Lunes, 10 Junio 2019 00:00

¿Todo a la primera vuelta? - Por Claudio Jacquelin

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Cuando faltan solo 48 horas para que se cierre la inscripción de las alianzas y los partidos que competirán en las PASO, el 11 de agosto, siguen en pie demasiados escenarios para hacer proyecciones certeras.

 

Sí hay una excepción de peso: Cambiemos y el kirchnerismo protagonizarán sin sombras las primarias presidenciales en octubre. Única certeza: comienzo de nuevos dilemas y revisión de planes.

Las elecciones generales celebradas ayer en cuatro provincias (Chubut, Entre Ríos, Jujuy y Tucumán) y las primarias de Mendoza volvieron a entregar triunfos oficialistas, como en la docena de comicios provinciales anteriores. Y poco más. Solo las diferencias porcentuales entre ganadores y perdedores y la comparación con los comicios de 2015 dejan algo para el análisis particular. Demasiado escaso para sacar conclusiones que puedan traspolarse o alterar la escena nacional.

La polarización, instalada como un hecho irreversible, ha reafirmado la idea de que las PASO oficiarán como una primera vuelta, aunque técnicamente se trate de una disputa intrapartidaria. Solo una formalidad. Es el resultado de la probable falta de desafiantes de Macri, en Cambiemos, y de los Fernández, en el universo kirchnerperonista, o la previsible ausencia de simetría si algún dirigente intentara competir con esos candidatos ya lanzados en cada uno de los espacios. Sergio Massa o Martín Lousteau solo serían (o habrían sido) sparrings de ocasión para simular un combate sin equivalencias.

La consecuencia de las hiperbólicas gambetas y contorsiones de Massa es que no solo terminaron por maniatar y licuar el espacio del medio. Han tenido otro efecto relevante: obligaron a revisar estrategias en el macrismo y a acelerar procesos en marcha en el kirchnerismo.

Hasta hace una semana la mirada de los estrategas oficialistas estaba puesta en el ballottage, aun con una potencial derrota de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires. Confiados tanto en que llegarían a esa instancia como en que entonces el rechazo a Cristina Kirchner y a su pasado sería mayor que la frustración con Macri. El famoso match entre miedo y decepción, que intenta instalar el gurú macrista Jaime Durán Barba.

La mira puesta en la disputa final hacía que a los radicales que impulsaban una ampliación de la coalición oficialista se les respondiera desde el comando macrista que eso sucedería (casi como una fatalidad) entre el 27 de octubre y el 24 de noviembre, entre la primera y la segunda vuelta. Ni una cosa ni la otra. Ni los radicales insisten en las posturas originales, sino en variantes más modestas, ni la segunda vuelta es inexorable. Todo está mutando rápidamente.

No es un dato menor para la Casa Rosada que el kirchnerismo ya viniera poniendo todas sus energías para tratar de imponerse en la primera vuelta o, al menos, de sacar una ventaja suficiente, capaz de proyectar la imagen de un carro ganador al que en casi todas las elecciones se terminan subiendo los dubitativos. La imposición de Alberto Fernández había sido el primer paso de ese sendero escarpado.

Si aspirar a ganar en primera vuelta parecía y puede parecer una ensoñación kirchnerista, hay que decir que es realpolitik. Los colaboradores más cercanos del candidato de Cristina respetan tanto las aptitudes electorales del macrismo como desprecian y subestiman su aptitud para gobernar y construir poder. Suficiente como para no desdeñar lo que pronostican sus adversarios respecto del ballottage. Admiten sus debilidades. De allí la catarata de lisonjas que a Massa le dedicó Fernández, devenido en aspirante a gran seductor de la política nacional. Nada parece ser demasiado si el destino es la victoria. Y la derrota ya es suficiente castigo.

En busca de ese hipotético triunfo, tampoco les provoca pudor a los asesores de Alberto Fernández copiar estrategias de campaña macristas. Un homenaje a Marcos Peña. También los kirchneristas irán por la batalla del WhatsApp y se han hecho de bases de datos que les permitirán llegar a la intimidad virtual de los electores. Hay rumores de juicios en cierne por el modo en el que obtuvieron ese insumo. Todo sea por ganar, que lo demás no importa, replican.

PASO complicadas

Es cierto que no puede trazarse una equivalencia sin matices entre estas primarias y las anteriores de 2015, en especial por la ausencia de una tercera fuerza robusta, pero eso no impide tenerlas en cuenta para evaluar situaciones probables. Todo lo contrario. Hay varios elementos decisivos que pueden repetirse.

Una de las lecciones que aprendieron en los dos comandos es que en 2015 votaron dos millones de personas más en las elecciones generales que en las PASO y que los votos en blanco se redujeron a la mitad en la primera vuelta, respecto de las internas. Fue un cambio imprevisto del electorado que resultó trascendente.

Los nuevos votos positivos se inclinaron en una proporción de 3 a 1 a favor de Cambiemos. Entonces, el humor mutó drásticamente en ambos espacios. La idea de un triunfo de Macri en la segunda vuelta se instaló con la fuerza de una verdad más que como una probabilidad y excedió al búnker de campaña de Cambiemos. Mientras tanto, el aroma de derrota fluía a raudales del comando de campaña de Daniel Scioli.

El nivel de concurrencia a las urnas el próximo 11 de agosto puede ser tan importante como lo que ocurra en los grandes distritos. Pero esos serán detalles relevantes para los estrategas de campaña de cara a la competencia real. En cambio, la mayoría de la sociedad y también las minorías intensas mirarán los resultados de cada interna y los compararán entre las fuerzas. Habrá ganadores y perdedores, aunque hayan competido en canchas paralelas. El humor social no quedará indemne. En los comunes mortales ejercerá una fuerte influencia para lo que harán en octubre. Tanto como lo que pueda pasar en ese lapso con la situación cambiaria.

Los grandes tomadores de decisiones, los famosos y temidos mercados, en cambio, no necesitan esperar 70 días. Pueden resolver las cosas antes. Si la diferencia entre oficialistas y kirchneristas llegara a ser tanto o más marcada a favor de los opositores como pronostican hoy las encuestas, podría tener un efecto acelerador no solo en lo financiero, sino también en lo político. Por eso, las PASO deberían cobrar ahora más relevancia en el macrismo. Y mucho más que en 2015, cuando Cambiemos era puro futuro. Casi todo lo que pasa en el presente cae en su cuenta.

La necesidad de dar señales de ampliación de la coalición se ha vuelto así mucho más perentoria. Eso explica que el número de postulantes a integrar la fórmula con Macri haya empezado a reducirse con la exclusión de los macristas puros. Gabriela Michetti, Patricia Bullrich y Carolina Stanley no integran hoy la nómina de convocados a la gran final. Aunque las calesitas macristas no siempre tienen sortijas para los invitados a subirse. El espectáculo ya se vio en septiembre del año pasado con el cambio de gabinete que no fue.

En espejo con lo hecho por Cristina Kirchner, el macrismo no espera ni busca ya que un compañero de binomio le aporte al Presidente más votos en forma directa. El objetivo es ampliar los límites que le acotó la economía.

Siguiendo el manual duranbarbista, se trata de atenuar desde ahora el impacto de la decepción, con una señal de apertura y renovación. Al mismo se pretende que sirva para potenciar el miedo al regreso de un kirchnerismo maquillado, pero kirchnerismo, al fin y al cabo, sin demasiados cambios ni moderación de fondo.

Después de las PASO se verá si la atracción de dirigentes se traduce en la suma de votos o si todo termina en la primera vuelta, sin margen para un ballottage. Dilema de las dos orillas.

Claudio Jacquelin

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