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Domingo, 17 Marzo 2019 00:00

De operaciones, enfermedades y sicarios - Por Joaquín Morales Solá

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A veces, las palabras no significan nada. Otras veces significan mucho. Consignemos entonces algunas palabras potencialmente dramáticas.

 

Es habitual en los tribunales escuchar la referencia a una eventual participación de sicarios en el caso que involucra al fiscal Carlos Stornelli. De sicarios que atentarían contra la vida de Stornelli o del juez Claudio Bonadio. Tal vez lo que está viviendo Stornelli se trate solo de otra operación típicamente kirchnerista de distracción para tapar lo que realmente le importa.

Es cierto, sin embargo, que el mundo de la Justicia Federal (y sobre todo el de los fiscales) recuerda que otro fiscal, Alberto Nisman, fue asesinado -según la conclusión de la Justicia argentina- poco después de hacer una explosiva denuncia contra la entonces presidenta Cristina Kirchner. Stornelli soportó en los últimos días, como Nisman en su momento, la exposición pública de su vida, de su hijo, de su exesposa y de su actual pareja. La campaña contra Stornelli es parecida a la de Nisman también cuando acusan al fiscal de la causa de los cuadernos de participar de una vasta e increíble operación internacional para desestabilizar a Cristina. Hay cierta historia en esa analogía.

El kirchnerismo llegó al extremo de crear una causa penal artificial y vacía contra los dueños de Papel Prensa, que son los dos principales diarios independientes del país, nada menos que por inexistentes delitos de lesa humanidad. El juez Julián Ercolini la cerró porque en la causa no había nada.

Sabemos, entonces, que ese sector político se vale de cualquier recurso cuando se cree acorralado. Cristina Kirchner volvió, por ejemplo, a exponer a su hija solo para sacar rédito electoral.

Es cierto que Florencia Kirchner es la que en peor situación judicial está entre los miembros de la exfamilia presidencial porque es la única que no tiene fueros. Es probable, como dice su madre, que esté atravesando por un exceso de estrés, pero fueron sus padres los que la expusieron cuando la nombraron en el directorio de empresas creadas para lavar dinero. Su madre le entregó casi cinco millones de dólares que Florencia Kirchner guardó en una caja de seguridad de un banco hasta que la Justicia los encontró. Adujeron que era parte de la herencia del padre muerto.

Otra pregunta es necesaria entonces: ¿de dónde sacó Néstor Kirchner semejante fortuna, que es solo una parte porque tiene dos herederos más? ¿De dónde, si él fue un abogado de pueblo hasta que en 1987 se dedicó a la función pública como intendente, gobernador y presidente? No son Bonadio ni Macri los responsables de las desventuras de Florencia Kirchner y mucho menos de que esta haya sido expuesta en las redes sociales como lo fue. Esto lo hizo su madre en un acto tan político como teatral.

Una certeza que se instaló en la Justicia es que el kirchnerismo (llámese Cristina o Julio De Vido o Roberto Baratta) cuenta con importantes recursos en efectivo. Uno de los abogados de Cristina habría cobrado siete millones de dólares de honorarios por su defensa. Tanto Carolina Pochetti, la viuda del exsecretario privado de Kirchner, Daniel Muñoz, como el histórico contador de la familia Kirchner, Víctor Manzanares, aseguraron ante la Justicia que el juez Luis Rodríguez recibió entre ocho y diez millones de dólares para cerrar una causa por enriquecimiento ilícito. Muchos de los que participaron en la operación que lideró Marcelo D'Alessio pertenecieron a los servicios de inteligencia comandados por Oscar Parrilli y César Milani. No son fanáticos del cristinismo, sino profesionales. El trabajo que hacen también cuesta mucho dinero.

Cristina Kirchner sigue teniendo, a pesar de todo, privilegios propios de los que integran una casta superior. La Justicia le permitió viajar al exterior a pesar de que tiene dos pedidos de prisión preventiva, uno de ellos confirmado por la Corte Suprema cuando este tribunal se negó a tratar una apelación de la expresidenta.

No está en prisión solo porque la protegen los fueros. No hay muchos casos en la historia (si es que hay otros) en los que un procesado con prisión preventiva haya sido autorizado a salir del país.

El juez federal de Dolores, Alejo Ramos Padilla, está muy cerca del cristinismo. Hizo de los chats y audios de un mitómano, D'Alessio, un alegato contra Stornelli, y ventiló esa causa en una comisión de la Cámara de Diputados. Si Bonadio hubiera llevado la causa de los cuadernos a una sesión pública en el Congreso ya lo habrían apartado de esa investigación por prejuzgamiento y manifiesta parcialidad. Bonadio no lo haría jamás. Es un juez clásico, no un militante. Solo el viernes el Gobierno decidió pedir el juicio político de Ramos Padilla. Era hora.

La comisión a la que fue Ramos Padilla es la de Libertad de Prensa y la preside el hipercristinista Leopoldo Moreau. Decir al mismo tiempo libertad de prensa y Moreau es más que una contradicción; es un oxímoron. Diputados macristas y del peronismo alternativo son responsables de que una comisión significativa para la existencia de las libertades públicas haya caído en semejantes manos.

La función esencial de las comisiones es más importante que el equilibrio de fuerzas parlamentario. Lo único que tiene Ramos Padilla son las mentiras constantes de D'Alessio y sus atajos para dejar supuesta constancia de inverosímiles complicidades. Son habituales en sus chats, por ejemplo, que hable de cosas que hizo con el agregado "como me dijiste". Lo hizo con Stornelli y también con la diputada de la Coalición Cívica Paula Oliveto. Ni Stornelli ni Oliveto le habían dicho nada. No hay constancia de ello. Ni tampoco respondieron esos mensajes.

Ramos Padilla ni siquiera tuvo en cuenta dos datos por lo menos llamativos. Todo comenzó cuando D'Alessio le dijo al empresario agropecuario Pedro Etchebest que Stornelli pedía 300.000 dólares para sacarlo de la causa de los cuadernos.

No solo Etchebest no figuró nunca en esa causa, sino que D'Alessio y Etchebest llegaron juntos a Pinamar, donde se hizo la ficcional extorsión, y se fueron también juntos. Extorsionado y extorsionador andaban en alegre excursión veraniega por las playas. El otro caso es el del venezolano Gonzalo Drusa Dovat, un exfuncionario de Pdvsa en la Argentina, quien, según Ramos Padilla, también fue extorsionado por D'Alessio y Stornelli. La verdad es otra. D'Alessio le prometió a Stornelli que le llevaría un arrepentido de Pdvsa. Drusa Dovat no fue nunca un arrepentido, porque Stornelli no lo aceptó como tal. Fue un denunciante, que es otra cosa. Así figura en la denuncia que hizo en la Justicia y que fue firmada por el fiscal Franco Piccardi, no por Stornelli. Esa denuncia fue sorteada por fuera de la causa de los cuadernos.

D'Alessio se presentaba como agente de la DEA, la agencia norteamericana dedicada a la lucha contra el narcotráfico. El jueves pasado la embajada norteamericana lo desmintió otra vez, ya formalmente. D'Alessio hizo una denuncia ante Stornelli, pero no como agente de la DEA, sino como exfuncionario de Enarsa en tiempos de Cristina Kirchner. Lo único cierto en la historia de D'Alessio es que fue funcionario de la expresidenta.

Cristina, Ramos Padilla y Moreau tomaron las mentiras de D'Alessio sobre su pertenencia a la DEA para contar una conspiración internacional que incluye -cómo no- al gobierno norteamericano. Al mismo tiempo, Cristina decidió poner a su hija en manos de médicos cubanos como una profesión de fe revolucionaria. La medicina argentina, sobre todo a la que Cristina y su hija pueden acceder, es mucho mejor que la cubana. Valía el mensaje más que la salud de Florencia Kirchner. ¿Quién usa a quién?

Joaquín Morales Solá

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