Domingo, 30 Diciembre 2018 00:00

Cristina, resurrección o muerte - Por Eduardo van der Kooy

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La crisis económica y los errores del Gobierno sostienen a Cristina. Pero su liderazgo sigue dividido.

 

El peronismo se asoma a un año electoral clave sin haber logrado despejar su mayor enigma: si surgirá un nuevo liderazgo con capacidad competitiva o continuará prevaleciendo el que ejerce Cristina Fernández. El problema de ese liderazgo es que fragmenta en lugar de aglutinar. Un alivio para la ambición reeleccionista de Mauricio Macri. Una carga para el principal partido de la oposición que, recorrida su historia, tiene siempre como excluyente prioridad el regreso al poder. Las discusiones políticas e ideológicas se saldan –o no—cuando se tiene la sartén por el mango.

La indefinición del liderazgo o la prevalencia de uno menguante significó hasta ahora un obstáculo que el peronismo no logró solucionar a la hora de las urnas. Raúl Alfonsín triunfó en 1983 por mérito propio. También por la ayuda de un adversario, Ítalo Lúder, que no conducía al resto. Y a un partido asociado al peor de los recuerdos de la dictadura. El líder radical propiciaba el juicio a los militares por los delitos de lesa humanidad; el PJ avalaba en su plataforma la autoamnistía que había consagrado el general Reynaldo Bignone.

La tendencia se repitió en capítulos sucesivos. Cuando Carlos Menem agotó su tiempo (dos mandatos) boicoteó la candidatura de Eduardo Duhalde. Nació entonces el apogeo efímero de Fernando de la Rúa. Superado el drama de la crisis del 2001 las elecciones normalizadoras del 2003 exhibieron, pese a todo, la vigencia del caudillo de La Rioja. Esa vigencia, sin embargo, resultó insuficiente para competir en un balotaje. Fue el turno de un desconocido Néstor Kirchner, invento postrero de Duhalde. Su venganza contra Menem.

Algo similar aconteció en el 2015. No vale reparar en la escala anterior: allí surgió Cristina como heredera matrimonial de Kirchner, que cerró su primer mandato con elevados niveles de adhesión. Impuso su condición de elector en el peronismo como eje de una estrategia que preveía el retorno en 2011. Su muerte repentina trastocó los planes. Hace tres años Cristina se enfrentó al mismo dilema que Menem: dejó correr, sin otro remedio, a Daniel Scioli. Macri ganó con una construcción electoral paciente que se alimentó del hastío y el rechazo que la ex presidenta concitó en amplias franjas de la sociedad.

La severa crisis económica y los errores políticos del Gobierno han ayudado a la permanencia de Cristina. Sigue esa tónica: luego de una Navidad en paz, sin violencia ni saqueos, desató una catarata de anuncios sobre futuros aumentos. Con el condimento de peleas palaciegas. Se fue el secretario de Energía, Javier Iguacel. Reapareció el ex ministro Gustavo Lopetegui. Que aún en el llano jamás se apartó de Macri ni de Marcos Peña. En condiciones de relativa normalidad, virtud que suele ser ajena a la Argentina, Cambiemos tendría mínimas esperanzas de prolongar otro período en el poder. Pero la ex presidenta y el lastre de su pasado lo sostienen en competencia. Con posibilidades razonables. Si ella fuera de nuevo candidata extremaría la polarización. Un inconveniente. Si no lo fuera, existen serias dudas acerca de su influencia como electora. No está en condiciones de repetir el ensayo de Kirchner. Porque se vería obligada a delegar. Cosa que su ex marido nunca hizo mientras tuvo vida.

La ex presidenta se mueve por el momento como candidata. Convoca a edificar un frente opositor contra Macri. Pero no le quita los ojos a los dirigentes peronistas. Incluso a aquellos que dicen dar por cerrado su ciclo. Para eso tiene en las adyacencias a su ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández, capaz de tender puentes con todos. Lo alimenta casi con exclusividad su deseo de terminar con Macri.

Cristina le encarga tareas específicas que Fernández cumple con matices. Días atrás asistió en Entre Ríos al lanzamiento de la precandidatura del ex gobernador K, Sergio Urribarri. Pero también mantuvo una conversación con el actual mandatario provincial, Gustavo Bordet. Que está en la heterogénea sociedad con los mandatarios del PJ, con Sergio Massa y Miguel Ángel Pichetto. Rastreadores de una alternativa sin ella para este año. El ademán de equilibrio salió bien: a poco de aquel acto de Urribarri, su cuñado y ex funcionario, Juan Pablo Aguilera, resultó detenido con prisión domiciliaria en una causa en que se investigan contratos truchos.

Algo parecido ocurrió con Juan Grabois, la cabeza de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). El dirigente amigo de Francisco irrumpió por la fuerza hace dos semanas en las instalaciones de Canal 13. Había estado previamente en el Vaticano y con Cristina en el Instituto Patria. Pobre favor le hizo a quien considera candidata indiscutida. Aunque “sin los corruptos de antes”, acostumbra a predicar. La ex presidenta se indignó cuando fue informada del episodio. Grabois recibió un correo nada amigable. No estarían en discusión las convicciones. Tal vez sólo las conveniencias.

A Cristina no le preocupan, por el momento, que florezcan precandidatos. Agustín Rossi, el jefe del bloque de Unidad Ciudadana, lo hace en su nombre. La ex presidenta consiente. Felipe Solá se muestra desde un lugar neutral que promueve la unidad peronista. La ex presidenta desconfía. Scioli está aquí y allá. Batalla con el discurso sobre la advertencia que hizo cuando era candidato acerca de lo que podía ocurrir con una victoria de Macri. La ex presidenta supone que Scioli podría ser un eficiente embajador en caso que ella o algún delfín gane las elecciones del año próximo.

Cristina también hurga en las encuestas casi con idéntico afán que Macri. De ellas recoge una constancia: Axel Kicillof emerge como el aspirante que mejor fideliza su intención de voto. Tanto para gobernador de Buenos Aires como para Presidente. En este cargo mediría dos o tres punto menos que la dama. No es la consultora de Federico Aurelio la única que lo constata. Pero al ex ministro de Economía le sucede lo mismo que a la ex mandataria: cristiniza su voto. Arrastra casi todo en ese campo. Pero no más. Imposible asegurar de ese modo un éxito.

Las fotografías son una cosa y la película otra. Siempre se conserva la duda acerca de si, llegada la instancia, los votos se corren hacia el postulante ungido por el elector. El kirchnerismo no puede evitar reflejarse en Brasil. Lula, victimizado en prisión, asomaba de lejos como el candidato más popular. Fernando Haddad, su discípulo, obtuvo poco más de la mitad de los votos que en la primera vuelta se le adjudicaban al líder del PT. En el balotaje fue barrido por Jair Bolsonaro.

Cristina confía en que cuando llegue la hora de los bifes muchos de los gobernadores que coquetean en el espacio alternativo vuelvan al redil. Varios de esos mandatarios adelantaron sus elecciones. Por algo será. Hay otros que se mantienen enhiestos al lado de la ex presidenta, como Gildo Insfrán. Pero sería mejor perderlo que encontrarlo. Es factible que luego de la feria judicial, el juez Ariel Lijo procese al gobernador de Formosa por peculado. Pagó $8 millones a la firma The Old Found, representada por Alejandro Vandenbroele, a quien la justicia considera testaferro de Amado Boudou. Aquella empresa debía renegociar la deuda pública formoseña. Cosa que nunca hizo.

Tal novedad sonará ingrata para Cristina. Porque una de sus tareas homéricas para sostenerse en la pelea consiste en limpiar su imagen enlodada por la corrupción que se develó en sus ocho años de poder. Un 60% de los ciudadanos, según Poliarquía, opina que ella misma o en su administración se cometieron muchos delitos. A la ex presidenta le aguardan para este año cuatro juicios orales y públicos.

Aquella corrupción constituye también un dilema para el peronismo federal. Porque diluye, en circunstancias límite, la identidad diferenciada que quiere modelar respecto del kirchnerismo. Sucede con el pedido de desafuero que existe por el procesamiento y pedido de prisión preventiva a raíz de los cuadernos de las coimas. Una solicitud original del juez Claudio Bonadío. Que ratificó la Cámara Federal.

El peronismo en el Senado advirtió que no votará el desafuero. Impone el criterio particular de la necesidad de la existencia de una doble condena firme. El contraste y la incomodidad habría sido ostensible si Diputados se se hubiera visto obligado a considerar el desafuero de la legisladora radical Aida Ayala. Está acusada por presunto lavado de dinero cuando ejercía como intendente de Resistencia. Pero la Cámara de Casación dejó el viernes sin efecto el pedido de prisión preventiva. Alivio para los radicales y los K que venían resistiendo la aprobación del desafuero.

El otro problema para el PJ dialoguista afloró cuando en comunidad con el kirchnerismo birló a Cambiemos la designación de la mayoría de diputados en el Consejo de la Magistratura. Allí se empinaron la renovadora Graciela Camaño, un puntal de Massa, y el camporista Eduardo De Pedro. Ese episodio, sumado al desafuero en el Senado, confunde peligrosamente la frontera que el peronismo federal pretende trazar con la época K. Genera interrogantes, incluso, sobre si tal complicidad obedeció sólo al objetivo de golpear al Gobierno. O si empieza a hilarse un entramado de impunidad en caso de que la principal oposición –cualquiera sea el candidato—desaloje a Macri de la Casa Rosada.

Quizás sea Massa quien esté forzado a dar más explicaciones. A ser más transparente. El líder del Frente Renovador venció a Cristina en 2013 con un mensaje anticorrupción. Lo sostuvo en el 2015, hasta que perdió en octubre. Mostró después un comportamiento zigzagueante. Habrá que ver cómo decide seguir.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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