Imprimir esta página
Viernes, 12 Abril 2019 00:00

Chupetines de madera: Macri, los súper y el bastardeo de la palabra consenso - Por Hugo Grimaldi

Escrito por 
Valora este artículo
(2 votos)

Los chilenos de Cencosud administran en total 895 locales del rubro supermercado en cinco países de la región (Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Perú), de los cuales unos 290 operan aquí bajo tres marcas diferentes (Jumbo, Disco y Vea). Por su parte, los franceses de Carrefour suman en el país 180 locales en varios formatos, mientras que disponen de otras 400 bocas distribuidas en la geografía brasileña. En tanto, la estadounidense Walmart también tiene presencia en la Argentina, Brasil y Chile, pero también en México, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua.

 

Para los prejuicios argentinos, regados por años y años de bajadas de línea sobre la maldad intrínseca de las empresas, todas estas cadenas multinacionales son uno de los promotores principales de la suba constante de los precios, debido a su reprochable avidez por el lucro. Así lo cree el grueso de la población y, por lo tanto, eso potencia el seguidismo de la clase política que, para evitar contrastes electorales, supone que hay que darle a la gente lo que la gente quiere: en este caso controles y congelamientos, pese a que la historia demuestra que nunca sirvieron.

Para que todo el mito de la remarcación constante dedicada sibilinamente a perjudicar a los consumidores caiga por su propio peso y se demuestre que la raíz del problema está en otro lado, es pertinente comparar las proyecciones inflacionarias de todos los países nombrados. Por ejemplo, el FMI calcula para este año que la Argentina tendrá una inflación promedio de 43,7% mientras que a Brasil le asigna una suba de precios de 3,6%; a Chile 2,3%; a Colombia 3,2%; a México 4,9%; a Perú 1,3% y al bloque de América Central, en promedio, 3,3%.

El contraste es bien nítido y genera tristeza debido a la naturalización del problema que han hecho los argentinos: suben los precios, la culpa es de los súper. Naturalización contra natura, podría decirse, ya que parece que no hay quien quiera cambiar de receta. En el listado de países se observa que todos sin excepción se manejarán este año con inflación de un solo dígito, salvo la Argentina. La media de los últimos 80 años (sacando las hiperinflaciones) estuvo por encima de 60%, dijo Mauricio Macri esta semana en la cena del Cippec. Lo cierto es que con valores de inflación como los actuales, se han empezado a perder todas las referencias, algo que invariablemente sucede cuando los precios se desmadran y se comienza a calcular al centavo el costo de reposición de la mercadería. Esto ocurre y hay componentes impositivos y costos de logística que se trasladan inevitablemente.

Pese a este dato objetivo de la realidad de una inflación que galopa y que afecta tanto al kiosquito como a los almacenes de barrio, parece ser entonces que en el único lugar de la región donde los supermercados se han confabulado para ganar plata a costa de los consumidores es en la Argentina, país donde se esconden las ofertas en la parte de abajo de las góndolas o se exhiben los precios con letras microscópicas. Radicales, peronistas, Elisa Carrió y toda la izquierda sienten que definitivamente es así y el Gobierno parece que se ha allanado a conceder lo que dice aborrecer. En tiempos de fiera recesión, como la actual, lo que menos necesita un comercio es perder clientes, por lo que las acusaciones sobre el capitalismo desalmado de los súper tienen, sin dudas, un claro componente ideológico.

Justamente, este último concepto lleva a discutir otro término de moda en la política de entre casa: el consenso, término que está siendo demasiado manoseado por estas horas. Está más que claro que, cuando la ideología cerrada manda, el consenso se repliega por definición, ya que como se basa en la lógica de pensar y argumentar no deja lugar para cerrazones ni tampoco para intolerancias. Y como se trata de la "aprobación de todos", aunque haya que dejar en el medio algunas líneas de acción basadas en principios, se debe aprobar cediendo. En este sentido, como alumnos disciplinados de la rigidez de Cristina Fernández, el kirchnerismo en especial, pero también Macri y Roberto Lavagna se muestran todos más que flojos de papeles.

El desbarajuste que pretendieron hacer la semana anterior los diputados de todo el espectro peronista, quienes se unieron para intentar votar leyes descolgadas y demagógicas (como anular los aumentos de tarifas, por ejemplo), proyectos que sabían que no iban a pasar debido al Reglamento de los dos tercios que exige una sesión especial (leyes que, porque destrozaban el Presupuesto y el acuerdo con el FMI, si se aprobaban iban a ir camino al veto), se inscribe en la picaresca opositora de embretar al oficialismo, pero también en la cerrazón de las ideologías.

Los consentimientos que dominan los acuerdos requieren dejar de lado también -total o parcialmente- las subjetividades y, sobre todo, las vanidades y las intolerancias (o ambos desbordes), ya que los consensos llevan implícitos una característica fundamental: no se debe avasallar la opinión de quienes quedan en minoría y se allanan a tomar el camino acuerdista. Uno de los motivos por los cuáles el actual gobierno se ha malquistado con la Iglesia es porque Macri no cree en los acuerdos generales, tema que han propiciado siempre los obispos acicateados por el papa Francisco, ya que considera que terminan no cumpliéndose. Hay también bastantes ejemplos al respecto en la Argentina, aunque todos -casi por inusual- se empeñan en recordar lo importante que fue la Mesa del Diálogo Argentino de fines de 2001, que sirvió para mitigar bastante el tobogán posconvertibilidad.

En el caso de las concesiones que parece que la Casa Rosada hará a los gobernadores de Cambiemos, radicales del interior y PRO puros de la provincia de Buenos Aires y de la CABA, la cosa en mucho menos dramática, pero está teñida por la necesidad de mostrar acción camino a las elecciones. La UCR tiene un lío interno bastante descomunal y para salvar la coalición le han pedido apoyo al Presidente, quien podría mostrarse amplio en este caso. Ya se verá si esa actitud será catalogada como sincera y si a él le sirve para atenuar la caída en las encuestas o si por derecha se la interpreta como que queda debilitado en materia de convicciones.

El clamor del "hagan algo" expresado por aquel obrero que le pidió a Macri una soga salvadora, necesariamente se va a contraponer a la hora del análisis con lo que parece ser su pensamiento más ortodoxo, el que le planteó a los empresarios en el Cippec: "entramos a una crisis con un conjunto de reglas y estamos empezando a salir de la crisis habiendo respetado esas reglas". Lo mismo piensa Marcos Peña y así se lo dijo el miércoles a los diputados en medio de un calamitoso tironeo verbal y también otros miembros del Gobierno (Gustavo Lopetegui, Dante Sica, Miguel Braun y Nicolás Dujovne, entre otros).

Pues bien, con este camino de retorno a las viejas prácticas la regla de los no controles de precios –se llame como se llame- podría ser vulnerada total o parcialmente pese a lo que dijo Macri, salvo que todo sea un chupetín de madera destinado a contentar a los radicales. "Espolvoreado con azúcar impalpable" seguramente podría agregar el inefable Jorge Asís, si se la agregan al caramelo otros incentivos al consumo, créditos más baratos o tarifas aplanadas.

Por último, Lavagna también tiene su karma personal al haber invocado el consenso como idea-fuerza para montar su "protocandidatura". Ya no le alcanza con haber afirmado que lo "malinterpretaron" (siempre es mejor que decir que la prensa lo sacó de contexto) a la hora de clarificar por qué no tenía intención de competir dentro del peronismo y que lo hacía en resguardo de eventuales socios de otro palo. Lo cierto es que casi todos los referentes de Alternativa Federal hablan de las PASO y que él dijo más de una vez sin ambigüedades que "si no hay consenso no me interesa la candidatura". Esta cuasisoledad había dejado al ex ministro de Economía demasiado expuesto puertas adentro, pero también en cierto offside ante la opinión pública. Este será otro caso para ver si la cerrazón de los principios le termina ganando o no a un eventual acuerdo.

Más allá de las advertencias de Christine Lagarde al gobierno que siga al actual, los desembolsos del Fondo Monetario siguen llegando y junto al comienzo de la liquidación de divisas de los exportadores hay una suerte de pax cambiaria. El punto a observar por estos días es la suba del riesgo-país, cuyos ingredientes económicos atienden a la inflación, pero sobre todo al nivel de actividad y al costado macro (menores ingresos fiscales que desdibujan un probable déficit primario cero), a componentes financieros (eventual dolarización de carteras) y esencialmente al llamado riesgo político, para saber si las elecciones serán una bisagra en cuanto a que se pondrán sobre la mesa dos esquemas del estilo agua y aceite: la versión light del esquema que más le gusta al mercado, el de Cambiemos o la vuelta al modelo histórico, sin que hoy se pueda excluir la probabilidad de un retorno del populismo más furioso.

Resulta paradójico que con el castigo que se le hace a la Argentina desde lo financiero, sean los mercados quienes propician que se instale un sistema que lo desprecia y que supone y transmite, como con los supermercados, que los bancos ganan demasiada plata y que todo se trata de intermediación parasitaria a la que hay que castigar con más impuestos. Prejuicios ideológicos y con ellos no hay consenso que se pueda intentar.

Hugo Grimaldi

Visto 218 veces
Hugo E. Grimaldi

Latest from Hugo E. Grimaldi

We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…