Domingo, 16 Junio 2019 00:00

Macri despertó de su siesta - Por Eduardo van der Kooy

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)

Pichetto fue convocado para articular acuerdos en el interior peronista. Su misión es esa, antes que la de aportar votos.

 

Los primeros trazos gruesos del mapa electoral permiten visualizar, al menos, cuatro cosas. El desprecio unánime de la clase política hacia las PASO. Nacieron en 2009 como ardid de Néstor y Cristina Kirchner luego de la derrota en las legislativas. Fueron envueltas, como tantas cosas, con el relato de la presunta necesidad de democratizar la vida interna de los partidos. Ninguna de las siete alianzas presentadas –por ahora- ofrecerá competencia entre sus candidatos.

Las agrupaciones principales, además, hicieron cierto esfuerzo por virar hacia la moderación. La ex presidenta colocó a Alberto Fernández como mascarón de proa para atenuar el temor que en muchos sectores despierta su figura. La incorporación de Sergio Massa implica también un fortalecimiento del reformismo conservador. El kirchnerismo puro sigue replegado, con excepción de algún incontinente autoritario. El caso del amigo del Papa, Juan Grabois, jefe de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). Se indignó por la pirueta del senador Miguel Pichetto.

Otro rasgo de aquel mapa podría ser interpretado desde dos ópticas. Un desgranamiento peronista repartido en las agrupaciones electorales con mayor espesura electoral. O, por qué no también, una peronización de los grandes espacios. La frondosa vaguedad ideológica del peronismo posibilita dicho fenómeno.

El último punto sería, tal vez, el más delicado. Apunta a valores esenciales de la política que cada vez resultan más esquivos. Deterioran la confianza de esa actividad que no se registra únicamente en la Argentina. La palabra pública emerge casi deshecha. Su carencia de valor iría de la mano con la flojedad de los compromisos. Hay para todos los gustos. Alberto Fernández estuvo ocho años criticando severamente a Cristina. Volvió junto a ella. Massa se cansó de repetir, después de derrotar en 2013 a la ex presidenta, que el kirchnerismo significaba para él una etapa superada. Allí está de nuevo. Pichetto había declarado en mayo que no podría ser vicepresidente de Mauricio Macri. Lo es, por lo menos como candidato. Margarita Stolbizer se había alejado del radicalismo en 2007, cuando su antiguo partido acordó la fórmula de Roberto Lavagna con Gerardo Morales, ahora gobernador reelecto de Jujuy. La misma mujer es hoy uno de los sostenes de la postulación del ex ministro de Economía.

Los dirigentes siempre se escudan en excusas para explicar tal volatilidad. Una sería atendible: los partidos se diluyen cada día más y derivan en coaliciones todavía precarias. La misma mutación –por tomar ejemplos módicos-- sucedió en Chile y Uruguay. No se registra en ninguno de esos países tanto transfuguismo como aquí.

Semejantes facilidades resultan posibles por el contexto de una sociedad permeable. Con limitadísima conciencia de castigo. Quizás la depreciación de la palabra no sea lo peor. Cristina aspira a retomar las riendas del poder mientras sobrelleva 13 procesamientos y 7 pedidos de prisión preventiva. La mayoría, por sospechas de corrupción. Posee la mejor intención de voto. Asiste como si nada al primer juicio oral y público por haber favorecido con la obra pública al empresario K, Lázaro Báez. Mantiene a su hija Florencia cautiva en Cuba –sin dar explicaciones- para protegerla de cualquier trastorno judicial en las causas Los Sauces y Hotesur. Ambas por presunción de lavado de dinero.

La semana pasada José López, el ex secretario de Obras Públicas de Cristina hasta el último día, fue condenado a seis años de prisión por haber intentado ocultar en un convento bolsos con US$ 9 millones. Fue una de las dos o tres imágenes emblemáticas del saqueo kirchnerista. El epílogo transcurrió apenas como una cosa más escondida en la polvareda electoral. Entre aquella imagen obscena de López de la madrugada del 14 de junio del 2016 y la sanción ajustada a la ley, parece existir un ostensible desbalance. Mala calibración del perjuicio colectivo que causan el fraude y el delito con el dinero del Estado.

Los laboratorios de Macri y de Cristina para configurar aquel mapa electoral funcionaron con llamativa sintonía. Si se observa bien, sus estrategias tuvieron el mismo corazón. Eligieron los acompañantes dando prioridad a sus capacidades políticas operativas antes que a la popularidad de sus figuras. Ni Alberto Fernández ni Pichetto representan usinas de votos. Son, sobre todo, hombres del poder.

Los mecanismos utilizados para sus ascensos también resultaron similares. Prevaleció la búsqueda del impacto y la sorpresa. Habrá que darle tiempo, en ambos casos, a la persistencia de la onda expansiva. Tal manifestación reconoce un campo de batalla: la capacidad explícita o implícita que sepan demostrar para tejer acuerdos con los gobernadores que despegaron sus elecciones provinciales para garantizarse el poder antes de ser apremiados por la disputa nacional.

Aún con sus parecidos, el esfuerzo político de Macri debió ser superior al de Cristina. El Presidente pasó semanas buscando el escape que le planteó el laberinto de los Fernández. Para algunos dirigentes de Cambiemos (ahora rebautizado como Juntos por el Cambio) se habría tratado, quizá, de una siesta demasiado prolongada. El ingeniero debió aceptar, en primer término, la demanda de sus socios radicales. Pidieron participar en la construcción de la fórmula y la ampliación de la coalición oficial. La negociación tuvo rispideces porque a Macri hace rato que lo indigestan los planteos prepotentes de Alfredo Cornejo, titular de la UCR y gobernador de Mendoza. La reaparición de Ernesto Sanz en la escena de las conversaciones obró como bálsamo.

El ex senador debió resistir ofertas y presiones. “No empecemos de nuevo”, lo frenó a Marcos Peña. Sanz no está dispuesto a dejar la política pero menos a hipotecar un modo de vida que lo satisface. Sueña con alternar a futuro las montañas de San Rafael natal quizá con las orillas del mar de algún rincón de Chile. El abogado radical fue consciente de que su partido no disponía ahora de un candidato adecuado para las urgencias de Macri. Su preferido era Emilio Monzó, un imposible para el paladar presidencial. Pichetto no representaba menos.

La aceptación del senador peronista fue casi una carambola a tres bandas. Macri tiene una excelente relación personal con él. Simboliza, sin dudas, un gesto de apertura y el fin de la cápsula macrista que hegemonizó las decisiones desde el 2015. Marcaría, por otra parte, un horizonte diferente en caso de que el Presidente alcance la reelección. La combinación de esos factores detonó la increíble sobreactuación de los mercados.

La posibilidad de aquel nuevo paisaje contó con otros registros. Pichetto apareció en la primera reunión de Gabinete ladeado por Monzó. Le agregó a sus primeras palabras ese fuego que raramente emerge en el macrismo. Los dirigentes peronistas que forman parte de la coalición oficial montaron junto al senador una fotografía de campaña con asado y marchita. El sindicalismo tampoco permanece ajeno. Guillermo Pereyra, secretario general del gremio Petrolero, integrante de la CGT, habló un par de veces en el pre coloquio de IDEA en Neuquén. Una de ellas, durante una recepción en una bodega, en compañía del gobernador Omar Gutiérrez, del MPN, y del ministro de Producción y Trabajo, Dante Sica. Los presentó como “compañeros”. Porque desde ahora “somos todos compañeros”, remarcó. Sonaron las carcajadas. Pereyra ha sido un hombre clave para el progreso de las exploraciones en Vaca Muerta.

Ahora el Presidente está obligado a ingresar en un ambiente menos festivo. Debe confeccionar las listas de diputados y senadores que tendrán que ser presentadas como máximo el sábado próximo. Pichetto, junto al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, son los encargados de abrir el abanico con los gobernadores. Hay cuatro provincias (Córdoba, Río Negro, Misiones y Neuquén) que irían en octubre con boleta corta. Un hándicap para el Presidente. Circulan gestiones para que Santiago del Estero, anfitriona del primer acto de Cristina, y Chubut, donde se floreó Massa, hagan lo mismo. El aporte más taquillero lo hará la Ciudad. Horacio Rodríguez Larreta cerró un combo que incluye a Martín Lousteau como candidato a senador. Arrastró a socialistas y radicales. El jefe porteño apuesta su carta a ganar en primera vuelta.

Macri y Peña se encargan de las negociaciones sensibles para el núcleo duro del poder. Saben que, de ganar, delegarán la titularidad del Senado en un peronista, Pichetto. Ocuparía el sillón de Gabriela Michetti. El radicalismo pretende para Cornejo el timón de Diputados que posee ahora Monzó. Pero María Eugenia Vidal defiende como leona a su pupilo, el ministro de Seguridad, Cristian Ritondo. La gobernadora pasó facturas en la Rosada: peleará su reelección sobrellevando la carga de Macri, habiendo aceptado no desdoblar los comicios y sin el recurso de las colectoras. Vidal desea que Cornejo se conforme con la presidencia provisional del Senado. El lugar del macrista puro, Federico Pinedo.

El kirchnerismo mantiene indefiniciones que también le impiden relajarse. Massa no abandona el sueño de confrontar en las PASO con Alberto Fernández. Aunque sabe que corre el riesgo de una durísima derrota. El líder del Frente Renovador pretende demostrar que conserva un caudal interesante de votos. Le habilitaría derechos en un hipotético gobierno de los Fernández. Se aseguró que su esposa, Malena Galmarini, sea respaldada por los K para recuperar la intendencia de Tigre. Sería la oportunidad, quizá como consuelo, de volver a empezar.

Eduardo van der Kooy

Visto 356 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…