Jueves, 11 Abril 2019 00:00

Macri no es Cristina - Por Sergio Crivelli

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Si el proceso electoral sigue por su actual camino en octubre se medirán no sólo dos candidatos, el Presidente y la ex mandataria, sino dos maneras de ejercer la democracia.

 

Las elecciones de Neuquén y Río Negro mostraron un fenómeno claro: donde hay partidos provinciales que permiten eludir la polarización los votantes los apoyan mayoritariamente. Pero para la elección presidencial no existe esa salida. Hasta ahora todo indica que deberán optar por Mauricio Macri o Cristina Kirchner. Los candidatos alternativos no consiguen levantar vuelo.

Aunque las simplificaciones suelen ser falaces, dos Argentinas medirán fuerzas en octubre. Una, representada por la ex presidenta que tiene un respaldo estimado de entre el 30 y el 40% del padrón. Otra, representada por el presidente, que llegó al 51% en 2015 y hoy con suerte está 10 puntos más abajo.

La identidad del kirchnerismo está ligada a una forma de democracia rudimentaria. La que se usa para elegir jefes y delegarles el poder. La otra, la de los países más desarrollados, es un mecanismo para tomar decisiones en forma colectiva. Cuando se repite que nadie recuerda quién gobierna, por ejemplo, Bélgica, se está describiendo tácitamente la segunda forma de democracia en la que lo que importa es el sistema y no los caudillos.

La democracia personalista tiene rasgos que encajan perfectamente no sólo en los gobiernos kirchneristas, sino también en la larga tradición autoritaria del país. Rechazan la alternancia en el poder (re-re-re-rereelección), reducen el Congreso y la Justicia a dependencias del Poder Ejecutivo, no toleran la libertad de prensa, ni el pluralismo. Que, además, sean intervencionistas en materia económica es un hecho que está más allá de la economía y forma parte de la idea básica de los regímenes autoritarios: controlar todas las esferas de la actividad social para conservar el poder.

Controlar tanto el poder institucional como "la calle", lo que en estas tierras suele estar a cargo de sindicalistas y piqueteros con capuchas y garrotes.

Durante medio siglo de inestabilidad institucional no pudo ser medido el respaldo que tenían los gobiernos de fuerza, pero los 36 años posteriores en los que se votó de manera ininterrumpida arrojaron luz a cerca de los comportamientos electorales. Se estima que cerca del 30% de la sociedad no condena el autoritarismo, ni rechaza la cultura del apriete. Es ese el sector que aparece en las encuestas apoyando a la ex presidenta con una constancia de hierro. ¿Por qué? Porque la ex presidenta tiene un perfil que le permite identificarse con ella. Sabe lo que hará en el poder y confía en ella.

¿Cuál es, en cambio, la identidad de Macri? Ese es el problema del presidente. No es un líder en el sentido tradicional. Consulta a sus dirigidos, negocia con los aliados y acuerda con la oposición. Más allá de los actuales problemas de la economía, hay un muy amplio porcentaje de votantes que rechaza esa forma de conducción. Pero el liderazgo caudillista presenta un problema: genera un alto grado de conflictividad. Y por esa grieta, la verdadera grieta, es la que se cuela la chance de Macri, que no tiene otros atributos que los que se oponen al autoritarismo. Por eso a pesar de la inflación, los saltos del dólar y el pesimismo muy extendido todavía puede ganar en octubre. Porque lo que lo identifica es que no es Cristina. Con eso, por ahora, le alcanza.

Sergio Crivelli  
Twitter: @CrivelliSergio

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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