Viernes, 08 Febrero 2019 00:00

Intimidades de una decisión que puede cambiarlo todo - Por Laura Di Marco

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En las elecciones, Macri y Vidal se juegan mucho más que el futuro de Cambiemos

 

"Yo estoy 50 y 50, me parece bien que hayas tomado vos la decisión. Me quitaste un peso de encima", se sinceró Macri ante Vidal apenas le anunció por teléfono que no lo dejaría solo en la contienda de octubre. El último fin de semana de enero, en Chapadmalal, Macri había escuchado argumentos a favor del desdoblamiento electoral, en medio de una larga conversación con un conocido periodista, que casi lo convence.

La filosofía duranbarbista y el "ala política tradicional" son parte de su grieta interna, que siempre se agita ante las encrucijadas difíciles. Y la de 2019 es una de ellas: el Presidente y la gobernadora no solo se juegan el futuro de Cambiemos, sino el eventual final de la carrera política de Cristina . "Una nueva derrota implicaría, sin duda, el fin de su liderazgo, pero no del kirchnerismo", evalúa Vidal en la intimidad. Es consciente de que un paso en falso lo echaría todo a perder. Pero ¿no fue demasiado arriesgado, demasiado rápido? No. "La mejor prueba de que fue la decisión correcta es cómo me sentí al día siguiente: aliviada", deslizó en reuniones privadas.

Sin embargo, más allá de los argumentos que se esgrimieron en público -y que siempre son verdades políticamente correctas, es decir, a medias-, ¿qué proceso íntimo desactivó una jugada que apuntaba a darle mayor volumen político a su figura, como lo era la de adelantar las elecciones bonaerenses? Confluyeron muchas razones -la opinión de Durán Barba, uno de sus hacedores, pesó mucho-, pero la más profunda habría que ir a buscarla a esa sutil conexión entre la psicología y la política. La verdad suele esconderse en los detalles y, a veces, en las pequeñas anécdotas. Unos sábados atrás, María Eugenia Vidal cenó con Mirtha Legrand en el Costa Galana. Un gran show político, con una gran previa estética: en un salón contiguo al comedor de Mirtha hay un glamoroso espacio de maquillaje y peinado para los invitados. "Por favor, no me hagas rulos muy marcados, no quiero cambiar mucho mi imagen, sobre todo en un año electoral ", le rogó la gobernadora al peluquero que la atendió. El episodio, que parece trivial, encierra tal vez el mayor secreto en la construcción de su éxito.

El Presidente y la gobernadora no solo se juegan el futuro de Cambiemos, sino el eventual final de la carrera política de Cristina . "Una nueva derrota implicaría, sin duda, el fin de su liderazgo, pero no del kirchnerismo", evalúa Vidal en la intimidad

¿Qué significa? Más allá de los estudios de Durán Barba, algo en su interior supo que el mejor "negocio" político que siempre debía atender es conservar la imagen que la llevó a la cima y que la convirtió en la líder con mejor ponderación del país, nueve puntos por encima de Macri. Su imagen representa lo opuesto a Cristina y ella lo sabe: sencillez, humildad, sana "ingenuidad" ante la "rosca", maquillarse sin que se note, transmitiendo la "pureza" de la cara lavada. En una palabra, Vidal asume la representación de esa ciudadana común, con buenas intenciones, una cruzada contra la trama mafiosa argenta, que no se deja corromper por los oropeles del poder ni los vicios de la "rosca" mal entendida. Más allá de que ese personaje sea real o no, la política está hecha sobre todo eso: imágenes y representaciones. Como la propia gobernadora suele decir en privado: "No gano elecciones yo, sino lo que represento".

La jugada del adelantamiento la mostraba en la vereda opuesta. Desplegándose en una estrategia electoral que la beneficiaba -y supuestamente también a Macri- corría el riesgo de que la gente empezara a verla como una especuladora, practicando justamente aquello que había venido a combatir. Peor aún: en el imaginario colectivo la conectaba con la manipulación cristinista. Entendió que, aunque la táctica resultara en el corto plazo, a la larga hubiera sido asesinar a la gallina de los huevos de oro.

La decisión final se tomó en un almuerzo en la casa de su jefe de Gabinete, Federico Salvai, donde se juntaron con Marcos Peña y Durán Barba. Allí, el ecuatoriano desgranó números y argumentos. Mostró una intención de voto considerablemente mayor que en enero de 2015 y con el agregado de unos 65 intendentes nuevos de Cambiemos que, naturalmente, antes no tenían.

En efecto: cuatro veranos atrás Vidal perdía por diez puntos contra los precandidatos K Aníbal Fernández y Julián Domínguez; incluso, en 2017, Bullrich perdió las PASO contra Cristina y en ambos casos la remontaron en las generales con la inestimable ayuda del universo anti-K. "Y más todavía: en enero y en abril de 2017 tenía encuestas en las que perdía. Nos olvidamos, pero 2016 fue un año casi tan malo económicamente como el año pasado", exagera Vidal en la intimidad de su despacho. En su foto mental, sin embargo, las variables de 2017 son similares a las de 2019. Ella repite como un mantra que en 2015 la gente desafió al "sistema" cortando boleta. Claro que con Aníbal Fernández como amenaza política cualquiera se sentiría motivado a eso y mucho más. En esta ocasión, sin embargo, no parece haber malos tan perfectos. La mayor acechanza es la baja performance de Macri en el conurbano bonaerense, que podría arrastrarla a ella y no viceversa. Quienes conocen a fondo la lógica de la política bonaerense aseguran que, en una elección unificada, el nombre que más tracciona es el del candidato a presidente.

Otra pieza duranbarbista que la convenció es que si iba sola a la elección bonaerense corría el riesgo de que el kirchnerismo le nacionalizara la elección y la pusiera contra las cuerdas a responder por la economía nacional. Se imaginó esta escena: una contienda en junio, con un Kicillof candidato a gobernador achacándole la culpa del "fracaso" económico de una provincia que ella gobernó durante los últimos tres años y el PJ durante 28. Sintió horror.

Vidal se imaginó esta escena: una contienda en junio, con un Kicillof candidato a gobernador achacándole la culpa del "fracaso" económico de una provincia que ella gobernó durante los últimos tres años y el PJ durante 28. Sintió horror

Los machos alfa de la política interpretaron la unificación como una declinación de su propia autonomía. Ella lo ve al revés. Mentalmente evalúa tres ejemplos de independencia: la decisión de no aplicar en la provincia el protocolo de seguridad de Patricia Bullrich (caro para el universo de Macri), la inauguración de un espacio de la memoria con Estela de Carlotto y la restricción del uso de las pistolas Taser al grupo Halcón.

El excéntrico ecuatoriano tiene un hechizo especial sobre las principales figuras de Cambiemos, basado en hechos muy tangibles: desde 2005 ayudó a ganar todas las elecciones y fue crucial a la hora de sostener la candidatura de Vidal frente a Aníbal Fernández, cuando todo el "círculo rojo" -sin excepción- lo acusaba, por lo menos, de ingenuo frente a las viejas argucias del peronismo argento.

¿Espera su momento sin que se le note la ambición? Es probable. Internamente hace un balance de daños y beneficios. ¿Disfruta el poder o lo padece? Ambas cosas, pero más bien lo disfruta. Desde su divorcio de Ramiro Tagliaferro, a pocos meses de haber asumido como gobernadora, no se le conoce pareja.

Tiene salidas, presentaciones discretas en casas de amigos los días que no comparte con sus hijos, pero ninguno logró atravesar la barrera para convertirse en pareja. ¿Le pesa? Sí. "Pero reconozco que no soy una mujer fácil para invitar a cenar", bromea, en la intimidad. En su interior sabe que, envuelta en la adrenalina de construir poder, no es sencillo hacerle lugar a un otro. Mira a su alrededor. "La mujer con poder, en general, está sola". La idea domina su diálogo interior. Es el costo que pagan las mujeres mientras ascienden. Un peaje demasiado alto que no suelen tener los varones en la misma situación y que pasa inadvertido.

Laura Di Marco  
Ilustración: Alfredo Sabat

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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