Domingo, 26 Mayo 2019 00:00

La emergencia electoral de Macri - Por Eduardo van der Kooy

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La decisión de Cristina Kirchner obligó a acelerar los tiempos.

 

Nadie ha visto todavía camelleros en el teatro político de la Argentina. Tampoco malabaristas ni encantadores de serpientes. Menos, el paso majestuoso del Califa. Pero el paisaje electoral no difiere en demasía del pintoresquismo habitual de un mercado persa. Puede ocurrir de todo cuando faltan 27 días para la inscripción oficial de las candidaturas. Apenas 17 para que deban registrarse las alianzas. ¿Insistirá Mauricio Macri con apostar a la reelección? ¿Será Cristina Fernández la candidata a la vicepresidencia? ¿Consolidará con su presencia Sergio Massa la construcción de Alternativa Federal? ¿Se mantendrá Roberto Lavagna en la pelea?

Aquello del mercado persa, tal vez, alcance para describir la realidad con una pincelada de humor. No para radiografiar la profundidad de la crisis estructural que atraviesa nuestro país y que la democracia no ha logrado aún resolver. Está mal la economía, está mal la sociedad, decepciona la clase dirigente (de todo tipo) y las instituciones no sirven como dique de contención para corregir semejantes trastornos. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman puso de moda, antes de morir, la teoría de la modernidad líquida. Implica que las realidades sólidas se han desvanecido. Esa liquidez se aplica también a la volatilidad de la política, no sólo en la Argentina. Aunque aquí, quizás, el problema estaría agravado por la espesura del líquido: se asemeja al agua, no al aceite.

Tal condición explica la imprevisibilidad y la fluidez. También el estado de deliberación incesante que existe en todos los campamentos. Del Gobierno y de su coalición Cambiemos. De los estamentos de la oposición. La responsabilidad y el protagonismo principal es siempre de aquel que está en ejercicio del poder.

Por esa razón la mayoría de los ojos se enfocan en la figura del Presidente. Macri continúa con la convicción de apostar por el segundo mandato. Sobrelleva como puede el hervor que se advierte entre sus socios del radicalismo. Pero, a diferencia de Marcos Peña, su jefe de Gabinete, ha prescindido en estas horas de las anteojeras y escucha voces que no le resultan del todo melodiosas.

“Macri va a jugar. Pero no va a jugar para perder”, ilustró la semana pasada ante este periodista uno de los tres dirigentes que más conversa con él. Dicho de otro modo: el ingeniero no hipotecaría su primer mandato, al macrismo, ni a Cambiemos, si no descubre la huella del sendero que lo pueda llevar ─aún con la inevitable incertidumbre─ a la victoria. No desearía que la transición quede en la historia como un simple paréntesis de la vuelta al poder de aquellos a los que derrotó en 2015 y 2017.

Tiene para afrontar aquel panorama dos grandes dificultades. La primera es la economía que no despega y la desesperanza social. Quizá sólo con la estabilidad del dólar no alcance para recrear expectativas. El otro asunto refiere al mecanismo político para provocar algún cambio. El menú ofrece tres opciones, ninguna carente de riesgos: que unja a otro candidato; que elija un compañero de fórmula que transgreda la lógica, impacte y sorprenda; o que acepte abrir las PASO tal como pretenden los radicales para potenciar a la coalición. La primera y la tercera opción serían las más aventuradas. Podrían dejarlo debilitado ─sobre todo si pierde en la competencia interna— para administrar el Gobierno hasta diciembre en medio de la inestabilidad. La voracidad del peronismo siempre es para temer.

Para su hipotético reemplazo únicamente figura María Eugenia Vidal. La gobernadora de Buenos Aires ha decidido clausurar esa especulación. Pero no ignora que permanece en la agenda del poder. Ella sigue observando que la mejoría de Macri no se verifica en territorio bonaerense. Se le haría cuesta arriba retener el territorio teniendo enfrente, por ejemplo, un candidato como Axel Kicillof. Añora como nunca a Aníbal Fernández. Quedó a la vista, además, como se vio el sábado en Merlo, que Cristina centrará su campaña en el Conurbano.

Esos problemas indujeron una serie de sondeos, entre infinitos, para fortalecer su posición. La gobernadora tejió estos años una alianza sólida con el massismo en la Legislatura, que le garantizó gobernabilidad. ¿Por qué no trasladarlo ahora al plano electoral con una coalición que en ese distrito exceda a Cambiemos? El gran interrogante sería conocer el papel que corresponderá al propio Massa. La jugada, por otra parte, haría fruncir el ceño de Macri. Persisten las heridas personales con el dirigente de Tigre.

¿Sería aquella maniobra factible también si, al final, Vidal fuera sustituta de Macri en la candidatura a presidente? No podría descartarse como solución al vacío que dejaría la mandataria en territorio bonaerense. Los estrategas de laboratorio añaden otra argumentación. En ese caso hipotético, la mujer ayudaría a traccionar votos a quien fuera postulante bonaerense. A la inversa de lo que acontece ahora entre Macri y Vidal.

La posibilidad de que Macri se someta a las PASO no detona menores inconvenientes que el enroque de candidatos. En verdad, los mayores problemas serían para el radicalismo que, de máxima, podrían aprobar esa solicitud en la Convención del lunes. La idea de emigrar de Cambiemos o ampliarlo con peronistas está diluida con el paisaje a la vista. Lavagna se fue de Alternativa Federal, pero al rato volvió presionado por radicales disidentes (Ricardo Alfonsín, Federico Storani, Juan Casella) y los socialistas. Los peronistas no K, con Massa adentro, estarían dispuestos a dirimir el candidato en una interna. Incluso convocan a Daniel Scioli, que deambula sin saber dónde amarrar.

El proyecto de un gran consenso que promueve el ex ministro de Economía no naufragó solo por diferencias con el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti. Fue Juan Manuel Urtubey, de Salta, quien al llegar a una de las cumbres portando una encuesta disparó: “Lavagna no mide más que yo. Basta de caprichos”.

Los radicales se inclinan por las PASO pero no atinan a señalar a un candidato. Alfredo Cornejo, el jefe del partido y mandatario de Mendoza, espolea esa opción y hasta la postulación de Vidal inquieto por las elecciones en su provincia. Allí sucede lo mismo que en Buenos Aires. La pobre imagen de Macri despabiló a un peronismo mendocino desahuciado. Por esa razón, dicen las malas lenguas que, influidos por Peña, algunos salieron a enfriar aquellos ensayos con un pronunciamiento a favor de Macri. Así se pudo escuchar al gobernador de Corrientes, Gustavo Valdez, al tucumano José Cano y al riojano Julio Martínez.

La figura dominante en aquel universo es la de Martín Lousteau. Aunque el ex ministro y ex embajador no goza de la confianza ciega del colectivo radical. Curiosamente es el macrismo el que brega por no dejarlo a la deriva: de eso se encarga Horacio Rodríguez Larreta, el jefe porteño.

En el enredado tablero podría resultar crucial la actitud final de los gobernadores peronistas. Sobre todo, para la fórmula de Alberto Fernández-Cristina Kirchner y el abroquelamiento de Alternativa Federal. Tampoco resultaría indiferente para Cambiemos y la dilucidación de su encrucijada. En principio, al menos seis gobernadores saludaron el corrimiento de la ex presidenta como gesto de unidad. Fue un saludo. No debe olvidarse que antes del 22 de junio hay 10 elecciones pendientes. Nueve en provincias pejotistas. Recién a partir de ese momento aquellos mandatarios tendrán sus manos libres para optar sin rodeos.

El impacto inicial de la fórmula de los Fernández naturalmente menguó. Muchos de los gobernadores relativizan el “renunciamiento” de Cristina. Aunque el ascenso de Alberto F. les haya caído bien. Subsiste entre ellos dos enigmas principales. Uno inmediato: cómo y quién conformará las listas de diputados y senadores. Otro, en el horizonte: de qué modo funcionará lo que, a priori, asomaría como doble comando. Un fantasma que, tal vez, no pueda asimilarse al conflicto entre Héctor Cámpora y Juan Perón en los 70. Sí, en cambio, a la experiencia que recuerda la Argentina entre 2007-2010 con Néstor Kirchner y Cristina. Cuando el ex presidente falleció aquellos mandatarios sufrieron el látigo y la desconsideración de la ex presidenta.

La atención restante se posa sobre la elección de los senadores. Serán renovados 24 del total de 72. Se trata de un tema de extrema sensibilidad para Cristina. La ex presidenta se ocuparía de elegirlos sólo entre los probadamente fieles. Kirchneristas puros. Con los diputados podría ser más benévola. ¿Por qué razón? Necesita para el futuro ampliar el bloque propio que ahora no pasa de nueve. Los restantes (22) responden al mando de Miguel Ángel Pichetto, uno de los motores de Alternativa Federal. En manos del senador de Río Negro está la llave de la protección de Cristina contra la posibilidad del desafuero a raíz de los cinco pedidos de prisión preventiva que acumula, la mayoría de ellos por causas de corrupción. También hay un dato para considerar: Pichetto concluye su mandato en diciembre. Dependerá de lo que ocurra en el espacio pejotista si apuesta de nuevo a regresar al Senado.

Ni los gobernadores ni incluso los dirigentes de Alternativa Federal tendrían recelos sobre el binomio de los Fernández si representara sólo un primer paso en búsqueda de la unidad completa. ¿Qué significaría? Que el corrimiento total de la ex presidenta de la competencia electoral abriría la chance de aquel fenómeno. De unas PASO sin restricciones. Eso esperaría Massa. Se trata, por el momento, de una ensoñación. Al mismo tiempo, de la posibilidad de una verdadera pesadilla para el Gobierno y Cambiemos.

Eduardo van der Kooy

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