Martes, 18 Junio 2019 00:00

¿Puede Mauricio Macri confiar en Miguel Ángel Pichetto? ¿Y al revés? - Por Marcos Novaro

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El acuerdo está pensado no sólo para ganar sino para gobernar. Pero si ganan, ¿cómo funcionaría el binomio? ¿Hasta dónde llega el convenio y dónde empiezan las diferencias?

 

Pareciera que Mauricio Macri se ha resignado a no hacer un segundo mandato como el primero, ante el peligro de no tener siquiera la oportunidad de intentarlo. Menos mal.

La idea peregrina de que "hicimos todo bien pero en 2018 nos sorprendió una racha de mala suerte", o peor todavía, que "la gente tarda en darse cuenta pero al final nos va a reconocer el esfuerzo", que iba de la mano de la expectativa puesta en que una vez más Cristina Kirchner perdiera la elección por ellos, tal vez no alcanzaba para condenarlos a la derrota. Pero seguro los conducía, en caso de evitarla, a repetir los vicios del primer mandato. Así, si la única opción que consideraban y nos ofrecían consistía en ganar con ese matete en la cabeza, tal vez era mejor que perdieran.

Sin embargo, no eran esas las únicas dos opciones a la mano. Y así lo entendió Macri, aunque tarde y desprolijamente, cuando abandonó por fin la matriz con que se manejó hasta ahora, la apuesta por un gobierno lo más chico posible, y gracias a eso bajo su entero control y que tuviera la menor dependencia posible de los demás, manteniéndolos a distancia de la toma de decisiones (como hizo con los radicales) y acordando sólo puntualmente cuando resultara imprescindible (como hizo con los peronistas disidentes).

Ahora bien. ¿Significa esto que hay un nuevo esquema de coalición y de toma de decisiones y funcionamiento? ¿O no se pensó aún en nada de eso y se va a armar sobre la marcha, según cuánto empuje y cuánta muñeca tenga cada actor o grupo involucrado? Da toda la impresión de que estamos más cerca de esto último. Lo que reviste ciertos peligros para el presidente, para los miembros iniciales de su coalición, y también para los nuevos, que pueden pronto entrar en tensión con los primeros. Por ahora, y como de lo que se trata es de ganar, nadie se queja. Porque además las cosas parecen ir sobre rieles.

Contra lo que se suele decir, que Macri pensó en Miguel Ángel Pichetto más para mejorar la gobernabilidad económica que para sumar votos, lo lógico es pensar que se apuntó a ambas cosas a la vez, y con buen tino, entendiendo que eran dos caras de una misma moneda: había que desarmar el círculo vicioso que vinculaba las malas expectativas económicas con el aumento del malhumor social, la consecuente caída del apoyo al gobierno y, a consecuencia de ello, el creciente poder gravitacional de la oposición, que realimentaba a su vez el pesimismo económico; y reemplazarlo por un círculo virtuoso en el que la confianza de los inversores aportara a un cada vez más firme control del dólar y la inflación, sosteniendo a su vez la confianza en el rumbo establecido, en la reelección del presidente y así también la mejora económica.

Como se ha visto en estos días, los primeros pasos de esa operación están dados. Y si el clima de mayor confianza económica se mantiene, sin demora los votos se irán sumando. Los defensores del purismo y el aislacionismo macrista, de la tesis según la cual Macri sigue siendo el único centro de poder real del oficialismo, podrán decir que algo de esto ya estaba en marcha desde mayo, así que no todo es "efecto Pichetto". Y puede que tengan razón. Pero nada de eso va a impedir que el senador rionegrino lo capitalice. Y refuerce, en consecuencia, la idea de que tienen que dejarlo jugar, sumar más y más peronistas por la puerta que él entreabrió. Y darles algún lugar.

Así, en pocos días y sin que nadie pidiera permiso ni aclarara hasta dónde avanzarían las cosas, se pasó del Pichetto vice a un entero nuevo socio, la cuarta pata de la coalición oficial, oportunamente rebautizada Juntos para el Cambio.

El objetivo de este proceso de absorción es, en principio, darle de nuevo encarnadura y efectividad al voto peronista anti k, capacidades que la tercera vía perdió por obra de las jugarretas de Roberto Lavagna y los saltos mortales de Sergio Massa. Ante eso, el oficialismo debía evitar a toda costa que el voto peronista se reunificara, convergiendo detrás de los Fernández, ante la evidencia de que había quedado esa sola expresión viable para él (no hace falta aclarar, Roberto Lavagna y Juan Manuel Urtubey ofrecen apenas una opción testimonial).

Es que Macri ya no podía hacer como en 2015, cuando recibió esos apoyos gratis, esperando a que cayeran en sus manos en la segunda vuelta, ante la falta de cualquier otra salida. Y entendió que debía pagarlos por anticipado, y pagarlos bien, invertir parte de su poder remanente para darles un efectivo canal de expresión. Si no esos votos se disiparían, o llegarían demasiado tarde, cuando ya hubiera perdido Buenos Aires, y con ella, las mínimas chances de seguir gobernando.

La cuestión es que, al hacerlo y darle nueva vida al peronismo de centro, republicano, poskirchnerista, está invitando a un conjunto de actores a darle cuerpo, desde el Estado nacional, ocupando todo lo que puedan en él. ¿Cómo va a convivir este peronismo potencial, que hoy apenas sobrevive en algunas cabezas, cuando se vaya volviendo concreto y efectivo, con el resto de la coalición y del gobierno?

Es una obviedad decirlo: Pichetto es un hombre de Estado, como dice el presidente, pero también es un hombre de partido, y su proyecto es reconstruir el peronismo, hacerlo de nuevo competitivo, más competitivo de lo que es de la mano del kirchnerismo, contra el PRO y el resto de quienes hoy ocupan el centro político. ¿Dónde se van a cruzar, entonces, los planes y los intereses de los nuevos socios? Difícil saberlo, pero lo que no puede obviarse es que ese cruce va a suceder.

Ahora bien: ¿significa esto que la propuesta de Macri-Pichetto es problemática como fórmula de gobierno? Es una pregunta algo retórica hoy en día, porque del otro lado lo que se ofrece es algo por completo insólito y disfuncional: aun los que votarán al Fernández sin votos creen que votan a un empleado, confían en que la que tendrá el poder será Cristina. ¿Podrían de todos modos los Fernández gobernar en armonía porque sus intereses son los mismos? Imposible saberlo, puede salir cualquier conejo de esa galera. Pero el punto es que quienes los apoyan en general no se lo preguntan, confían en la sabiduría de la jefa y la disciplina de los acólitos, o sienten tal rechazo por las demás opciones que no los desvelan estos “detalles”.

En cambio, del lado de Macri es bueno y oportuno que se lo pregunten, y sobre todo que lo expliquen. Además de porque sus votantes suelen ser más desconfiados, porque tienen más chances de ganar y es mejor que se preparen para lo que viene.

¿Cómo va a gobernar, en suma, Macri con Pichetto? Seguro, no como lo hizo con Marcos Peña. Esa fue una experiencia bastante frustrante, aunque todavía parece que no se analizó ni reflexionó lo suficiente sobre por qué lo fue. Y este es un primer problema que se nos presenta: esta decisión innovadora sobre la fórmula presidencial no obedece a un aprendizaje saldado sobre los vicios (no los errores más o menos puntuales de política pública, las limitaciones políticas, que son otra cosa mucho más seria) de un esquema de conducción fallido, sino tan solo a una urgencia electoral, que tal vez algunos piensen van a poder resolver conservando todo el resto del esquema, cambiando solo algunas piezas, "sale Gabriela Michetti, entra Pichetto, lo demás (su "control") sigue igual". ¿Será que piensan que, aunque Pichetto no se limitará a hacer sonar la campanita, estaría genial intentarlo? ¿Será que piensan hacer con él lo que hicieron con Ernesto Sanz? No han mostrado mayor capacidad de aprendizaje, pero en esta oportunidad puede que no tengan ya mucho margen para el error.

Si en cambio reconocen que, en caso de ganar, serán parte de un gobierno que ya no será tan "suyo" y ven las ventajas potenciales que esto encierra, podrían sacar más provecho de lo que tiene para aportar ese peronismo que puja por hacer pie en la gestión, y hasta podrían también imprimirle una nueva dinámica a la gestión, en que otros actores también ganen influencia y ayuden a empujar el carro. El resultado no será tan fácil de controlar, pero tal vez no resulte tan poco satisfactorio como el que hemos tenido estos años.

Pichetto puede ayudar a darle, en parte a costa de Peña, es cierto, otra dinámica a la relación entre el gobierno y los empresarios. Y también imprimir un giro a la que existió hasta aquí entre el Ejecutivo y el Legislativo, y entre el gobierno nacional y las provincias. Podría hacerlo en beneficio de Macri y de la consistencia y amplitud del plan de reformas que él y el país necesitan. Pero podría también bien pronto volverse un filtro de la legislación que pretenda impulsar el gobierno en su conjunto. Y de las alianzas que pretenda tejer. Si los demás actores de este juego no se ponen las pilas y no entienden las verdaderas razones por las que terminaron recurriendo a él, aunque traten de acotar su influencia, puede que terminen haciendo que lo segundo sea más probable. Y que las chances de una cooperación productiva decrezcan.


Marcos Novaro

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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