidanza

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