Lunes, 20 Mayo 2019 00:00

Nada cambia, pero todo puede cambiar - Por Fernando González

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La movida de Cristina Kirchner fue impactante, pero recién el resultado final mostrará si fue una jugada maestra.

 

Este domingo terminó lo que en la industria del entretenimiento se conoce como la serie más exitosa de la historia. Game of Thrones fue vista durante ocho años por más de cien millones de espectadores de todo el planeta y en todas las plataformas. Ya se sabe que la mezcla de muertes, sexo y batallas por el poder fueron su principal atractivo y que Cristina Kirchner se comparó públicamente con una de sus estrellas. La rubia Emilia Clarke, una inglesa de 32 años que interpretó a la reina Daenerys y que hipotecó su popularidad después de quemar a ancianos, mujeres y niños con el fuego implacable de uno de sus dragones.

Otro imán de Game of Thrones fueron los asesores de los monarcas, a los que en esa suerte de Edad Media en la que transcurría la serie se denominaba “Mano del Rey”. Ned Stark, Davos Seaworth y Tyrion Lannister fueron estrellas de la saga en esos lugares de apariencia secundaria.

El dato de estricta actualidad viene a cuento porque uno de los dirigentes más importantes del peronismo utilizaba este fin de semana la figura de la “Mano del Rey” para tratar de entender el inesperado ascenso de Alberto Fernández.

El ex jefe de gabinete que pasó, en pocos meses, de consejero racional de Cristina a candidato a presidente ungido en una fórmula invertida que conmovió a la política argentina.

El nombre de Alberto Fernández no figuraba hasta ahora en ninguna encuesta de imagen. No tiene votos, territorio propio ni algún otro atributo de poder que pueda amenazar el liderazgo de Cristina.

Además de una cuenta de Twitter picante, sus principales activos son su disposición al diálogo y el teléfono de la mayoría de los políticos, diplomáticos y empresarios de la Argentina, con los que interactuó mientras fue un funcionario poderoso del kirchnerismo.

Es hábil negociador y su primera misión es aportarle a la ex presidenta uno o varios aliados del peronismo que le sumen los votos que le faltan para volver a la Casa Rosada. O, supongamos, a la presidencia provisional del Senado.

El primer objetivo, está claro, es Sergio Massa. El ex intendente de Tigre fue el sucesor de Alberto Fernández en la jefatura de gabinete en 2009. Y el diálogo entre ellos nunca se interrumpió.

Tanto que fue Alberto el que lo acompañó en su aventura política lejos del kirchnerismo y el que anunció los primeros cómputos que, en octubre de 2013, anticipaban la rotunda victoria electoral de Sergio.

“Le pedí que lo anunciara a Alberto porque sé que a Cristina eso la enfurece”, se jactaba entonces el fundador del Frente Renovador. Ahora las cosas son diferentes en ese triángulo. Los diálogos y las negociaciones arden en una y otra trinchera.

Cristina, Alberto Fernández y otros dos dirigentes que suelen hablar con Massa (Máximo Kirchner y Wado de Pedro) creen que los votos del massismo podrían acercarlos a un triunfo en primera vuelta.

Imaginan diversas fórmulas para atraerlo, pero la oferta más luminosa de la que disponen es la candidatura a gobernador bonaerense. El dirigente de Tigre siempre tiene la misma respuesta. No hará acuerdos con el kirchnerismo si Cristina es candidata. ¿Se mantendrá esa postura ahora que ella es candidata, pero no a la presidencia? ¿Aceptará, en todo caso, competir con la fórmula Fernández-Fernández en las PASO de una coalición peronista ampliada? La respuesta de Massa a esos interrogantes mantiene en vilo al peronismo federal, de Juan Manuel Urtubey a Juan Schiaretti.

Habrán pasado diez días de su espectacular triunfo electoral en su provincia, pero aquel resultado parece haber quedado lejano. Aquel domingo no hubo celebración conjunta del peronismo alejado de Cristina y tampoco fue invitado a los festejos Roberto Lavagna, el otro aspirante a la Presidencia que se mantiene cerca de Alternativa Federal pero que mantiene prudentemente la distancia insistiendo con que quiere ser el candidato de un “centro progresista”.

Lavagna maneja los tiempos de su proto candidatura con una paciencia que mantiene a algunos de sus aliados al borde del infarto. “No nos dejaremos arrastrar por las tentaciones de ningún extremo de la grieta”, advirtió el domingo, para dejar en claro que no está apurado y que la fórmula de Alberto y Cristina no cambia sus planes.

Claro que varios de los que esperan acompañarlo si se lanza a la presidencia hubieran preferido que lo hubiera hecho hace algunas semanas. “Con Roberto en la cancha lo de Cristina no habría pasado”, se lamentan. Pero ahora es tarde para lágrimas.

El nombre de Lavagna, como el de Martín Lousteau, son precisamente los dos que encabezan las plegarias de los radicales que imaginan una coalición más amplia para el Frente Cambiemos. A la cabeza de esa movida está el gobernador mendocino Alfredo Cornejo, preocupado por vencer al macrismo en las internas de su provincia el 9 de junio y porque la ausencia de reelección lo deja sin cargo a partir del 10 de diciembre. Allí hay que explorar las razones de su tremenda respuesta del jueves pasado en un encuentro ante empresarios.

“No hay que descartar la chance de que Macri no sea candidato”, disparó Cornejo ese día y encendió todas las alarmas del Gobierno. El Presidente y el jefe de Gabinete, Marcos Peña, venían trabajando para apagar los fuegos del Plan V (por María Eugenia Vidal) y de cualquier otra alquimia alternativa a la reelección presidencial.

La calma relativa del dólar, el alivio de la inflación de abril algo más baja y el retroceso de la Corte Suprema luego del intento de frenar el arranque del juicio oral y público a Cristina de este martes habían aclarado el panorama del Gobierno. Por eso, el cuchillazo del mendocino volvió a tensar el clima interno entre los socios del frente oficialista.

Pero al anuncio por video de Cristina también tomó al Gobierno por sorpresa. La primera reacción fue un clásico del macrismo. “Nada cambia”, dijeron el Presidente y el consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba. Celebraron como si la ex presidenta les hubiera hecho un favor y distribuyeron el mismo mensaje hacia abajo, para que no ganara espacio la confusión entre los dirigentes que acaban de comenzar los primeros ejercicios de campaña electoral bajo el hashtag #DefensoresDelCambio.

De todos modos, el impacto del movimiento iniciado por Cristina fue analizado por todo el equipo de gobierno durante el fin de semana. Y los funcionarios más prudentes ensayaban el mismo análisis.

La revulsión en el peronismo puede abrirle el camino al intento de reelección de Macri si se consolida la división opositora. Pero puede convertirse en una pesadilla si el peronismo encuentra el modo de avanzar hacia una fotografía de unidad. Ese temor se reavivó en la noche del domingo luego de otra holgada victoria peronista en las elecciones a gobernador en La Pampa.

Esos resultados eran los que entusiasmaban a Alberto Fernández en la noche de este domingo. El candidato sorprendente no estaba mirando el final de Game of Thrones. El pasaba de las cifras de los comicios pampeanos a las imágenes del empate cero a cero que su Argentinos Juniors cerró con Boca. Un triunfo de su equipo hubiera sido demasiado para un solo fin de semana.

Nadie duda de que la maniobra de Cristina ha sido impactante. Como en el fútbol, sólo el resultado final dirá si es una jugada maestra (como festeja a cuenta el kirchnerismo) o si se trata de otro artificio político que acelera la derrota, como le ocurrió a la ex presidenta en el pasado reciente. Pero la primera reacción de Massa, de los radicales, de Lavagna y de Macri, es decir que nada cambia. Justo cuando avanza la sensación de que todo puede cambiar.

Fernando González
Dibujo de Hermenegildo Sábat

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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