Miércoles, 08 Mayo 2019 00:00

El humo que cubre el acuerdo político - Por Eduardo van der Kooy

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Sergio Massa es ahora el más inflexible. Cumple con los consejos: hora de atacar a Mauricio Macri, no a Cristina Kirchner.

 

El debate sobre el presunto acuerdo político en la Argentina está sirviendo para dejar al desnudo varias cosas. Plantea, al mismo tiempo, una serie de interrogantes cuyas respuestas no pueden ser por ahora certeras. En todo caso, la combinación de ambas situaciones ayuda a explicar la dimensión de la crisis y la incapacidad de la clase dirigente –no únicamente partidaria- para intentar superarla alguna vez. Dicha incapacidad reconoció como bisagra el año 2001.

Antes y después del derrumbe nunca se rastrearon soluciones de fondo que mitigaran los problemas estructurales, de todo orden, que arrastra la nación.

Habría que enfocarse en dos planos. La forma y la sustancia de las propuestas que enarbolan el Gobierno y la oposición, representada por Roberto Lavagna y Sergio Massa. Ellos, por encima de otros, participan en el contrapunto público. La omisión y el silencio tampoco resultan intrascendentes. Cristina Fernández rechazará cualquier invitación de Mauricio Macri para suscribir un compromiso. El enigma consiste en saber qué piensa la ex presidenta. Sus testimonios son por el momento tres: el libro “Sinceramente”, que presentará este jueves en la Feria del Libro. El vínculo con Cuba por la enfermedad de su hija Florencia, refugiada en La Habana, sobre quien pesan procesamientos y embargos por las causas Los Sauces y Hotesur. Y donde existen sospechas sobre lavado de dinero. La ajenidad respecto del desastre humanitario en Venezuela, comandada por Nicolás Maduro.

“Sinceramente” posee una cualidad. Ratifica la identidad de Cristina. Sus 600 páginas versan, con mayor o menor interés, sobre los años que estuvo en el poder. O cerca de él, cuando era tutelado por Néstor Kirchner. No es posible descubrir una sola referencia de futuro. Una pista acerca de cómo podría conducirse en caso de que se haga cargo del caos que, según ella, representa el Presidente.

Aquella identidad de Cristina es la del propio kirchnerismo cuyas figuras hablan siempre hacia atrás. Les cuesta demasiado la abstracción política sobre el horizonte. La excepción, a veces, es Axel Kicillof. Pero el ex ministro tampoco disimula su marca en el orillo. Anda de gira por México, explicando cómo la Argentina podría salir de su crisis, con la esperanza de toparse con el presidente Manuel López Obrador. El veterano dirigente sobrelleva con destreza la administración del poder desde diciembre en una sociedad muy desigual estragada por el narcotráfico. Su mayor traspié es la prescindencia que también exhibe frente al desastre de Maduro. El venezolano estuvo en diciembre en su acto de asunción. Fue abucheado.

La repentina propuesta del acuerdo de 10 puntos hecha por el Gobierno implicó un cambio estratégico respecto de lo que vino sosteniendo sus primeros años. En especial, los sectores más rancios del macrismo. Con Marcos Peña, el jefe de Gabinete, y Jaime Durán Barba como emblemas. La pregunta consiste en lograr develar la convicción que tiene aquel viraje. Si se trata de una maniobra para recuperar algo de la iniciativa política perdida en manos de las malas noticias económicas. De una carambola que pueda, en simultáneo, confundir a la oposición en un tramo clave del cronograma electoral. O de una toma de conciencia cabal sobre la gravedad de la crisis. Si así fuera, el Gobierno no podrá ignorar que las posibilidades de consumar aquel acuerdo serían muy escasas en medio de una campaña decisiva.

Otro tópico reside en saber cuánto tiempo fue cavilado aquel cambio. Si estuvo guardado bajo siete llaves hasta que el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, decidió blanquearlo. O si resultó elaborado a medida que crecieron los temores en el oficialismo por los vaivenes del mercado, los saltos del dólar y el impacto sobre la inflación. Ciertas huellas indicarían que muchas cosas se hicieron sobre la marcha. El anclaje inicial del acuerdo tuvo como referencia al peronismo de Alternativa Federal. En especial, Juan Manuel Urtubey, mandatario de Salta, y el senador Miguel Ángel Pichetto.

Después llegó la expansión de la propuesta a Lavagna y a Massa. El jefe del Frente Renovador repitió –como lo viene haciendo- que Cristina no podía quedar afuera. Entonces surgió la invitación para la ex presidenta. Al unísono se sumaron a los empresarios y la Iglesia. Observando la amplitud de los brazos oficiales, sólo habría faltado la citación para los clubes de barrio. Se puede arriesgar una conclusión: cuanto más amplio sea el abanico de la convocatoria, más difícil resultará arribar a alguna coincidencia. Sobre todo, con las urnas al acecho.

La improvisación quedó registrada en otra fotografía. A la par de la convocatoria se abrió un debate llamativo en Cambiemos. Resultó acicateado por el radicalismo. El primer puntapié correspondió a Martín Lousteau que propuso incorporar a la coalición a peronistas, a Lavagna y a Massa. Hoy por hoy rivales electorales. El joven economista es afiliado radical. Aunque reciente.

El fuego lo atizó el titular del partido. Alfredo Cornejo hizo la misma sugerencia de Lousteau. Curioso en un dirigente que, en su provincia, Mendoza, mantiene una guerra judicial con intendentes peronistas impedidos de otra reelección por una enmienda que sancionó el gobernador. Como broche a esa mezcla de debate y confusión, Horacio Rodríguez Larreta, el jefe porteño, Diego Santilli, vicejefe, y Frigerio asistieron el domingo a la presentación de “Debajo del agua”, el último libro de Lousteau. En la segunda fila de la sala se advirtió la presencia de Daniel Angelici, presidente de Boca Juniors. Nadie supo si en su condición de militante radical o de enmascarado emisario de Macri.

Aquellas oscilaciones permanentes en Cambiemos, tal vez, expliquen también algunas conductas ambivalentes en la oposición. Habrá que convenir que el más intransigente resulta Massa. Sus asesores le inculcaron un libreto que cumple con disciplina: es hora de ser inflexible con Macri; no con Cristina. Lavagna arrancó con un rechazo categórico al acuerdo del Gobierno. Luego aclaró que nunca hay que desperdiciar las oportunidades de diálogo. Más tarde retornó a la negativa dura. Urtubey casi calcó sus pasos.

Dentro de este desordenado teatro político las propuestas del Gobierno y de la oposición quedaron en retaguardia. No se les prestó atención. Revelarían muchas razones sobre la prolongada postración de la Argentina. Un Gobierno que necesita invitar a los opositores a comprometerse a futuro con el respeto de la ley, los contratos y los derechos adquiridos (punto cuatro de decálogo) desnuda la indigencia del presente. El resto del texto posee un sesgo economicista, sujeto de ser discutido, antes enfilado al frente externo que al interno.

Las réplicas de Lavagna y Massa serían difíciles de desestimar. Aunque significarían la enumeración de buenas intenciones. ¿Alguien podría no comprometerse contra la pobreza, la desigualdad, en defensa de la niñez y la educación? Sobre esas estacas gira parte del proyecto del jefe del Frente Renovador.

¿No sonaría ideal la instauración de una economía de mercado con un Estado promotor del crecimiento y la justicia social? Así declama el cuarto punto de la contra propuesta de Lavagna. ¿Con qué Estado?, sería la pregunta espontánea. ¿El actual? También se proclama en el quinto ítem “Igualdad de oportunidades: educación de calidad para un trabajo con dignidad”. Irrebatible.

El problema central de la escena no radica en la propuesta de acuerdo del Gobierno. Tampoco en las bellas utopías de la oposición. El asunto reside en descubrir cuánto el modo electoral de todos los protagonistas enreda verdades con simulaciones.


Eduardo van der Kooy
Dibujo de Hermenegildo Sábat

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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