Miércoles, 30 Enero 2019 00:00

La pobre defensa argentina del chavismo - Por Joaquín Morales Solá

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Una ocurrencia del kirchnerismo consiste en sostener que la presidencia interina de Juan Guaidó en Venezuela es un golpe de Estado fraguado por Washington. En rigor, Estados Unidos demoró demasiado la decisión de bloquear las cuentas en dólares por el petróleo crudo que le compra a Venezuela.

 

No solo Donald Trump caminó siempre con paso lento en esa dirección; también Barack Obama se resistió a tomar esa decisión. Influyeron dos razones. Una es que la tragedia humanitaria podría agravarse sin los dólares de Estados Unidos, lo cual es cierto.

La otra razón es que las refinerías de la petrolera venezolana Pdvsa en Estados Unidos solo pueden procesar el petróleo pesado de Venezuela; muchos trabajadores norteamericanos podrían quedarse sin trabajo. La decisión de anteayer, anunciada por el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que embargó las cuentas de Pdvsa en los Estados Unidos, respondió seguramente a la certeza de que los días de Maduro están contados y que no habrá, por lo tanto, ni daños más graves a la sociedad civil venezolana ni pérdida de empleos entre los norteamericanos.

"No hay que permitir que los Estados Unidos pongan un pie en América Latina". Ese es el grito repetido de los seguidores de Cristina Kirchner. En verdad, mucho antes fue Venezuela la que puso un pie en los Estados Unidos. Las tres refinerías de petróleo pesado venezolano en los Estados Unidos son propiedad de Pdvsa, que a su vez es propiedad del Estado venezolano. La filial norteamericana de Pdvsa en los Estado Unidos es Citgo, con sede en Houston, Texas, y las refinerías están en territorio norteamericano del Golfo de México.

Una razón adicional del paso cansino de Trump fue que esa zona de los Estados Unidos es republicana y votó por él. Porque -todo hay que decirlo- Nicolás Maduro puede frenar las exportaciones de petróleo crudo a los Estados Unidos mientras controle Pdvsa. No le conviene (no tiene muchos compradores más en el mundo que soporten la adquisición de la mitad de la producción venezolana, como lo hacen los norteamericanos), pero le conviene menos si los dólares quedan embargados a la espera de un futuro gobierno efectivo de Guaidó. Un analista venezolano recordó que el petróleo que va a los Estados Unidos es el único que se paga con dólares en efectivo; el resto del petróleo, incluido el que va a China, forma parte de programas de intercambios de productos. Los cubanos, por ejemplo, mandan médicos, militares y servicio de inteligencia a cambio del petróleo. No hay dólares entre ellos.

Pdvsa (Petróleos de Venezuela SA) es la prueba más patética -y trágica- de la ineptitud del chavismo. Cuando Hugo Chávez llegó al poder, la empresa producía tres millones de barriles diarios de petróleo con 25.000 empleados. Ahora produce un tercio, poco más de un millón de barriles, con 230.000 empleados. Quinientos mil barriles diarios son vendidos a los Estados Unidos.

La empresa productora de acero Sidor producía cinco millones de toneladas de acero cuando estaba en manos de la multinacional ítalo-argentina Techint; ahora produce solo 130.000 toneladas. Sidor le fue expropiada a Techint en una operación de pinzas por el chavismo y el kirchnerismo en 2008. El kirchnerismo, una versión edulcorada del chavismo en la Argentina, dejó al país en 2015 sin reservas energéticas, ganaderas y de dólares. Después de expropiarla, convirtió a Aerolíneas Argentinas en una unidad básica de La Cámpora. También en la Argentina creció exponencialmente el número de empleados públicos y de empresas estatizadas. Son lo mismo; solo los diferencia el colorido discurso del chavismo frente al mensaje menos desopilante del cristinismo.

En ese contexto, un cristinista nuevo, Juan Grabois, que no se privó de hablar de golpe de Estado en Venezuela promovido por Washington, marcó una diferencia inexistente. Dijo que la sociedad no kirchnerista (la mayoría, hasta ahora) celebra aquí las manifestaciones en Venezuela y los critica a ellos, los movimientos sociales, cuando se manifiestan en Buenos Aires. Las manifestaciones en Venezuela son para pedir las cosas más básicas de la vida de una sociedad: la democracia y la libertad. Aquí, las manifestaciones de los movimientos sociales se hacen para sacarle algún aumento de planes sociales a la ministra Carolina Stanley. ¿Puede haber mayor diferencia entre un reclamo y otro? Diga lo que diga, Grabois está comparando a Mauricio Macri con Maduro; es decir, está desconociendo la legalidad y la legitimidad del presidente argentino. ¿Nuevo en un cristinista? No.

Grabois dijo también que los manifestantes venezolanos andaban con capuchas, bombas molotov y otros mecanismos violentos. En los últimos días, hubo en Venezuela 850 detenidos (77 adolescentes) y 35 muertos por parte del Estado. Nadie denunció que haya habido heridos o muertos entre las fuerzas policiales y militares que reprimen en nombre de Maduro.

Grabois se hizo conocido porque tenía cierta relación con el papa Francisco. Antes de que Bergoglio llegara a Roma, nadie había escuchado nombrar a Grabois. Tuvo luego una actuación moderada hasta que fracasó su proyecto de ser nombrado defensor del pueblo, un cargo vacante desde hace diez años. El primero que lo vetó fue el peronismo, porque ese cargo le corresponde al principal partido de la oposición.

Grabois es asesor del Pontificio Consejo de Justicia y Paz, que preside en Roma el cardenal ghanés Peter Turkson. Los consejos y comisiones del Vaticano tienen decenas de asesores que nunca son llamados. De hecho, hay obispos y arzobispos argentinos que son miembros, no asesores, de esas comisiones vaticanas que jamás son convocados a Roma. En los últimos días, Grabois también dijo que el papa Francisco está a su izquierda en el caso venezolano. ¿Quién lo autorizó a definir la posición del Pontífice? Una fuente inmejorable del Vaticano respondió de esta manera: "El señor Grabois tiene el problema de que se va de boca frecuentemente".

En el Vaticano las cosas son más sofisticadas. Hay un permanente equilibrio entre las necesidades de su diplomacia, la más vieja del mundo, y la convicción de muchos prelados, no solo los venezolanos. El cardenal de Boston, Sean O'Malley, un capuchino de la orden de los hermanos menores es uno de los prelados más influyentes en el papado de Francisco. Integra el núcleo de pocos cardenales que asesoran permanentemente al Pontífice; él fue uno de los principales promotores de su elección como Papa. O'Malley, que suele vestir los hábitos de su orden cuando trabaja en Boston, sacó a la Iglesia de su ciudad del lodazal de la pedofilia.

O'Malley acaba de decir públicamente una frase terminante sobre Venezuela: "Me decepciona que los militares no estén con el líder opositor" (es decir, con Guaidó). Y fue más allá: "Venezuela ha heredado corrupción e incompetencia y la gente sufre mucho". O'Malley suele decir las cosas que el Papa no puede decir. ¿A quién creerle entonces? ¿A Grabois o al cardenal O'Malley? Es obvio que la diplomacia vaticana se está resguardando como una última instancia de negociación (aun para que Maduro se vaya del poder), y reducir sobre todo el sufrimiento social. Ya lo hizo en Panamá cuando aceptó el asilo en la nunciatura de Manuel Noriega, el narcogeneral que gobernaba ese país invadido por tropas norteamericanas en los primeros años noventa, hasta que negoció su entrega a la Justicia norteamericana. ¿O, acaso, debe deducirse por eso que el entonces papa, Juan Pablo II, era amigo y protector de Noriega?

Una alta fuente de la Conferencia Episcopal Argentina, a la que se le pidió su opinión sobre las declaraciones de Grabois que complican al Papa, tomó notable distancia del dirigente social: "Está claro que el señor Grabois trabaja electoralmente al lado de la señora de Kirchner. La Iglesia argentina no puede salir todos los días a desmentirlo". Tal vez nadie, ni siquiera Cristina, le pide tanto a Grabois.

Joaquín Morales Solá

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