Jueves, 25 Octubre 2018 00:00

El caos como método - Por Carlos Pagni

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El ritual legislativo está en presencia de un nuevo procedimiento. Es el que se activa cuando no se consiguieron los votos para rechazar una ley. Ni los diputados necesarios para impedir el quorum. En esa instancia, se apela a un recurso parainstitucional. En el prospecto se lee: convocar manifestantes a la Plaza del Congreso y forzar la intervención de la policía con algún disturbio.

 

Luego, trasladar el alboroto al recinto de Diputados para, con la alarma por posibilidad de que haya un muerto, interrumpir la sesión. El kirchnerismo ayer practicó ese método por segunda vez. Fue una mueca de la coreografía que desplegó diez meses atrás, cuando se discutía la fórmula de actualización jubilatoria.

Además del ceremonial, se reiteraron los actores. Leopoldo Moreau ocupó de nuevo el centro de la escena. Desde el lunes, su cuenta de Twitter emitió el mensaje "Todos juntos. En el Parlamento y en la calle para frenar el ajuste". Ayer volvió a encarnar el papel del provocador profesional, capaz de desencajar a algún líder oficialista. En diciembre lo hizo frente a Emilio Monzó, el presidente de la Cámara. Esta vez, frente a Nicolás Massot, el jefe de la bancada del Pro. Un milagro lo de Cristina Kirchner con Moreau. Consiguió desatar en la ancianidad pasiones que Raúl Alfonsín no supo inspirar en la juventud. Fue magia. Esa metamorfosis es la única novedad en el paisaje. Lo demás es, como querían los griegos, el eterno retorno de lo mismo. Como si la política se moviera en un tiempo que no es crecimiento ni progreso. Sólo repetición. Manía.

El ceremonial inaugurado en diciembre exhibió ayer una versión más reducida. En la plaza aparecieron unos 300, llamémosle así, militantes, coordinados desde temprano a través de handies. Algunos pequeños grupos intentaron mezclarse con la concurrencia de organizaciones sociales. En varios casos los dirigentes de esas organizaciones alertaron a las autoridades sobre la aparición de caras extrañas. Esa "comisión de labor parlamentaria" reclutada en el bajo fondo, contó con la colaboración de varios diputados kirchneristas que frenaron con vallas a los hidrantes de la policía. Veintiséis revoltosos quedaron detenidos. Se les incautaron bombas molotov y algunas facas. El Same no reportó ningún herido. Mientras una parte de la bancada que sigue a la señora de Kirchner se unía a los disturbios, otra parte exigía en el palacio que se interrumpiera la sesión.

En esa batahola de salón, tan poco espontánea como la que se libraba al aire libre, volvió a cobrar protagonismo el "Marciano" Moreau. El año pasado se había acercado al estrado de Monzó para, a fuerza de decirle "hijo de puta", sacarlo de quicio. Esta vez se aproximó a la banca de Massot para amenazarlo con hablar de la presunta inconducta de algún familiar durante la dictadura. Massot, que nació en 1984, lo invitó a pelear afuera. Después aclaró: "Yo puedo negociar el presupuesto. No el honor de mi familia". El recurso de imputar a una persona el comportamiento, real o supuesto, de sus mayores, además de fascistoide, es inconveniente en el caso de Moreau. Sus hijas, que actúan en política, no merecen ser descalificadas porque él, siendo periodista del diario La Opinión, siguió prestando servicios allí a partir del 25 de mayo de 1977, cuando el general Teófilo Goyret intervino el periódico y expulsó a buena parte de sus compañeros de trabajo. El dueño de La Opinión, Jacobo Timerman, padre de Héctor, hoy correligionario-compañero de Moreau, había sido secuestrado el 15 de abril de ese año. ¿Qué tienen que ver las hijas de Moreau con estos antecedentes?

Los acontecimientos de ayer son coherentes con una concepción del ejercicio del poder. Mientras estuvo en el gobierno, el kirchnerismo fue una mayoría prepotente frente a los derechos de las minorías. Iba por todo. En la oposición, es una minoría que intenta impedir la voluntad de la mayoría. Ejerce un extravagante parlamentarismo de facto, fundado en la violencia callejera. La feligresía más recalcitrante de la ex presidenta agradece ese bloqueo. Jaime Durán Barba, también.

Si se aleja el zoom y se amplía la observación de la secuencia, el tiempo sigue pareciendo circular. Al día siguiente de los incidentes que rodearon la reforma previsional del año pasado, el episcopado católico emitió un comunicado defendiendo que no existen dos caminos, el diálogo o la violencia, para socorrer a los más frágiles. Sólo sirve el diálogo. La jerarquía eclesiástica se había sumado a la campaña contra la modificación de la ecuación jubilatoria. El presidente de la Comisión de Pastoral Social, Jorge Lugones, había reprochado al Gobierno cometer una injusticia. Apeló a un argumento incomprensible: "Si pedimos créditos afuera para que baje la inflación, entonces no aumentarán los sueldos de los jubilados". Seguro hubo un error de traducción. Con la plaza destrozada, la Iglesia tomó distancia del tumulto cuanto antes.

El nuevo conflicto encuentra a los obispos otra vez embanderados. El de Luján, Agustín Radrizzani, debió aclarar el sentido de la misa que celebró el sábado a pedido de sindicatos del PJ más intransigente. La consigna de esos feligreses, que no se apruebe "el presupuesto del Fondo Monetario", fue acompañada por Radrizzani con sutileza episcopal: "Nuestro pueblo debe construir su propio destino, sin injerencias ni tutelajes". Radrizzani emitió el lunes un inusual comunicado explicativo de su homilía. El presidente de la Conferencia Episcopal, Oscar Ojea, ya había defendido su sermón. En ambos precisaron, como en diciembre, que sólo defendían el diálogo. Sin embargo, creyeron necesario consignar que el Papa no estaba al tanto de esa misa.

Radrizzani fue más allá. Aclaró que no defendió "personas concretas". Se refirió a los Moyano, que fueron los que más contribuyeron a la movilización. Esa excusa era imprescindible desde el miércoles anterior, cuando monseñor Lugones recibió a Hugo Moyano. La fecha era significativa. No sólo por ser 17 de octubre. También porque 24 horas antes el juez Luis Carzoglio había rechazado el pedido de captura de Pablo Moyano, imputado por negociados hechos en combinación con la barra brava de Independiente.

Carzoglio tendría que aprender de los obispos y aclarar que él tampoco milita en bando alguno. El mismo día que denegó esa detención, envió una nota al Enacom, que él sigue llamando Comfer, pidiendo que prohíba por 180 días que los medios de comunicación se refieran a Roberto Petrov y a su familia. Petrov es un custodio histórico de Hugo Moyano. Sobran indicios de que se desempeñaba como nexo entre la barra brava y Pablo, a quien llaman "el Salvaje", en la organización de negocios irregulares. Carzoglio solicitó la censura. No quiere que se informe lo que él, tal vez, está obligado a perdonar.

Lugones tal vez no prestó atención a estos pormenores cuando recibió a Moyano. Cometió el error de oficializar la entrevista en un comunicado, protocolo que no siguió cuando recibió, por ejemplo, a Marcos Peña. Entre los clérigos le atribuyen haber actuado por impulso. Al parecer, estaba enojado porque el exdiputado Julián Domínguez y su amigo, el jefe del Smata, Ricardo Pignanelli, solicitaron la misa de Luján sin su mediación. Moyano le dio protagonismo. Y Lugones, ingenuo, lo aceptó. De carne somos.

Desde el sábado, el correo electrónico de Sebastián Pedacchio, el secretario privado del papa Francisco, se atiborró de mensajes de prelados argentinos. Pedían que se los rescate de la moyanización. Bergoglio tiene mil recursos retóricos para explicar que los hechos ocurrieron sin su autorización. Pero tal vez sean insuficientes. Los errores que cometen los obispos en Buenos Aires son imputados a su jefatura, en Roma, porque la actual conducción de la Conferencia Episcopal fue diseñada desde allá. Ojea es su presidente porque el secretario para las Relaciones con los Estados, monseñor Paul Gallagher, indicó al cardenal Mario Poli que debía desistir de su candidatura. Aún así, fueron necesarias tres votaciones para que Ojea consiguiera la mayoría. En las dos primeras siguió ganando Poli.

También desde la Santa Sede se decidió que Lugones esté a cargo de la Pastoral Social, el órgano político de la Iglesia. Lugones es un obispo valiente, que enfrentó a la mafia del juego, que domina Lomas de Zamora. Su convicción fue clave en la condena de la Iglesia a la candidatura de Aníbal Fernández. Cuando se lo retrata, se recuerda que tiene un hermano desaparecido y otro que preside el PJ de La Plata. Datos genealógicos que fascinarían a Moreau. Lo relevante de Lugones es otro antecedente: es, desde hace décadas, un incondicional de Bergoglio en la Compañía de Jesús.

Quienes suponen que la jefatura del Episcopado es autómata del Papa, apuntan que Ojea tuvo dos entrevistas con Cristina Kirchner. Una se realizó en San Isidro, a pedido de ella. La otra fue gestionada por Julián Domínguez, con la supervisión de un laico decisivo: Aldo Carreras. El Papa podría prescindir de estos contactos. Le basta con hablar de tanto en tanto con Juan Carlos Molina, el cura que condujo el Sedronar durante algunos meses bajo el kirchnerismo.

Más que estas relaciones personales conviene advertir la orientación de una política. Pignanelli, Pablo Moyano y Gustavo Vera, amigo del Papa, organizan desde febrero una red intersectorial en todo el país, bajo el amparo de los obispos de provincia.

Hoy se encontrarán en Corrientes, encabezados por "el Salvaje" Moyano y acompañados por sindicatos kirchneristas. El arzobispo Andrés Stanovnik, que ya recibió a Moyano y a Vera, no tendrá que redactar ninguna excusa. Está fuera del país. Quizá Bergoglio tampoco tenga que ver con este movimiento. Pero hay un dato que confunde: desde hace más de un año llega desde el Vaticano el obispo Marcelo Sánchez Sorondo para encabezar reuniones con Moyano y Vera. Una de ellas se celebró en la biblioteca (sic) del sindicato de Camioneros. Fue un Congreso Antimafia. El juez Carzoglio, agradecido.

Por: Carlos Pagni
Ilustración: Alfredo Sabat

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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