Domingo, 05 Mayo 2019 00:00

Ensayo del nuevo acuerdo fue ante banqueros en Nueva York - Por Ignacio Zuleta

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Consensos. En los Estados Unidos, se exhibieron algunas coincidencias básicas, con diferencias metodológicas. Los errores de un exceso de victorias. Una visita para abrevar en otros acuerdos. Un libro no es un voto.

 

El ensayo del acuerdo, con ropa y luces, ocurrió en un hotel de Nueva York el pasado miércoles 1° de mayo. Antes del estreno, como en el Colón. Lo interpretaron representantes del oficialismo y de la oposición del Congreso más de 200 representantes de fondos de inversión y bancos, con intereses pasados, presentes o futuros en la Argentina, asistentes a la 9ª Annual Latin American Conference del BBVA. Federico Pinedo, senador Pro, y los diputados Luciano Laspina (presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda) y Marco Lavagna (del Frente Renovador) dieron las pruebas de que el país tiene algún futuro, porque más del 50% de la representación parlamentaria vive en el planeta de los normales, y no está comprometida con el apocalipsis cristinista. “Les basta con escuchar eso”, dice el ministro del Gabinete encargado de juntar cabezas para la foto de los 10 puntos.

En los Estados Unidos escuchar a un “congressman” es otra cosa, si se lo compara con la Argentina, en donde el Poder Legislativo tiene mucho menos prestigio. Allá, ser diputado o senador abre puertas, acá las cierra. Por eso lo que expuso este trío mejoró notablemente la música de los informes reservados que les llegan a los inversores, sobre las perspectivas ante el escenario electoral. Pinedo describió los “technicals” políticos de la Argentina – Cambiemos y su minoría electoral, el cúmulo de leyes logradas por negociación, reformas para eliminar el déficit en las provincias, y bajarlo en la administración nacional, reforma impositiva, consensos fiscales, etcétera.

Cuando terminó de exponer, le dio el micrófono a Laspina y a Lavagna para que completasen, desde su perspectiva, el escenario futuro. Lavagna dijo que el Gobierno y su partido podían coincidir en los objetivos de baja del gasto, reformas institucionales, el respeto de los compromisos internacionales en el concepto o en el largo plazo, pero que él era opositor porque disiente en cómo hacerlo y rechaza el método que aplica este Gobierno para llegar a esos objetivos. Sin decirlo, y quizás sin conocer los 10 puntos de Frigerio-Pichetto, se mantuvo en los lineamientos de ese documento, que no son muy distintos a los que Roberto Lavagna expone en sus reuniones con otros dirigentes.

Cuánto suman 1+1 en política

Laspina describió, como era esperable, la solidez del método político de Cambiemos para lograr las leyes que había expuesto Pinedo. Venía de hablar en la escuela Kennedy de Administración en Harvard, sobre las dificultades para salir del populismo, y concentró el pronóstico en una realidad actual y futura, después del 10 de diciembre, gane quien gane las elecciones. Ningún sector tendrá mayoría en el Congreso en 2020. Esto obligará a extremar esfuerzos para consensuar reformas, pero también es un freno a bandazos extremos, cualquiera sea el resultado.

“Electoralmente hablando —ironizó— 1 + 1 no es igual a 2, pero parlamentariamente, 1 + 1 es igual a 2 y sirve para juntar los 2/3 para frenar locuras y para gobernar”. Completó el rap con la idea de que hay que mirar los cimientos y no tanto el techo del proceso argentino. Los cambios que se hicieron con el acuerdo opositor dieron a entender, permiten mirar hacia adelante y, además, son la condición para poder enfrentar la crisis actual, que sería imposible de remediar sin las reformas que se alcanzaron desde 2015. “Estos 4 años —dijo— fueron de una dolorosa transición, pero: a) las cuentas públicas consolidadas pasaron de -8% a -3% del PBI; b) se completó el 80% del ajuste de precios relativos; c) el déficit de Cuenta Corriente pasó de -5% del PBI a -1,5%; d) el tipo de cambio real está en niveles muy competitivos. “Un acuerdo —dijo— obliga a extremar esfuerzos para consensuar reformas, pero también es un freno a bandazos extremos, gane quien gane. Soy muy optimista para 2020 si se sostiene el rumbo. Están dadas todas las condiciones para una estabilización exitosa de la economía que consiga bajar la inflación y recuperar el crecimiento”.

Las ventajas de la política anticíclica y la angurria del político

El manual de la política empírica aconseja hacer política contracíclica, no sólo economía contracíclica. En formato criollo significa abrir el juego a los otros en la bonanza y cerrarse, en todo caso, en la malaria. La angurria lleva a muchos a ser mezquinos cuando va todo bien —elecciones exitosas de 2017— y a abrir las tranqueras cuando aprieta el zapato. El riesgo es que, cuando te va mal, abrís la compuerta y en lugar de entrar alguien, alguno aprovecha para escaparse. Es lo que sufre el Gobierno en este revival del ala acuerdista. También es lo que debió hacer en 2015 y 2017, para afirmarse en una plataforma que asegurase el futuro.

Pero el azufre de los fuegos de artificio para festejar la buena elección legislativa les quitó lucidez. Aceleraron el acoso a los jefes legislativos Emilio Monzó y Nicolás Massot. Dinamitaron el programa con metas de inflación, apenas una semana después del ingreso de la nueva legislatura — 28 de diciembre de ese año. Se pusieron en tal debilidad que en seis meses se habían peleado con Carrió y con los radicales por la política energética, y Macri perdió a los tres funcionarios más cercanos a su corazón y su cerebro, que eran Juan José Aranguren, Jorge Triaca y Federico Sturzenegger. Macri pagó caro: le ganaron la pulseada de las tarifas, debió acomodar sus relaciones con Carrió —heridas por la reforma previsional y el blanqueo— y perdió su principal activo, que era la capacidad de sacar desde la minoría legislativa, leyes que en otros escenarios hubieran necesitado de una mayoría absoluta.

Lecciones del acuerdismo en Olivos

Para revisar el manual sirve la experiencia ajena, por ejemplo, pasando una hora con Felipe González en Olivos, adonde llegó el ex premier español el jueves a la hora de la siesta. Fue acompañado de su mujer, a quien atendió Juliana Awada mientras los maridos se encerraron a hablar durante una hora. Felipe pasa estos días en el país en una gira que lo reúne con empresarios y políticos, y ha sido testigo de todas las transiciones argentinas. Adelantó un día el arribo al país para poder estar con Macri, en una cita que preparó el embajador Ramón Puerta, que también estuvo en Olivos pero que no participó de la reunión. Puerta fue presidente entre el 21 y el 23 de diciembre de 2001 y protagonizó un encuentro con Felipe, que había venido a verlo a Fernando de la Rúa. Puerta ingresó uno de esos breves días al despacho presidencial y se encontró con Felipe en la puerta de la oficina, junto a Carlos Bulgheroni. “Vengo a verlo a De la Rúa”, se presentó. “El presidente soy yo”, le respondió el misionero. Felipe es un teórico y un practicante del acuerdismo. Gastó el lema “pacto de la Moncloa”, que ya nadie se acuerda qué fue, y lo suelen aplicar hasta para resolver matrimonios.

Por eso habla de “gobernanza”, palabreja que hacen circular las traducciones (governance) en documentos de negocios. Padrino del PSOE, ganador de las elecciones en España el domingo pasado, no lo es del futuro premier, Pedro Sánchez. En sus cuentos sobre esas elecciones, destaca que no participó de la campaña nacional, pero que los jefes regionales del socialismo lo invitaron más de lo habitual a actos, seguramente para beneficiarse del aura legendaria de su figura de “jarrón chino”. Felipe describió con crueldad, a poco de salir del gobierno en 1996, a los exmandatarios: «Son como grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños. Se supone que tienen valor y nadie se atreve a tirarlos a la basura, pero en realidad estorban en todas partes». Estos cuentos de antaño le fascinan a Macri, quien entró a la política bajo el consejo de otro jarrón chino, José María Aznar, quien le dijo: “Hagan como nosotros, junten todo lo que está a la derecha de la izquierda”.

La obsesión por el marketing los marea a todos

​ Nadie puede decir a esta altura cuál será la suerte de este envión terminal por el acuerdismo. Los delegados de uno y otro lado renovaron títulos, pero la coreografía no ayuda. La idea de hacer algo para arrinconar al peronismo del bloqueo —el cristinismo—, navegaba sin luces hasta el jueves, y todos se medían la ropa para la foto, o discutían hacia adentro si aceptar o no hablar con el Gobierno.

La filtración a la prensa esa tarde, se la atribuye el Gobierno a alguno de los interlocutores de la oposición, que quisieron sacar ventaja de la fragilidad de la situación. Este desmanejo del marketing del acuerdo de los 10 puntos expone al Gobierno al riesgo de que, si no termina en algo solvente, lo debilite todavía más.

El marketing angustia más que nunca a las partes en juego. El cristinismo no termina de saber si los miles de ejemplares del libro de campaña que firma Cristina se traducirán en votos. Es un producto para la militancia propia que busca mejorar el perfil en el padrón del voto urbano —libros, no alpargatas— pero vender 200 mil libros no equivale a 200 mil votos a favor, y si fuera así no alcanzan para cambiar la historia. Del otro lado, el propio Macri validó la divulgación de la foto del lunes, que se emitió desde el comedor de la casa de Cristian Ritondo, con la mesa ampliada de conducción del Pro. ¿Había que festejar algo? No, fue una instrucción de Olivos de mostrarlos juntos a Peña, Larreta, Vidal y sus amigos, para disipar el envión descalificador que había culminado con el almuerzo del CICYP en el Alvear, que parecía coronar una eventual candidatura de María Eugenia. Olivos cree que esa maniobra es un ataque desde dos flancos. Uno, el que animan empresarios y políticos aterrorizados por un eventual triunfo cristinista, y que pide que el Gobierno ponga a Vidal en el juego, porque la presumen más popular que Mauricio. Otro flanco es la oposición, que goza con el meneo del Plan V, que busca directamente devaluarlo a Macri como candidato, cuando es el único —de todos los partidos— que está en carrera antes que todos, y desde hace un año.


Ignacio Zuleta

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