Jueves, 16 Mayo 2019 00:00

Cristina, esclava de su éxito editorial, ya no se baja - Por Marcos Novaro

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La inevitable candidata a volver a la Rosada estará afectada por el síndrome del Dr. Jekyll y Mr. (en este caso sería Ms.) Hyde. En sus propuestas más elaboradas es donde más quedó su plan en evidencia.

 

El largo silencio que guardó desde la derrota en 2017, le permitió recuperar apoyos y moderar rechazos. ¿Volver al centro de la escena la llevará de vuelta al punto de partida, cuando tenía un piso alto, suficiente para bloquear a otros opositores, pero un techo bajo como para ganarle a Macri? Es lo que cree el gobierno. Pero ella confía en que moderándose evitará esa encerrona.

Cuando se publicó Sinceramente, en Cambiemos festejaron: estaba de vuelta la Cristina de siempre, la que le encanta a sus fieles, pero asusta a todos los demás. Sin embargo, los únicos que se tomaron el trabajo de leer detenidamente ese mamotreto fueron sus críticos: ellos se entretuvieron en subrayar y comentar los pasajes más escabrosos y delirantes, que por cierto son también los más auténticos, para hacer sonar las alarmas sobre el peligro que conlleva que se vuelva a confiar en ella.

Mientras tanto, sus seguidores compraron uno o varios ejemplares, los enarbolaron, pero con suerte le dieron una leída muy por arriba, y se cuidaron de discutir su contenido. Entendieron bien lo que realmente significaba como instrumento político, una bandera para identificarse, el equivalente a una remera o gorrito, y una excusa para activarse y rodearla de entusiasmo, para que ella volviera a escena e hiciera el papel que mejor le sale en las campañas electorales, el de simpática seductora.

Porque para la competencia política, mucho más importante que lo que dice el libro es lo que dijo Cristina en su presentación, transmitida en una cuasi cadena nacional y desde el altar de la sabiduría que le ofreció gentilmente la Fundación El Libro. Para que hablara hasta bien de Trump y su proteccionismo económico, festejara a través de Alberto Fernández a todos los que pasaron años criticándola, pero ahora han vuelto al redil, sea por ilusión o porque no les quedó otra. Y preparara así el camino para la foto de familia con que este martes se reconcilió con el peronismo, suturando heridas y menosprecios aún más antiguos, y lanzó el Frente Patriótico, la fórmula con que sustituirá a Unidad Ciudadana.

Si bien es cierto que la expresidenta hizo casi todo mal en sus últimos años de mandato y en los primeros de Macri, hay que reconocer que algo aprendió. Tal vez el haber sido derrotada por un no candidato dos años atrás, encima en el territorio otrora más fiel, haya sido el golpe que estaba necesitando para recapacitar.

Como fuera, lo cierto es que desde entonces viene haciendo las cosas bastante bien: repliegue de la escena, unidad del peronismo en las provincias, reconciliación con viejos aliados, etc. La pregunta que flota en el ambiente es, de todos modos, si al regresar al centro de la atención no se expone innecesariamente a las críticas que pudo evadir mientras guardó silencio; si no ayuda encima a descomprimir el agobio que viene padeciendo Macri, objeto de todos los cascotazos mientras solo se hablaba de sus muestras de impericia; y si no activa, junto al entusiasmo en sus seguidores, la memoria, en el resto de la audiencia, de los abusos y desbordes cometidos en el pasado. Más todavía si, con su regreso, quedaba a la luz la agresividad y la virulencia que supo inculcar a sus fieles (como sucedió en la Feria del Libro a costa del derecho a trabajar de un equipo de TN) y su simultánea complicidad con lo más rancio del aparato peronista.

Que corre esos riesgos no cabe duda. Pero sucede también que, iniciada la campaña electoral, si ella no hablaba, otros hablaban por ella, y no le hacían ningún favor: las barrabasadas de los Moyano, Guillermo Moreno, Luis D´Elía y Mempo Giardinelli, personajes que contradicen todo el tiempo el teorema de Baglini y cuanto más cerca se sienten de volver al poder más locos se ponen, se le terminaban cargando a su cuenta y su capacidad de disciplinarlos y aleccionarlos sobre las ventajas de una campaña moderada disminuía a medida que pasaba el tiempo y ellos imponían sus propios intereses y agenda.

Tras la elección en Córdoba, además, era de esperar que el peronismo disidente recobrara algo del dinamismo perdido en los últimos meses, y volviera a darle aire al doble juego que le permite a sus caciques beneficiarse de la unidad del peronismo en los distritos, pero sostener una “grieta inconciliable” en la escena nacional y para las presidenciales. Ambigüedad que Juan Schiaretti aprovechó mejor que nadie el domingo pasado, puso en palabras en el festejo de su victoria, y que Cristina no le podía dejar pasar sin más. Porque su contraoferta a los gobernadores es, finalmente, más atractiva que la del cordobés y la AF: si quieren ubicar candidatos a legisladores nacionales en las listas del Frente Patriótico van a poder hacerlo, salvo en el caso bonaerense ella piensa ser muy generosa al respecto, pues eso le permitirá, a un bajo costo, desmentir la tesis de los “de centro moderado” respecto a que hay dos peronismos radicalmente escindidos, uno que tarda en morir pero no tiene otro destino, el populista, y otro que tarda en nacer pero es el futuro, el republicano.

Como se ve, no va a ser tan sencillo lidiar con la expresidenta en esta campaña electoral. Esperar que se equivoque, que la traicione su instinto y dé rienda suelta a sus locuras puede ser, de parte de sus adversarios, un error costosísimo, semejante al que los dirigentes de Cambiemos siempre recuerdan que se cometió varias veces con ellos, y que los benefició enormemente: el de subestimarlos.

No obstante, la ya inevitable candidata a volver a la Rosada estará inevitablemente afectada por el síndrome de Dr. Jekyll y Mr. (en este caso sería Ms.) Hyde. En sus propuestas más elaboradas es donde esto más quedó en evidencia. Porque una Cristina moderada y programática es, finalmente, poco más que una peronista reaccionaria. En su afán de no ser menos y mostrar que cuenta con su propio modelo de “pacto”, en una semana en que todos redactaban sus decálogos para salvar a la patria, no tuvo mejor idea que rescatar del fondo de los tiempos el congelamiento de salarios en 1973, que estalló por los aires poco tiempo después en la primera hiper nacional. Por algo los sindicatos, salvo contadas excepciones que representan poco y nada del mundo laboral, o privilegian sus problemas judiciales inmediatos, se siguen manteniendo bien lejos de la señora, más que los demás grupos peronistas, y aunque vuelven a parar a fin de mes contra el ajuste de Macri, es discutible que lo hagan más para perjudicarlo que para ayudarlo.


Marcos Novaro

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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