Domingo, 03 Marzo 2019 00:00

Macri va con lo que tiene y, ¿con Vidal? - Por Fernando González

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Con la muerte de su padre, le toca al Presidente sobrellevar una pérdida en tiempo de elecciones.

 

Si alguien en el poder tenía alguna duda, el discurso del viernes terminó de despejarlas. El Presidente irá por su reelección. Y lo hará tal como está. Con lo poco que tiene. Con el conjunto de logros y fracasos que su gestión exhibe en la actualidad. Con una economía que va a haber caído en tres de sus cuatro años. Con la inflación gozando todavía de muy buena salud. Y con la pobreza agobiando otra vez a más de un tercio de los argentinos.

Claro que Macri, como lo hizo en la apertura de la Asamblea Legislativa, desafiará los gritos y desplantes opositores plantando las banderas de la lucha contra la corrupción y el bálsamo estatal de la obra pública. “Sus insultos no hablan de mí; hablan de ustedes”, fue la frase que eligió el Presidente para ubicar a los legisladores de la oposición en el lugar que él quiere. El de un grupo de barrabravas ansiosos por reponer el país de la intolerancia e incapaces de resolver las desgracias económicas y sociales que siguen aquejando a la Argentina.

Sólo en ese escenario del presente malo contra el pasado aún peor es posible que Macri repita este año su victoria electoral de 2015. Todas las encuestas encargadas por la Casa Rosada señalan que la imagen presidencial nunca había sido tan negativa. Pero confían en ese núcleo duro de voto macrista cercano al 35% en todo el país como una base indispensable para alcanzar el ballotage contra el otro núcleo duro desequilibrante de la oposición. El de Cristina, al que hoy ubican en la orilla del 30% y al que consideran suficiente para provocar la batalla final entre ellos dos por la segunda vuelta.

Hasta allí la elección ideal de la fantasía macrista. Sin tener demasiado en cuenta al peronismo alternativo de Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey o a la novedad que podría representar Roberto Lavagna. Con los fundamentals económicos que el ministro Nicolás Dujovne le muestra al Presidente para describir un 2019 con una inflación en leve baja a partir de marzo. Un ingreso tranquilizador de dólares en ese mismo mes por la liquidación de exportaciones de soja y en abril por el mismo fenómeno, pero con el maíz. Con una recuperación modestísima del empleo y del crecimiento económico, en la línea del 0,7% con el que subió en diciembre y del 0,5%, con el que escaló en enero. Y con el regreso, también discreto y hacia mitad de año, del consumo en los sectores medios y bajos.

¿Pero cuándo se va a sentir un poco de esa mejora en el bolsillo de los argentinos? Es la pregunta que más le hacen al ministro de Economía. “En julio”, es la respuesta fría y cortante que inquieta a los cerebros de la campaña electoral por la reelección. A eso piensan sumarle el road show de inauguraciones de la obra pública, sobre todo en la Ciudad y en el Gran Buenos Aires. Y algún aporte de los bancos estatales y de los fondos de la ANSeS para reforzar el crédito. De hecho, la suba del 47% en las asignaciones familiares constituyeron el único anuncio de Macri en el Congreso. Pero Dujovne se preocupa en advertir que ningunos de esos motores keynesianos se van a parecer a los que cimentaron el triunfo en la elección legislativa de 2017.

Los números de la Casa Rosada hablan de una elección con el resultado muy ajustado. En condiciones parecidas a lo que fueron los comicios de 2015. En aquella ocasión, Macri fue segundo en las PASO con poco más del 30% de los votos. Segundo en la primera vuelta con poco más del 37%. Y primero en el ballotage con poco más del 51%, menos de tres puntos por encima de Daniel Scioli. El problema de ir por la reelección con una mejoría económica que recién se comenzaría a percibir después de mitad de año es que, a esa altura, ya se habrán disputado elecciones en nueve provincias. Y que la mayoría, tal vez todas, alumbrarán derrotas para el Frente Cambiemos.

Por eso es que los estrategas del Gobierno han comenzado a evaluar movimientos alternativos que les ayuden a recuperar voluntades de votantes desencantados y sumen al objetivo supremo de la reelección. Uno de esos caminos fue adelantado la semana pasada por el periodista Santiago Fioriti en Clarín. Y es el de abrir una interna presidencial, tal como es el deseo de algunos dirigentes de los socios de la UCR. Hay macristas que abonan la idea de contener la fuga de votos a través de una PASO contra Martín Lousteau. Pero el criterio no es unánime y hay otros funcionarios, como lo expresó públicamente el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, que consideran muy arriesgada una disputa interna que se podría volver salvaje.

El otro experimento electoral bajo estudio es la incorporación a la boleta presidencial de María Eugenia Vidal. Descartada en febrero la posibilidad de desdoblar las elecciones bonaerenses de las nacionales, el equipo estadístico que lidera el consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba incluyó entre sus mediciones la fórmula Macri-Vidal, que ya había rendido frutos en su reelección como jefe de gobierno porteño en el lejano 2011. Aquella vez, una joven María Eugenia había reforzado el perfil social que Macri quería para su segundo mandato en la Ciudad después de los primeros cuatro años junto a Gabriela Michetti. Las circunstancias podrían precipitar ahora un escenario parecido.

Es que la reelección de Macri se va a jugar, en buena medida, en el cordón hostil del Gran Buenos Aires. Allí es donde el Presidente registra hoy sus peores números. Y donde la Gobernadora conserva un 10% más de imagen positiva y de intención de voto. Pero la gigantesca boleta bonaerense de siete cuerpos tendrá a Macri en el extremo izquierdo y a Vidal atrapada en la mitad del papel. ¿Le sumará votos Vidal a Macri o Macri se los restará a Vidal? Esa pregunta lacerante aún no tiene respuesta.

Por eso es que, de ser necesario recurrir al factor Vidal para reforzar las chances del Presidente, volver a juntarlos en una fórmula presidencial podría ser una posibilidad concreta. Quedaría para después quien sería, en ese caso extremo, el reemplazante en la candidatura a gobernador. Se evaluaría a algunos de los ministros bonaerenses y, cuándo no, a la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, que suena seguido para integrar la fórmula presidencial, lo mismo que la porteña y también suena en este enroque todavía experimental.

La que no quiere saber nada con más cambios en la estrategia electoral es la propia Vidal. El viernes hizo un discurso enérgico en la apertura del ciclo legislativo en La Plata, cargado de señales para ir también por la reelección en territorio bonaerense. “No estoy acá para usar a la Provincia como un trampolín de votos”, dijo la Gobernadora, acudiendo al espíritu de Litto Nebbia en aquello de “quien quiera oír que oiga”. Pero ya se sabe. Muchas veces, las necesidades electorales se han llevado como un aluvión a los mejores propósitos.

Mientras Durán Barba y sus muchachos avanzan con su laboratorio de la voluntad argentina, el macrismo más duro se concentra en el minuto a minuto. Y la consigna de estas horas es aprovechar el impacto que el discurso del Presidente en el Congreso pueda lograr en los votantes propios. Amalgamar al seguidor fanático que no se quiebra con la crisis económica y que se conmueve con ese Macri que el viernes salió a torear al peronismo. Un encuestador de los más prudentes recuerda que, durante los días festivos de la Cumbre del G20, Macri subió un repentino 6% en la intención de voto luego de llorar en el palco del Teatro Colón. “Ahora es el momento de retener a los votantes de hace cuatro años; después se verá si hay chances de conseguir algunos más”, reflexiona con crudeza el consultor. Es época de vacas flacas y no es cuestión de andar desperdiciando esfuerzos.

En esa misma línea de consolidar el proyecto de reelección definiendo al kirchnerismo como el adversario preferido, Macri se reunió el viernes con el venezolano Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Legislativa que ha logrado resquebrajar al régimen de Nicolás Maduro. Lo recibió en la Quinta de Olivos; le ofreció el Palacio San Martín para su conferencia de prensa y para poder encontrarse con cientos de compatriotas que habían ido a saludarlo en este momento de definiciones dramáticas para el país sudamericano. El mensaje subliminal es poner a la tragedia venezolana como el espejo de lo que podría ser la Argentina ante la sombra del regreso K.

Algunos de los macristas que cenaron el viernes con Guaidó quedaron sorprendidos por el carisma del hombre que está liderando la cruzada para desalojar a Maduro del poder. El legislador que se autoproclamó presidente se quitó el saco y, en mangas de camisa, se metió entre los dos mil venezolanos que se habían congregado frente al Palacio San Martín para cantar todos juntos el himno de su país. Un rato después compartió la cena con Esteban Bullrich, Cornelia Schmidt Liermann, Eduardo Amadeo, Alejandro Finocchiaro, Jesús Rodríguez, Waldo Wolff, Facundo Suárez Lastra y Fabián Perechodnik, entre otros. A los postres, el canciller Jorge Faurie hizo un brindis por el invitado y se dejó arrastrar por la emoción hasta derramar él también algunas lágrimas.

También es tiempo de emociones para el Presidente. Sensibilidad que se debe haber agrandado anoche al recibir en San Martín de los Andes la noticia de la muerte de su padre. Franco Macri, el hombre con el que mantuvo una relación de primogénito y de distancias, murió a los 88 años en su casa de Palermo Chico. Como le sucedió a Carlos Menem con su hijo en 1995 y a Cristina con Néstor Kirchner en 2011, a Mauricio le toca ahora sobrellevar una pérdida en tiempo de elecciones. Una prueba más en un país que nunca da tregua.

Fernando González

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