Martes, 04 Junio 2019 00:00

2019: la elección presidencial de las ocasiones perdidas - Por Oscar Muiño

Escrito por  Oscar Muiño
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Jamás antes una elección estuvo tan dominada por la incertidumbre. A pocos días del vencimiento de los plazos, se ignora cuáles serán las alianzas, quienes los candidatos. Los que aparecen no están confirmados.

 

Hay reticencia hacia líderes y postulantes, cuestionamientos y desconfianza desde adentro de los partidos y las coaliciones en ciernes.

El espacio que goza de una conducción aceptada por sus seguidores es el kirchnerismo. Pero mantiene una fuerte resistencia de otros sectores peronistas que la acompañaron durante parte de su gobierno. A tal punto que Juan Manuel Urtubey, Miguel Ángel Pichetto y hasta Juan Schiaretti parecen preferir a Macri antes que a Cristina.

Otra curiosidad: el cristinismo alberga el único espacio donde su líder ha resignado la candidatura principal. Cristina es hasta ahora, la única candidata a vicepresidente nominada. Y siquiera se sabe si mantendrá su postulación hasta el final. ¿Ella también pierde de vista la oportunidad? Al fin de cuentas, ha proclamado como misión derrotar a Macri y su presencia sigue siendo el mayor, acaso el único obstáculo para alcanzar tal propósito.

Tanto el peronismo como el PRO y el radicalismo albergan tensiones internas evidentes. Muchos jefes y capitanejos cuestionan -a viva voz o en sordina- las opciones que parecen despuntar.

Esas dudas y críticas persistirán durante los próximos, decisivos días. Siquiera hay certezas sobre el comportamiento de la economía: si seguirá la estanflación, si los números habrán de acomodarse o si hay riesgo que todo vuele por los aires. Al ritmo de la confianza, el riesgo país, el nivel de actividad, la ocupación, la tasa de interés, el dólar. Factores altamente dependientes de las encuestas y las percepciones de los actores económicos, siempre más veloces para posicionarse que los actores sociales o los ciudadanos de infantería.

Todo está en veremos y aún no pueden analizarse las coaliciones. En cambio, sí pueden verse las oportunidades desperdiciadas en la caótica marcha hacia estos comicios presidenciales de 2019.

La Ocasión

Es apenas un instante, fugaz e irrepetible. La oportunidad pasa, vertiginosa. Hay que estar atento para capturarla. Los romanos mostraban La Ocasión como una diosa con alas, con un mechón de pelo adelante y calva por detrás. Al verla, había que atraparla sin hesitar. Una vez que pasaba, –y lo hacía a toda velocidad– no había cómo asirla. Y se perdía para siempre.

En el 2019 argentino, la diosa pasó por delante de varios. Ninguno, hasta ahora, parece haber sido capaz de advertirlo.

Más de la mitad de los votantes está insatisfecho con la opción entre el actual gobierno y el anterior. Y, sin embargo, los intentos de terciar vienen fracasando.

Una de las primeras ocasiones pasó cerca de Roberto Lavagna. El arrancó para forjar un polo potente, la primera voz que intentaba expresar su negativa a aceptar la crucifixión que estimulan los grietistas. Ni Mauricio ni Cristina. Apto para justicialistas, pero también para radicales, socialistas, desde la progresía hasta el centrismo.

La habilidad que exhibe al moverse en la economía deviene torpeza en sus gestos políticos. Se ganó fama de terquedad y lejanía. Ahora aguarda un improbable terremoto que cambie el cuadro actual. Acaso sobresaltos financieros y del mercado de cambios que vuelvan a poner el eje en un piloto de tormentas. Un renacimiento milagroso.

Juan Schiaretti pasó de sol luminoso a estrella fugaz. Antes de su anunciada y aplastante victoria cordobesa, emergía como la figura central del comicio. Podía elegir entre ser candidato presidencial, jefe de campaña de Lavagna, articulador del peronismo federal, guía de los gobernadores justicialistas, nexo con su viejo amigo Macri, insignia de un nuevo peronismo.

No fue ninguna de esas cosas. Schiaretti actuó con parsimonia. Creyó tener todo el tiempo que quisiera. Perdió su semana de gloria en conversaciones exploratorias mientras rebajaba su propio rol: “no soy el macho alfa”, dijo.

Cristina Fernández advirtió el espacio y se filtró, rauda. En minutos desarticuló al peronismo federal. Con los gobernadores justicialistas sonriendo hacia CFK, Schiaretti queda navegando en un mapa desmembrado. Y pasa a tener una única misión: evitar la fuga de Sergio Massa hacia el kirchnerismo. No se sabe si habrá de lograrlo. Hoy Schiaretti está fuera del país y volverá recién después que se hayan vencido los plazos para inscribir alianzas…

La chance radical

 

También la Unión Cívica Radical dejó pasar una chance venturosa.

Por primera vez desde el derrumbe de Fernando De la Rúa en 2001, muchos ciudadanos volvieron sus ojos hacia el viejo partido. Una población irritada con CFK y decepcionada de MM buscaba una opción a la vez republicana y social.

Los radicales con votos, pero sin responsabilidades de gobierno o partidarias –Martín Lousteau y Ricardo Alfonsín– intentaron aportar hacia una coalición que agregara socialistas y peronistas. Hasta ahora sin éxito. No pierden las esperanzas, pero cada día que pasa se torna más improbable.

Federico Storani, exhibe una parábola distinta. Había sido nada menos que el vocero oficial del apoyo radical a la candidatura Macri en la Convención de Gualeguaychú, en 2015. Hoy, igual que Alfonsín y Lousteau, considera clausurada la etapa Macri.

Alfonsín y Storani son minoritarios en la estructura radical de la provincia de Buenos Aires. Lousteau confluye con la corriente dominante del radicalismo porteño, pero lo miran con recelo varios popes provincianos. Estos, con músculo y poder territorial, podían haber encabezado una línea capaz de ponerse al frente de una tercera vía o de la reformulación explícita de Cambiemos. Les faltó convicción y audacia, les sobró cálculo y prudencia.

¿Qué hubiera pasado si la UCR en pleno se plantaba en una colina y promovía una coordinación semejante o concurrente con la de Lavagna, incluso anterior a Lavagna? Nunca lo sabremos. Podría haber fracasado, sin duda. Pero no hacer nada jamás construye un camino hacia el éxito. El momento, seguramente, hubiera sido a mediados de 2018. La chance –si es que existía– se les escurrió. Ahora el tiempo parece estar a punto de devorarlo todo. De hecho, no habrá candidatura presidencial radical por segunda vez en cuatro años. El último fue Alfonsín, en 2011.

El lunes pasado, las diversas imposibilidades se juntaron. Los gobernadores asustados por el desplome de Macri –susurran que no llega al veinte por ciento de intención de voto en ninguna de las tres provincias radicales– eligieron un camino intermedio. Y la Convención nacional de la UCR termina con un documento consensuado que no expresa a nadie pero contiene a casi todos. En un sentido, es comprensible. Se quiso evitar un tour de force, un resultado ajustado que dejara a medio partido desanimado, con ganas de romper. O yéndose.

El precio fue la esterilización política y la indefinición de un texto contradictorio. Los radicales amarillos se conformaron con insertar la palabreja Cambiemos. Un nominalismo asombroso, sólo comparable al desagrado –igualmente nominalista– de quienes se enfurecieron con su sola inclusión. Los partidarios de una nueva coalición quedaron satisfechos con el resto del documento. Todo el mundo se siente habilitado para intentar lo que le parezca. Que a esta altura es poco.

El radicalismo perdió la oportunidad de fijar una postura audaz hacia los desconcertados votantes.

Queda ahora una propuesta de negociaciones secretas, presiones ocultas. La política, sí, pero sólo la política de cúpula. Puede servir a la República pero difícilmente aumente el prestigio y la popularidad de su partido.

Massa y el todo

Sergio Massa simboliza esta campaña: arrancó en Alternativa Federal, los lavagnistas aspiraron a confluir con él, el kirchnerismo lo busca como candidato y hasta Cambiemos sueña con un acercamiento. Todo es posible para Massa.

Los intendentes, diputados, legisladores y concejales massistas saben que la polarización bonaerense tritura a quienes carezcan de un binomio presidencial que arrastre. Parte de su tropa es peronista, otra parte férreamente antikirchnerista. Muchos se están fatigando de seguir fuera del poder, aunque lo cierto es que la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, nunca mezquinó recursos públicos para Massa y sus seguidores.

Una opción es el kirchnerismo. El sueño de una interna con Fernández, con una Cristina neutral. Un puesto lejano en listas de diputados no parece aceptable. Otra opción es un espacio combinado con Cambiemos. La idea de ser gobernador de una fórmula Vidal-Lousteau o Vidal-Cornejo endulza muchos oídos massistas.

Incluso llegan a imaginar a Massa de candidato presidencial. O doble boleta para la gobernadora, junto con Macri y con Massa. Macri jamás dio señales que permitan presumir que pueda tolerarlo. Habiéndose negado a adelantar la elección de Buenos Aires, sería sorprendente que hoy consienta compartir a Vidal. ¿Otra vez la Ocasión?

La jugada Vidal

Un partido tan pragmático como el PRO también parece abandonar su norte: el presunto método científico que tanto repite Jaime Durán Barba para seleccionar candidatos e issues de campaña. El macrismo ha recalcado como valor supremo las mediciones de encuestas (el argumento para apuntalar a Mario Negri contra Ramón Mestre en Córdoba). No deja de sorprender de qué modo está ignorando las preferencias ciudadanas al momento de decidir candidaturas.

En la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal mide catorce puntos más que Mauricio Macri. Muchos jefes del PRO se ilusionaron con que su líder se bajase para dejarle el lugar a la competitiva candidata. Nunca se lo pidieron. A fin de cuentas, Macri es el fundador del partido. El temor reverencial hacia el jefe. Y cierta confianza en los nervios de acero que hasta ahora muestra el presidente. La ocasión del Plan V también parece haber pasado, inalcanzable.

¿Acaso el Gobierno Nacional guarda reserva absoluta sobre un plan que de vuelta por completo la percepción popular, los niveles de ingreso y la capacidad de compra, la confianza general y el imaginario de futuro? Sin nada de eso ocurriera, no existen motivos para pensar que Macri pueda recuperarse de sus bajos índices de aprobación, como los que acaba de difundir la insospechada Universidad de San Andrés. Lo dicen los focus groups y casi todas las encuestas. Salvo las fake impulsadas por el kirchnerismo para tratar de mostrar a Macri con una competitividad mayor, a los efectos de mantenerlo como el rival más fácil, el único al que el kirchnerismo puede doblegar en doble vuelta. Sin Macri en la lista, el kirchnerismo se desinfla.

Todo esto puede cambiar en una semana. O en tres. Hasta la reversión de las alianzas. ¡Qué país!

Oscar Muiño

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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