Domingo, 28 Abril 2019 00:00

El dilema de Cristina está en Cuba - Por Eduardo van der Kooy

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No hay unificación de las causas de Los Sauces y Hotesur. En ambas está procesada y embargada Florencia Kirchner.

 

Se adjudica a Cristina Fernández, con su silencio, escapadas a Cuba y el afianzamiento en las encuestas, una incidencia relevante en la incertidumbre electoral que profundizó de nuevo la volatilidad cambiaria en la Argentina. Dólar trepando y riesgo país también. Puede ser que aquella incidencia sea real. Pero tiende a simplificar la gravedad de una crisis que nuestro país arrastra hace décadas. A la cual los presidentes de la democracia nunca le buscaron solución de fondo: optaron por enmiendas para sortear los desafíos de poder.

La emergencia actual, amén de lo que la ex presidenta representa en el imaginario político, está nutrida por otros factores. Desde que debió enterrar el gradualismo, jaqueado por los mercados, Mauricio Macri empezó a perder credibilidad interna y externa. Esa situación colocó en superficie debilidades en Cambiemos. El Presidente se vio impelido a adoptar medidas para intentar frenar a la inflación y detener el descontento social.

La oposición más consolidada, el kirchnerismo, apuesta a que la crisis socave hasta el final las posibilidades reeleccionistas de Macri. Se trata de una apuesta temeraria. Pero es la receta que le calza. Quizás no haya sido una casualidad que entre el racimo de párrafos que Cristina dejó divulgar sobre su libro “Sinceramente” figuró uno llamativo: asoció al Presidente con el caos; instó a la necesidad perentoria de reinstaurar el orden en el país. En el primer caso, olvidó su calvario del verano del 2014 cuando una corrida cambiaria (con cepo vigente y riesgo país por encima de 1000 puntos) forzó un apoyo político público del Papa Francisco. En el segundo caso, se trataría de un concepto que poco tiene que ver con ella misma y con el catecismo progresista.

El resto de la oposición (Roberto Lavagna, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y los demás mandatarios pejotistas) continúa sumergido en la indefinición sin encontrar acuerdos para la construcción de una oferta electoral que prescinda tanto de Macri como de Cristina. Todos en conjunto, de la mano del Gobierno y el kirchnerismo, se entretienen con el turno electoral sin explicar cómo podrá seguir la historia, económica y política, a partir del 2020. La descripción, tal vez, ayuda a comprender los motivos de la extrema desconfianza que la Argentina genera en el mundo.

En aquella desconfianza participan, sin dudas, el Poder Judicial y el Congreso.

Carlos Menem tuvo una condena de siete años de prisión por el tráfico de armas a Croacia y Ecuador. Nunca la cumplió amparado en sus fueros. En 2018, veintitrés años después de iniciada la causa, la Cámara de Casación Penal resolvió absolverlo. También el Tribunal Oral Federal 3 absolvió en 2013 –luego de 13 años de iniciada la investigación—a Fernando de la Rúa por el supuesto pago de coimas en el Senado para aprobar una ley laboral. En Perú existen cuatro presidentes encarcelados por corrupción (Alberto Fujimori, Ollanta Humala, Alejandro Toledo y Pablo Kuczynski). Alan García se suicidó días pasados cuando iban a detenerlo por el caso Odebrecht Lula sigue preso en Brasil, aunque un tribunal le achicó la condena. En Uruguay, el vicepresidente de Tabaré Vázquez, Raúl Sendic, debió renunciar en 2017 por un gasto personal que había realizado con su tarjeta corporativa. El fin de semana pasado, en un plenario del Frente Amplio, el ministro de Economía Danilo Astori, hombre clave desde que la coalición de izquierda está en el poder, hizo una reflexión envidiable: “No hay corrupción grande o pequeña. Hay simplemente corrupción. A nosotros también nos llegó”, arengó.

Cristina recibió la mala noticia que su primer juicio oral y público comenzará el 21 de mayo. Responde a los favores de obra pública que le hizo a Lázaro Báez. Esa novedad será un incordio en medio de la campaña. Pero no se conocerá ninguna definición durante este año. El otro dato ingrato para la ex presidenta fue el rechazo a que las causas de Hotesur y Los Sauces puedan unificarse. En ambas radica la sospecha por lavado de dinero. Está implicada toda la familia Kirchner. Sus hijos Máximo, con fuero de diputado, y su hija Florencia, sin ninguna protección.

Ese representa el mayor problema que enfrenta ahora Cristina. Que, en parte, la obliga a distraer esfuerzos de las decisiones electorales. También le coarta la remota posibilidad de su prescindencia en octubre. Sólo retomando el poder y el Gobierno podría ensayar el salvataje de Florencia, procesada y embargada en aquel par de causas. Tal realidad, explica la premura con que la ex presidenta debió viajar el sábado 20 a La Habana, privándose de asistir el sepelio de su madre, Ofelia Wilhelm, fallecida un día antes.

¿Por qué semejante premura? ¿Por qué no postergar aquel viaje siquiera un día? Su primera excursión, ni bien se supo de la enfermedad de Florencia, habría estado cargada de trastornos y sinsabores. Antes personales que políticos. Las autoridades cubanas le dispensaron casi el trato de una reina. Diferentes habrían resultado los momentos que pudo compartir con su hija.

Florencia, de acuerdo con fuentes inmejorables, se encuentra bastante recuperada y con poco ánimo de permanecer mucho tiempo más en la isla. Pero no existe otro reaseguro, por el momento, para garantizar su libertad. Cualquier cambio de residencia podría colocarla en peligro.

La joven habría hecho a su madre, durante el primer encuentro, reproches por la situación judicial en que se encuentra. Como si hubiera sido víctima de alguna maniobra familiar. Por caso: esos U$S5 millones hallados por el juez Julián Ercolini en la caja de seguridad de un banco sobre los cuales había sido confusamente anoticiada. Ella explicó en su tiempo que formaban parte de la herencia recibida de su padre. Florencia está procesada, igual que su madre y su hermano, como integrante de una asociación ilícita que funcionó entre mayo del 2003 y diciembre del 2016. Pero fue Cristina quien la incluyó como accionista de las empresas familiares después de la muerte de Néstor Kirchner, en 2010. Tenía por entonces 19 años.

La Justicia, pese a todo, realizó constataciones. Florencia aprobó los balances económicos de Hotesur desde el momento que integró su directorio. A través de Los Sauces adquirió el departamento en el barrio de Constitución, donde suele vivir cuando está en el país. Los jueces también han verificado que los fondos con que funcionaban aquellas sociedades provenían de los obligados retornos ilícitos de Báez, como beneficiario de la obra pública.

Cristina pretende como prioridad recomponer el vínculo con su hija. En su libro revela que la política nunca ayudó a esa relación. Quiere hacerle comprender que la única manera de salir del atolladero consiste en la chance de presentarse como candidata y ganar. Un abanico se abre por las dudas: Máximo tuvo encuentros a solas con la mayoría de los precandidatos que se anotaron en la competencia ante la eventual ausencia de la ex presidenta. El eje de las conversaciones fue siempre el mismo: conocer como harían para esterilizar la trama judicial que compromete a su familia por causas de corrupción.

El Gobierno ha dejado de observar ese espectáculo con fruición. Como lo hacía antes. Por dos motivos: el crecimiento de Cristina en las encuestas; las vacilaciones acerca de una polarización que siembra más temor en los mercados y corroe la reelección de Macri. El macrismo se cebó con el juego electoral y le adjudicó siempre una infalibilidad que ya no tendría. Tampoco el silencio de la ex presidenta podría explicar la nueva volatilidad. La cronología, en ese aspecto, resulta concreta: la crisis comenzó hace un año, fue combatida con ajustes monetarios y tasas de interés, luego se recurrió al apuntalamiento del Fondo Monetario Internacional. Se repitieron los respaldos y se hicieron dos correcciones al programa pactado con el organismo internacional. En ningún caso fue posible disipar definitivamente la tormenta.

En las horas afiebradas de la semana que pasó el macrismo apeló a otras interpretaciones. Que ex funcionarios kirchneristas habían sostenido reuniones con fondos de inversión en el exterior y diseminado pronósticos de catástrofe.

Es cierto que el ex viceministro de Economía, Emanuel Álvarez Agis, pasó por Nueva York. Pero repitió que en ningún caso la Argentina podría pensar a futuro en un default. Habría que cumplir con la deuda contraída. Álvarez Agis avaló sus palabras con un gesto: rechazó una oferta de Nicolás Maduro para formar parte de un equipo que diseñe un programa económico de rescate. Venezuela sería hoy políticamente irrescatable, al entender del economista.

La volatilidad financiera podría empezar a producir daños en la última carta que apostó el Presidente. La suba del dólar volvería a tener impacto sobre la inflación. El programa de precios cuidados y de fomento al consumo estaría en riesgo. Porque los empresarios no podrían cumplir quizás con las promesas establecidas. El dilema se plantea cuando restan poco más de cien días para las PASO.

La incertidumbre permitió tomar vuelo a conjeturas impensadas. Que Macri resigne su candidatura a favor de María Eugenia Vidal. ¿Cómo ademán de qué? Sólo de fragilidad. ¿El viraje sosegaría a los mercados? Improbable. La teoría fue acicateada por sectores empresarios. El círculo rojo, según la jerga presidencial. Julio Crivelli lo hizo explícito. Es el titular de la Cámara de la Construcción cuyo ex titular, Carlos Wagner, permanece detenido por el escándalo de los “cuadernos de las coimas”. ¿Pura casualidad?


Eduardo van der Kooy

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