Jueves, 20 Diciembre 2018 00:00

Ya no es riesgo Cristina; es riesgo Macri - Por Fernando González

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A mediados de 2016, María Eugenia Vidal se reunió con Carlos Rosenkrantz. Ella era la estrella en ascenso de la política argentina y él acababa de ser propuesto para integrar la Corte Suprema de Justicia.

 

“Quiero que sepa que estoy impulsando la ley para que nos restituyan el fondo de reparación histórica del Conurbano a los bonaerenses”, le dijo entonces la gobernadora, voluntariosa y consciente de todos modos que ese proyecto iba a tardar años en llegar al máximo Tribunal. Pero fue otra circunstancia la que encendió su curiosidad. Un pedido del hombre de leyes que la sorprendió.

El futuro presidente de la Corte le pidió que le enviara saludos para el Presidente. Justamente para quien acababa de proponer su nombre. Vidal se enteró ese día que ni Mauricio Macri se había comunicado con el jurista antes de impulsarlo. Y que Rosenkrantz tampoco le había hablado para acusar recibo de su designación. Nada. Ni un llamado telefónico, ni un mail ni un mensaje de whatsapp.

El silencio de radio entre la Casa Rosada y el ministro de la Corte cuidadosamente elegido se prolongaría en el futuro y sirve para entender un poco la derrota política que el Gobierno sufrió el martes en el Tribunal. Para los funcionarios que alguna vez hayan escuchado a Bob Dylan, la respuesta siempre estuvo escrita en el viento.

La anécdota refleja el modo de entender la política de Macri. El Presidente no cree demasiado en el seguimiento exhaustivo de los temas que pueden definir su suerte en la gestión. Perdió por goleada la votación en la Corte. Y tampoco pudo lograr que el Congreso votara las leyes contra los barrabravas y para modificar el financiamiento de la política. Y eso que jugó la carta de incluir su tratamiento en las sesiones extraordinarias. Pero no hubo caso. Los legisladores de Cambiemos debieron escuchar cómo Felipe Solá los provocaba y les decía que a las leyes “hay que militarlas”. El neologismo que impuso el kirchnerismo para describir la acción de operar políticamente cualquier tema que les interese.

Claro que eso no es todo. Después del traspié en la Corte que el Gobierno intentó diseñar a piacere, el miércoles intentó contrarrestar el efecto negativo anunciando un acuerdo con los jueces para que paguen el impuesto a las Ganancias que agobia a la mayoría de los argentinos. El resultado es un cambio mínimo por el que sólo los nuevos magistrados pagarán un pequeño gravamen por la diferencia entre el salario que cobraban hace un año cuando fueron designados y el que cobran actualmente. La novedad disgustó igual a los judiciales, pero sobre todo ofende a buena parte de la sociedad, que paga cerca de la mitad de su sueldo en un impuesto cuya eliminación paulatina fue una de las grandes promesas de campaña del macrismo.

La política no es el único terreno en el que el Gobierno insiste en resbalar. Algo parecido le sucede con la economía. Porque si hay algo que a los ministros les cuesta explicar es la suba persistente del riesgo país, que el miércoles terminó en 781 puntos y no para de subir desde hace un par de semanas. Es el resultado de la caída de los bonos argentinos en el exterior y es el motivo que llevó al Presidente a ponerle un freno a los proyectos de financiación privada de la obra pública conocidos como PPP. Con una economía en recesión, bajo consumo, inflación muy alta y un tercio de la población bajo niveles de pobreza, el avance de la infraestructura es el argumento electoral más relevante que tiene el macrismo. Pero esa es la pulseada que vienen perdiendo los ministros de la obra pública como Guillermo Dietrich contra las urgencias de caja que enarbola Nicolás Dujovne.

“El problema nuestro ya no es el riesgo Cristina; sino el riesgo Macri”, se lamenta una de las personas que mejor lo conoce. Es el modo en que describe la incertidumbre y la desconfianza que los sectores empresarios y financieros mantienen sobre la gestión del Presidente y sus chances electorales que lo ubican en una situación de paridad con Cristina Kirchner. Sólo el nivel de confrontación interna que atraviesa el peronismo y la falta de competitividad que todavía muestran Sergio Massa, Miguel Pichetto, Juan Manuel Urtubey y el resto de los gobernadores enrolados en la variante federal alimentan las posibilidades de una reelección que sería utópica ante una oposición unida.

Ese, el de un peronismo unido que pueda amenazarlo electoralmente, es el fantasma que agitan algunos de los dirigentes de Cambiemos que Macri ha preferido no escuchar. Ya se lo han dicho Emilio Monzó y Rogelio Frigerio. Y también fue el ruego de Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y de Nicolás Caputo, su amigo del alma, en aquel 8 de septiembre en el que el Presidente amagó con hacer cambios profundos en su gabinete para terminar con algunas modificaciones sin sustancia. Tiene que ver con su forma personal de entender la política, pero Carlos Melconian o Alfonso Prat-Gay hubieran sido ministros suyos si Macri se los hubiera pedido. Pero la convocatoria, siempre a través de Marcos Peña, no convenció para que volvieran al Gobierno quienes se habían alejado justamente por sus diferencias con el Jefe de Gabinete.

Parece difícil que un presidente pueda aspirar a su reelección con la actividad económica en caída y con cifras negativas del consumo para 2019. Esta misma semana, los directivos de las automotrices calculaban que le venta de autos el año próximo será inferior a las 700 mil unidades, cuando superaron las 900 mil en 2017 y estarán en el orden de las 800 mil este año. Sin embargo, los ministros más cercanos a Macri, encabezados siempre por Peña, se mantienen confiados en conseguir un mandato más para Cambiemos y hasta arriesgan en privado un pronóstico que enoja a los más críticos. Mencionan cada vez más seguido la hipótesis de que Macri pueda vencer a Cristina, o a quien lo enfrente, en primera vuelta. Suena arriesgado y hasta fantasioso, claro. Pero hay funcionarios que lo afirman sin sonrojarse.

Los cuatro días glamorosos de la Cumbre del G-20 le sirvieron a los optimistas para retomar la bandera de la esperanza electoral. Todavía están presentes los gestos amistosos de Donald Trump, de Emmanuel Macron y las palmaditas de Angela Merkel cuando el Presidente lagrimeaba en el balcón del Teatro Colón. Y hasta se atreven a exhumar aquel argumento remanido de que las gestiones de Macri mejoran en los segundos mandatos. Recuerdan los últimos años exitosos del fútbol en Boca Juniors y los cuatro años finales a pura obra pública en el gobierno de la Ciudad. Y vuelven a entusiasmarse.

Pero las cosas están mucho más complicadas esta vez. Las restricciones económicas son de magnitud enorme y se sabe que la Argentina es una picadora de carne que ha sometido hasta el agotamiento a presidentes de todo origen político. Macri debe superar antes que nada el riesgo Macri para convertirse en el primer presidente no peronista que termine su mandato completo. Y, si llega indemne hasta ese puerto, tal vez esté en condiciones de intentar la aventura todavía lejana de una segunda oportunidad.

Fernando González

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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