Jueves, 18 Octubre 2018 00:00

Lilita y Cristina mueven la estantería interna y lideran cada una su modelo - Por Hugo Grimaldi

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Diego Latorre lo dijo del vestuario de Boca Juniors allá por 1998 y la frase quedó. Con sus matices, el concepto le cabe por igual a la coalición de gobierno y al peronismo, conglomerados que podrían definirse como dos cabarets que hoy bailan exclusivamente al compás de la música que, desde el centro de la escena, seleccionan Elisa Carrió por la Coalición Cívica y Cristina Fernández por Unidad Ciudadana.

 

En medio de las desordenadas internas de ambos lados, lo que se observa con claridad es que, en esta etapa de posicionamiento, 2019 ya está a la vuelta de la esquina y que, en medio de una grave crisis que tiene a la gente de a pie, con la cabeza en otra cosa, las placas tectónicas que se mueven por debajo de ambos conglomerados de la política (Cambiemos y PJ) están buscando saber en qué cosa decantará la zaranda que han propuesto ambas referentes. Nadie se anima por ahora a hacerles sombra.

Las dos protagonistas principales, Lilita y Cristina, quienes se detestan y no desean compartir ni siquiera una fotografía casual, hicieron punta y se han convertido en las abanderadas de sus propias internas, poniendo a todos sus eventuales socios en disyuntivas fatales a la hora de plantear qué camino seguir. Más allá del odio que se profesan, lo paradójico es que nada de lo que ocurre por estas horas asegura que ellas dos finalmente estén dispuestas a aparecer como candidatas de peso en la contienda electoral.

Cristina sigue jugando al misterio y a Carrió le adjudican hoy, probablemente de modo interesado, alguna propensión a impulsar la candidatura de María Eugenia Vidal. No hay quien deje de pensar tampoco que todo lo que ocurre en la coalición gobernante es parte de un plan maestro ideado por los ideólogos de Cambiemos para jugar con el presidente Mauricio Macri al policía bueno y al policía malo y a la larga caer bien parados. En todo caso, si los ruidos que están metiendo ambas mujeres, cada una en su gallinero, sirve para generar competencia en futuras PASO, bienvenidos sean.

La pelea entre las dos referentes tiene como trasfondo el devenir de la Justicia, un poder que ha sido sometido casi siempre, fuera de las leyes, a presiones intolerables del poder político. Mientras la ex presidente se victimiza a diario por las innumerables causas que tiene, muchas de las cuáles involucran a sus hijos, y se queja a veces con razón que con trascendidos que la propia Justicia hace circular la prensa la deja mal parada ante la opinión pública por hacerla culpable antes de que se demuestre lo contrario en un juicio oral, la diputada tiene entre ceja y ceja la necesidad de que la otra mujer vaya presa de una vez y culpa a los operadores macristas de quererla mantener en libertad para que Cambiemos, como el agua y el aceite, tenga un rival deteriorado con quien polarizar.

En ese juego de tironeos por ver quién empuja a la Justicia para un lado y quien eventualmente la tuerce para el otro y acusaciones cruzadas de manipulación y presiones de operadores, Carrió se ha puesto en la vereda de enfrente del ministro de Justicia, Germán Garavano, a quien asocia con Daniel Angelici, Juan Bautista Mahiques y nada menos que con Ricardo Lorenzetti como cultores del siga-siga que propiciaría Jaime Durán Barba para tenerla a Cristina como rival en 2019. De su lado, pueden contarse al nuevo titular de la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz y también a tres abogados cercanos al Presidente, Fabián Pepín Rodríguez Simón y los funcionarios Pablo Clusellas y José Torello, todos más afines a que la Justicia avance en los tiempos que tenga que utilizar.

El posicionamiento de Carrió es hoy más institucional que económico, la lucha contra las corporaciones y las mafias. Y aunque en algunos temas (como en el costo de los servicios públicos) esgrime posturas bastante populistas, como las tienen también los radicales, nunca se ha negado a reconocer que la herencia K ha sido factor primordial de la actual crisis, desaguisado que luego el Gobierno contribuyó a complicar con los graves titubeos de sus dos primeros años de gobierno. La Casa Rosada se vio jaqueada además por la UCR, tras el blooper aparentemente inconsulto del área de Energía, en tiempos de negociaciones presupuestarias, que hubo que remendar de apuro para tener la futura ley de gastos y recursos en tiempo y forma, para mostrar ante el Fondo Monetario cierta coherencia de la clase dirigente.

Justamente, este tema es el que pone a la senadora Fernández a la cabeza de una movida para negar lo que el Gobierno está cocinando con sus ex compañeros del peronismo, quienes han demostrado, aunque todavía bastante en pañales, que quieren sumarse legislativamente a ciertas líneas en común. Desde la picardía, podría decirse que lo que están buscando los peronistas llamados "racionales" (gobernadores y el senador Miguel Angel Pichetto sobre todo) es que Macri pague todos los costos y que eventualmente el gobierno que les toque ejercer a ellos ya tenga el trabajo sucio resuelto. Por eso, se han callado bastante la boca, hasta que Cristina los sacudió durante el último fin de semana con un documento de La Cámpora y otras organizaciones que la apoyan.

El manifiesto, que habla de la "crisis terminal del neoliberalismo", plantea la ruptura con el FMI, la eliminación de la figura del "arrepentido", la vuelta a la Ley de Medios, más rebajas en las tarifas de servicios públicos y la imposición de retenciones e impuestos a la renta financiera, sobre todo a bienes derivados del blanqueo, la reapertura de paritarias libre y sin techo, la reincorporación de los despedidos del sector público, etc. Una vuelta al pasado, corregida y aumentada, que pretende sumar adhesiones de mucha gente que está genuinamente disconforme con el gobierno actual.

Dicho listado de medidas no fue avalado por ningún otro peronista y esa dispersión se notó en los actos del 17 de octubre. El no kirchnerismo en su conjunto se ha quedado pegado a formas que seguramente no comparte pero que aún no se anima a negar con mayor énfasis, ya que sabe que necesita los votos de CFK para figurar. Distinto fue el caso de Sergio Massa, quien en los Estados Unidos habló de renegociar con el FMI, probablemente para ver si podía salir del atolladero en que se metió cuando denostó las exportaciones agropecuarias, tema que más de un enojo causó entre los gobernadores de provincias de ese carácter, eventuales aliados suyos hacia el futuro.

Más allá de la cuestión de la Justicia y pese a algunas coincidencias ideológicas en la receta económica, el claro posicionamiento interno de Carrió y Fernández, con la mirada puesta hacia el año próximo, busca mostrar caminos alternativos de salida a la situación, a partir de puntos de partida bien diferentes que cada una busca imponer a sus eventuales socios: ¿Economía o institucionalidad? ¿Más de lo mismo? ¿Inflación eterna? ¿Más o menos Estado? ¿Libertad o cepos? ¿Ahogo tributario a la iniciativa privada? ¿Naturalización de la corrupción? ¿Un Jair Bolsonaro quizás?

Para despejar esta última incógnita, que a muchos tiene buscando un símil local, por ahora parece estar claro que, por antecedentes o similitudes, no hay todavía en el horizonte de la Argentina una personalidad capaz de poner arriba de la mesa las shockeantes definiciones del casi seguro próximo presidente de Brasil. Por sus declaraciones sobre los inmigrantes de países limítrofes algunos miran a Pichetto y otros piensan en personajes bastante pintorescos, como el diputado salteño Alfredo Olmedo. Y, pese a su trayectoria, debido a los múltiples zigzags de su trayectoria, hasta la propia Carrió podría ser considerada también una figura disruptiva en la política.

Sin embargo, no son pocos los que creen que el "que se vayan todos" como summum de la anarquía ya se dio en 2001 en la Argentina y suponen que no hay espacio para que se repita, salvo para algunos trasnochados del "cuanto peor, mejor". Puntualmente, el consultor Jorge Giacobbe afirma que el efecto Bolsonaro "ya pasó" en la Argentina: "Mauricio Macri en el año 2015 fue Bolsonaro, una persona que la opinión pública utilizó para meterle un dedo en la oreja al sistema" y para ratificarlo ejemplifica situaciones similares con Andrés Manuel López Obrador en México y con Donald Trump en los Estados Unidos.

Si de comparaciones con la realidad de Brasil se trata, la Argentina no ha tenido tampoco ni un Lava Jato, ni un caso Odebrecht que arrastró por el sumidero a media clase empresaria y a medio Partido de los Trabajadores, con la yapa de haber puesto a Lula da Silva entre rejas. Como hubiese dicho el ministro Garavano, "nunca es bueno que un ex presidente esté preso", frase perfecta desde la descripción de la vergüenza que marca el declive de la clase política de una país, pero altamente inconveniente para la Argentina, un lugar en el que la opinión pública debate, como si fuesen valores parejos, si las próximas elecciones las va a definir el bolsillo o la institucionalidad que debería emanar de una Justicia independiente, al fin y al cabo los dos modelos en juego.

Hugo Grimaldi

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