Domingo, 02 Septiembre 2018 00:00

La encrucijada de Macri - Por Eduardo van der Kooy

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¿Incidiría en algo el alejamiento de Marcos Peña? Improbable. Tampoco figura en el menú del Presidente.

 

María Eugenia Vidal estaba el miércoles pasado de recorrida en Rojas, localidad del noroeste bonaerense. Un asesor se acercó para informarle: “Está hablando Macri (Mauricio)”. La gobernadora preguntó con extrañeza “¿dónde?”. Quiso conectar con el mensaje presidencial. Pero había concluido. Apenas un minuto y cuarenta segundos para comunicar que el Fondo Monetario Internacional (FMI) podría anticipar desembolsos para mitigar la tormenta. Que es, en verdad, una enorme crisis. Los desvelos de Vidal no concluyeron allí. Pretendió todo ese día comunicarse con los hombres del entorno cotidiano del Presidente. No lo logró.

Horacio Rodríguez Larreta andaba de reuniones entre La Usina, en la Boca, y el Parque Olímpico en Villa Soldati. Le sucedió, con matices, algo similar a la gobernadora de Buenos Aires. Sorpresa por las palabras breves de Macri. El jefe porteño supuso que llegarían enseguida, a modo de refuerzo, otras decisiones que apuntalarían la jugada. Pero hubo un desacople temporal entre la tardía aparición de Nicolás Dujovne, el ministro de Hacienda y Finanzas, y el comunicado del FMI que avaló, con nuevas condiciones, aquellos anuncios de Macri.

Ambos episodios podrían estar ilustrando bastante más que un simple anecdotario. Trasuntarían el grado de encierro que persiste en el sistema de decisiones instrumentado por Macri, aún en instancias muy críticas como las presentes. Vidal es la figura más popular que exhibe Cambiemos y la política nacional. Rodríguez Larreta administra con buena ponderación el segundo distrito en importancia del país. Pero en el oído presidencial siguen tallando otras voces.

La crisis financiera y económica castiga. Una receta anterior, el gradualismo, fracasó. La escalada loca del dólar resulta apenas uno de sus reflejos. Existen otros factores que estarían colaborando con su agravamiento. La confianza de los mercados hacia el Gobierno asoma muy dañada. La confianza doméstica también empieza a afectarse pese a señales ambivalentes. La demanda minorista de dólares creció del millón casi histórico a 1.400.000. La gente abandona el peso para resguardarse. Sin embargo, los depósitos en dólares desde el arranque de la crisis aumentaron en los bancos en US$ 1.600 millones. Las homéricas tasas de interés, que el Central clavó en 60% para intentar coagular la sangría, serían una parte de la explicación. Aunque no toda.

La crisis podría fundamentarse a trazo grueso en tres razones. Una de ellas, la desastrosa herencia kirchnerista, ya lejana. Las otras obedecerían a malos diagnósticos del Gobierno y a errores de praxis. Macri pretendió construir su gestión, de una objetiva debilidad de origen, apelando a la contracara que había practicado Cristina Fernández. Una rápida apertura al mundo en lugar del aislamiento. Un sinceramiento de variables económicas que, según el mismo catecismo, se produciría con naturalidad por las implicancias del acercamiento a los mercados. Los mismos mercados que desde fines de abril le vienen cantando jaque mate.

Paradojalmente, el cimbronazo comenzó a gestarse cuando el Gobierno había sorteado con éxito su primer examen –las legislativas del 2017-- y acumulado dosis de fortaleza política. ¿Por qué pudo ocurrir así? Pueden aventurarse tres hipótesis: la tesis gradualista del primer año y medio fue una fórmula eficaz puertas adentro de la Argentina. Cambiemos alcanzó picos de popularidad. En el universo financiero no sucedió lo mismo porque nunca pudo registrarse la lluvia de inversiones que augurara un potente futuro económico. Además, porque el Gobierno debió recurrir a un alto endeudamiento para continuar funcionando con deficiencias estructurales que la economía arrastra hace décadas. Nacieron las dudas sobre su capacidad de pago. Existió en ese tránsito otra novedad: la rotación de las reglas del juego comercial en el planeta. En especial, desde que Donald Trump desembarcó en la Casa Blanca.

Frente a las dificultades y la encrucijada, el Gobierno repitió los mismos actos. Prefirió rastrear en el mundo una tabla salvadora sin reparar en la política local. ¿Tenía otra posibilidad? A esa altura probablemente no. La asistencia del FMI, ahora está a la vista más que nunca, respondió a la necesidad de espantar la especulación de los mercados sobre la chance de cesación de pagos. Nada más. Ni una reposición del gradualismo, como insinuó Macri cuando celebró el blindaje, ni un incentivo para reanimar la alicaída economía. El shock de confianza quedó varado en la promesa.

Basta para entenderlo con repasar los objetivos básicos que se persiguieron con el pacto con el FMI. En primer término, la baja del riesgo país, veneno para la atracción de inversiones. Tal índice en vez de bajar ha trepado. En segundo término, anclar en alguna estación la paridad cambiaria. En apenas poco más de dos meses el dólar se disparó un 40%. En tercer término, frenar la salida de divisas. Desde que empezó la crisis el Banco Central lleva vendidos cerca de US$ 24 mil millones. Dos tercios durante la gestión de Federico Sturzenegger.

En todo ese camino pedregoso abundaron ejemplos de la mala praxis. El Presidente comunicó el 8 de mayo la idea del salvataje del FMI luego de un diálogo con su titular, Christine Lagarde. El acuerdo se rubricó recién el 11 de junio. En el interín, por la incertidumbre, el peso se devaluó el 36,5%. Esta semana se repitió el ejercicio. Macri comunicó el anticipo de desembolsos del FMI para cubrir los vencimientos hasta el final de su mandato. El organismo se mostró permeable aunque su staff burocrático debe todavía aprobarlo. De nuevo la misma historia: en cinco días la moneda estadounidense pasó de 31,61 a $ 39,80.

El desajuste político sonó incomprensible. Aunque habrá que aceptar que, en términos políticos, el FMI parece mostrarse con una flexibilidad desconocida en otros tiempos. Alcanza con refrescar cuando le cerró los grifos al gobierno de Fernando de la Rúa y precipitó su derrumbe. Este FMI y, sobre todo, los países que lo sostienen demuestran interés para que Macri pueda zafar del barrial. Porque encarna, al menos en la intención, un modelo bien mirado por Occidente en una región donde perduran Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Cristina como principal referencia opositora en la Argentina. También inquieta mucho Brasil, con Lula en prisión y electoralmente inhabilitado para octubre.

El Gobierno apuesta ahora a dos cartas. La nueva facilidad del FMI y la aprobación del Presupuesto. Supone que constituirían el bálsamo definitivo para los mercados. Para eso falta un buen tramo. El Presupuesto recién comenzará a considerarse en el Congreso a mediados de este mes. También se computa el viaje de Macri a la ONU para mediados de septiembre, cuya misión será transmitir seguridades a los inversores. Se verá si puede.

La negociación de aquel Presupuesto tampoco podrá dirimirse dentro del clima que imperó hasta ahora. Porque la oposición peronista olfatea que en las últimas semanas el Gobierno ha recibido una andanada de golpes. El peronismo dialoguista se anima a hablar de contrapropuestas para sugerirle al FMI. Así y todo, sus políticos prominentes mantienen el espíritu de colaboración. Miguel Angel Pichetto sostiene la línea con los gobernadores del PJ. Juan Schiaretti, José Manuel Urtubey, Carlos Verna y Juan Manzur llevan la voz cantante. Sergio Massa estuvo con ellos y asoma dispuesto. Pero aguardan el guiño ordenador del poder.

La crisis desnuda de nuevo la orfandad política del Gobierno, al margen de la sintonía que conserva con los socios de Cambiemos. Suceden a veces cosas difíciles de explicar. Que hacen aflorar aquellas carencias. Hay un prolongado conflicto con las universidades nacionales que nadie atina a cerrar. Está convocada para el 24 de septiembre una huelga de la Confederación General del Trabajo (CGT). Se sumará a otra de 48 horas decretada por la CTA kirchnerista. El macrismo no viene teniendo en cuenta a esos actores y porque vive pendiente de los mercados. Hubo a propósito un retrato elocuente: la última vez que la misión del FMI estuvo en la Argentina mantuvo una reunión con el triunvirato cegetista. Para discutir límites del ajuste y la asistencia social. El Gobierno resultó espectador.

Nadie, con certeza, conoce por dónde estaría el escape a la emergencia. Quizá no exista tal escape sino apenas una salida progresiva si es que convergen tres vectores clave: la pericia del Gobierno, el compromiso de alguna dirigencia opositora y un paciente acompañamiento social. En el Gobierno se observan líneas diferenciadas: Vidal, Rodríguez Larreta y Rogelio Frigerio insisten con la necesidad de un acuerdo político que exceda el Presupuesto. Para darle mayor tiempo y soporte a la búsqueda de la solución. El radicalismo acompaña. Pero Macri supone que la oposición rehuye porque fijó sus intereses sólo en el próximo año electoral.

Tampoco se alcanza a calibrar la utilidad de otros gestos demandados para aplacar la crisis. ¿Incidiría en algo la supuesta separación de Marcos Peña? Improbable. Tampoco figura en el menú de Macri. Dujovne y Luis Caputo, titular del Banco Central, son los funcionarios que llevan la negociación con el FMI. Ahora inamovibles. En lo inmediato habrá recorte de carteras, aunque ninguna clave. El reseteo integral del equipo se abordará tal vez cuando haya pasado el terremoto.

La crisis, que sería infinitamente mejor no padecerla, abre pese a todo un abanico para repensar muchas cosas. El Gobierno incurriría en un pecado si no se diera cuenta.

Eduardo van der Kooy

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