Domingo, 09 Junio 2019 00:00

“Amo a la chorra” - Por Eduardo van der Kooy

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Macri registra una leve mejoría. No sería sólo por la estabilidad del dólar. También, por la reaparición de Cristina.

 

La escena electoral sigue convertida en un océano de conjeturas. En esas aguas navegan el Gobierno y el colectivo de la oposición. Entre tanta confusión e imprevisibilidad, apenas podrían rescatarse un par de insinuaciones políticas con aproximaciones certeras. La construcción de Alternativa Federal, el peronismo no K, se torna cada día más jabonosa. Como derivación, se instalan con naturalidad en el campo de batalla la coalición oficial, Cambiemos, y el kirchnerismo. La reiteración de la grieta.

No es que haya desaparecido en los sondeos de opinión pública el fuerte rechazo que generan Mauricio Macri y Cristina Fernández. Pero esa demanda no encuentra anclaje en la oferta política. Luego, por decantación, terminarían deslizándose hacia uno u otro lado de aquella grieta.

Por primera vez en mucho tiempo, el Gobierno logró recoger de las encuestas ciertas migas alentadoras. No provienen de ningún estímulo que logre generar la economía. Ni siquiera, de algún encantamiento político generado en las usinas de Cambiemos. El fenómeno, pequeño aún, habría sido disparado por la instalación del binomio entre Cristina y Alberto Fernández. Por la lenta y cuidada salida de la ex presidente de su virtual clandestinidad. Con la presentación de su libro “Sinceramente”. El anuncio de la elección de su ex jefe de Gabinete como candidato. O el primer acto de campaña en Merlo. Una porción de electores desencantados, votantes del Presidente en 2015, volverían a hacerlo pese a todo si la única alternativa ganadora en la otra vereda fuera el kirchnerismo. El miedo está provocando esa posible traslación. No se descubre algún reconocimiento a Macri que, de todos modos, se vería beneficiado con una mejora de su imagen que oscila entre módicos 3 o 4 puntos. Demasiado insuficientes todavía para soñar con la reelección.

Tal detalle pareció apaciguar las intrigas que circulan en Cambiemos. La candidatura de Macri dejó de estar en discusión. El reclamo del radicalismo para participar con candidato propio en las PASO, que corporizó el gobernador mendocino Alfredo Cornejo, suena sólo a compromiso para cumplir con las conclusiones de la pasada Convención Radical. A la ampliación del espacio el macrismo tampoco se opone. El problema es para la UCR: ¿Quién de valor estaría dispuesto a sumarse a Cambiemos a tan pocos días para la clausura de las alianzas y las candidaturas? Gerardo Morales, de Jujuy, insiste con Roberto Lavagna. El ex ministro ya dio su portazo.

Aquel suave optimismo oficial, sin embargo, ofrece contracaras. Afloran en los centenares de focus groups que administra el ecuatoriano Jaime Durán Barba. El ejecutor de esos trabajos es el español Roberto Zapata. La evidencia más desalentadora es una: los ciudadanos interpelados, no importa la región del país, siguen colocando a la crisis económica como centro de gravedad de sus preocupaciones. De sus quejas. La corrupción que involucra a Cristina ocupa ahora un escalón secundario. Tanto, que muchos encuestados incluso desconocen que está en marcha el juicio oral y público por el desvío de fondos millonarios ($46 mil millones) para beneficiar con la obra pública a Lázaro Báez, el empresario K encarcelado. Tampoco se advierte registro aún, salvo en la Ciudad, de las obras públicas que se vienen inaugurando. De las cuales, con su presencia, el Presidente aspira a recoger crédito.

Aquellos focus groups trasuntan además descreimiento, hartazgo y una volatilidad de opiniones que produce pasmo. Se trata de una verificación que abarca a todos los encuestadores. Federico Aurelio, de ARESCO, lo explica. Cualquier trabajo nacional de proporciones (4500 casos) tenía hace pocos años un margen de error de 1.5% aproximadamente. Ahora se estima en 3.5%. Cuando las muestras son distritales resultan aún peores. Del 3% clásico han trepado a 6%.

Podría describirse un caso como reflejo, quizás, del desconcierto social. Zapata organizó una de aquellas reuniones de intercambio con doce personas de Buenos Aires. Segmentadas por edad, condición social, económica y educativa. Todas pertenecientes al conurbano. Entre los más jóvenes hubo quienes aún no ejercieron nunca el derecho al voto. Debutarán en el padrón de octubre. Entre los mayores, incluso, uno que por su edad no tendría obligación de sufragar. Posiblemente el más politizado e informado del encuentro.

Primera diferencia. Entre el grupo de las personas que como tope rozan los 45 años la información política deviene casi con exclusividad de las redes. Con fuerte incidencia de las imágenes y los comentarios breves. A partir de aquel límite etario el abastecimiento informativo se diversifica. Segunda diferencia: las pinceladas ideológicas emergen, aunque aisladamente, entre los mayores. Coincidencia: todos terminan refiriendo a la predilección por candidatos antes que a la identificación partidaria.

Entre aquellos 12 hubo uno que dejó huella. Zapata debe corroborar si se trató de una extravagancia o de un caso que podría replicarse. Si así fuera, el Gobierno enfrentaría otro serio problema. El participante, mayor de 40 años, confesó haber votado por Macri en 2015 y 2017. No ocultó su actual desencanto. Todo lo contrario. Tampoco mostró condescendencia con el pasado kirchnerista. La razón central de sus anteriores apuestas por Cambiemos. Aunque confió que la crisis económica mantiene agobiado a él y a su familia. “Los Kirchner se robaron todo”, disparó en un momento. Pero en el final de su catarsis sobre las penurias económicas lanzó esta afirmación: “Macri me tiene harto”. Tras un breve silencio continuó: “¿Quieren que les diga? Me parece que amo a la chorra”. La chorra sería Cristina. Acumula 13 procesamientos y 7 pedidos de prisión preventiva.

La aseveración trasuntaría un grado profundo de destemplanza. De desorientación. También, a lo mejor, el resurgimiento de una raíz cultural que el macrismo supuso estos años que había conseguido doblegar. Podría resumirse en el “roban, pero hacen”, que permitió la larga subsistencia del menemismo por más de una década. Hasta las elecciones del 2003. También, la perdurabilidad kirchnerista que en 2015 debió dejar el poder, porque al saqueo de fondos públicos le añadió una intolerancia que terminó por hartar a la sociedad.

Las dudas para el Gobierno, con semejante paisaje a la vista, serían dos. Si aquella labilidad de opinión sería circunstancial o definitiva. En cualquiera de ambos casos, qué herramientas poseería para neutralizar su expansión. La economía no le ofrece recursos. Salvo la posibilidad de mantener el sosiego cambiario y demostrar una tendencia inflacionaria declinante. El macrismo habría decidido apostar a la política abandonando el encapsulamiento que lo marcó en estos años.

El Presidente, por ejemplo, no opone resistencia a compartir la fórmula de octubre con alguno de sus socios. Hablamos del radicalismo. El dilema es con quién. El elegido debería recrear expectativas. En especial, soñando con la hipótesis del segundo mandato que estará cercado por una crisis similar a la de ahora. Con esas condiciones pareciera haber un solo dirigente, Martín Lousteau. Pero el ex ministro de Economía sabe ganar enemistades con facilidad. Lo hizo con Macri cuando actuó como embajador en Washington. Asistió a la Convención Radical, en la primera línea, pero manifestó a voz en cuello: “Soy radical, aunque no pertenezco a Cambiemos”. Sus correligionarios todavía están bramando.

Los radicales, pese a los escollos, están dispuestos a encontrar algún nombre para proponerle al Presidente. Desistirían de hacerlo, tal vez, si se produjera un milagro. Estarían dispuestos a dejarle la vacante a Emilio Monzó. El titular de la Cámara de Diputados que anunció su éxodo por las fuertes diferencias con Marcos Peña. También con Elisa Carrió y otros macristas de estirpe.

El radicalismo le encontraría sentido a esa unción por cuatro razones. Significaría una señal inconfundible de apertura. Abriría otro horizonte frente a un eventual segundo mandato. Aceitaría el acuerdo de gobernabilidad que exige la UCR hacia el futuro. Facilitaría la construcción electoral para octubre. Sobre todo, en una instancia de balotaje. Monzó es un puente natural con el peronismo federal. Al cual el macrismo ninguneó y hoy desea. La enunciación asoma sencilla. La articulación sería mucho más compleja porque entre el macrismo y el diputado bonaerense existe un campo político sembrado con heridas y rencores.

La vía electoral intermedia parece haberse debilitado por impericia de sus protagonistas. O por egoísmos propios de la política. Habrá que observar hasta qué grado puede llegar tal debilidad. Lavagna, que no aceptó internas y atizó la diáspora, sostiene su postulación. Su mayor sostén territorial es Santa Fe, donde gobiernan sus aliados socialistas. Habrá que ver qué sucede luego del domingo 16 cuando se vote en aquella provincia. El senador Omar Perotti va por la recuperación del poder peronista. Ganó las PASO. Pero los números previos indican una paridad marcada.

Juan Urtubey, el gobernador de Salta, y el senador Miguel Pichetto insisten en sostener a Alternativa Federal. Sergio Massa, su figura más potente, aparece esquivo. Negocia con el kirchnerismo. Está dispuesto a volver allí con la cabeza gacha. Parece que su estrategia no ha sido la más atinada. Termine donde termine, lo que habrá sepultado es su aspiración presidencial. El sueño con que arrancó esta repetida aventura.

Eduardo van der Kooy

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