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Domingo, 30 Junio 2019 00:00

La polarización rompe límites - Por Eduardo van der Kooy

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Entre los responsables de la crisis saldría el próximo presidente. Otra extravagancia de la Argentina.

 

En las últimas semanas la escena electoral registro tres episodios relevantes. La nominación que Cristina Fernández hizo de Alberto Fernández para la candidatura a presidente. La irrupción de Miguel Ángel Pichetto como compañero de fórmula de Mauricio Macri. El regreso de Sergio Massa, después de eternos cabildeos, a las filas del kirchnerismo.

Aquellas novedades pudieron haber tenido un significado más simbólico que fáctico. Cada uno apuntó a fortalecer costados políticos débiles del oficialismo y la oposición. La ex presidenta intenta enmascararse en la moderación. Mauricio Macri pretende demostrar apertura y gobernabilidad a futuro. Ninguno de los candidatos individualmente, sin embargo, parecieran haber arreado muchos votos a los que a priori tendrían el ingeniero y la abogada. En ese sentido han resultado inocuos.

Una salvedad, a lo mejor, podría caberle a Massa. Su caudal pudo haber emigrado antes del larguísimo trayecto que insumió su paso de Alternativa Federal al kirchnerismo. En parte, explicaría el predominio persistente del binomio de los Fernández. También algo, aunque poquito, del repunte que exhibe Macri.

Ese capital el líder del Frente Renovador debió resignarlo por los errores de estrategia. Llegó a negociar su ingreso a la comarca K con un estado de anemia política visible. Resignó la idea original de participar en las PASO ante los Fernández. Aceptó la primera diputación por Buenos Aires y la promesa de conducir la Cámara si la oposición triunfa en octubre o en el balotaje. A las promesas en política se las suele llevar la primera brisa.

Cristina no pudo haber aceptado jamás el deseo del dirigente con quien se reunió en reserva ya dos veces. No se animan, mutuamente, todavía a mostrarse de nuevo juntos. Quizás para no aparecer como los exponentes del mercadeo –según la ajustada definición que hizo en Clarín el politólogo Hugo Quiroga-- en que resultó convertida la política en nuestro país.

La ex presidenta tendría otras razones. Afines con su personalidad y el entendimiento del poder. No está dispuesta a compartir sus votos. Lo hará sólo formalmente con Alberto. Menos aún a tomar el riesgo de que esa presunta división pudiera facilitarle a Macri la posibilidad de quedar individualmente como el postulante más votado en las primarias de agosto.

La inocuidad en el traslado de votos registrada por Alberto, Pichetto y Massa –que registran casi todas las consultoras-- agregaría otro factor contradictorio a los muchos que atraviesa el proceso electoral. ¿Por qué razón?. Porque desde el establecimiento de las fórmulas a vuelto a crecer la tendencia a la polarización. Una verificación que en sus últimas mediciones, algunas aún parciales, exponen las empresas de opinión pública Isonomía y ARESCO. Un fenómeno difícil de explicar que, pese a todo, se complementa con paradojas anteriores.

Aunque con leves mejoras, tanto Macri como Cristina siguen teniendo las más elevadas tasas de rechazo. Detrás de ellos, se acomoda Massa en la hilera. El kirchnerismo acusa al Gobierno de haber metido al país en una grave crisis económico-social. Es la columna vertebral de su campaña. El macrismo sostiene que los motivos de la crisis hay que rastrearlos en el desquicio que como herencia dejó la ex presidenta. Aceptan, como autocrítica, que no supieron blanquearla a tiempo. Fueron compulsivamente optimistas. Entre los responsables de la crisis –al margen de quien tenga mayores cuotas de razón-- saldría el próximo presidente. Otra extravagancia de la Argentina.

La creciente polarización podría estar fundada en varias razones. El debilitamiento objetivo que a la fórmula de Alternativa Federal (Roberto Lavagna-Juan Manuel Urtubey) produjeron las deserciones de Massa y Pichetto. También el distanciamiento de varios gobernadores del PJ que habían prometido participar en dicho espacio. Ese conglomerado llegó a cosechar en algún momento alrededor de 20 puntos. Tal valoración estaría ahora debajo de 15. Después cabría una disección entre los ciudadanos que manifestaban no estar dispuestos a votar ni a Macri ni a Cristina. Se trataba de un núcleo que reunía 35 puntos. Alrededor de 10 estarían desapareciendo.

La fotografía más nítida de la polarización se estaría registrando en Buenos Aires. Porque además de Macri y Cristina compiten por el principal distrito electoral dos candidatos fuertes. María Eugenia Vidal, la dirigente con mejor ponderación nacional, y Axel Kicillof, el ex ministro de Economía que fideliza todo el voto de la ex presidenta. Desarrolla una campaña intensa y austera, distanciada de los despilfarros y la historia de corrupción de la década pasada. Isonomía y ARESCO concuerdan que entre ambos sectores acumularían ahora el 80% de los votos. Insólito.

La construcción de semejantes extremos podría encontrar en la provincia una argumentación similar a la que se adjudica a la nación. Alternativa Federal peleará la gobernación con el intendente de Bolívar, Eduardo “Bali” Bucca. Ganó una diputación en 2017 anclado en la candidatura a senador de Florencio Randazzo. Sobre el ex ministro de Interior y Transporte de Cristina no existen ahora noticias.

Bucca es un dirigente respetado, pero de bajísimo conocimiento en Buenos Aires para pelear por el trono mayor. Allí llegó después de algunas peripecias en las cuales bastante tuvo que ver Lavagna. Hasta último momento del cierre de listas merodeó Alternativa Federal la figura de Daniel Scioli. Tuvo la venia de los socios no peronistas. Incluso del salteño Urtubey. Pero el ex ministro de Economía terminó por vetarlo.

Aquella polarización en Buenos Aires no es simétrica. Cristina, según ARESCO, le sigue llevando 10 puntos de ventaja a Macri. El Presidente viene escalando suavemente en los últimos tres meses. Pero no acortó distancias porque la ex presidenta recibió un flujo de votos, al parecer, del massismo. Vidal está dos o tres puntos encima de Kicillof. La gobernadora deberá ingeniárselas para compensar la brecha de la competencia presidencial. Lo hizo en 2015 cuando sorprendió con su victoria. Pero las condiciones no son las mismas.

La polarización es una idea que siempre sedujo al Gobierno. El kirchnerismo durante mucho tiempo se retrajo por el miedo al balotaje. Aunque ahora habría empezado a tomarle el gusto. Por una razón: si el fenómeno se mantuviera y acentuara, el dúo de los Fernández fantasea con la chance de un triunfo en la primera vuelta. Llegar a la meta indiscutida del 45% que los pondría a salvo de la segunda.

En el armado de las listas podría trasuntarse algo de aquel sueño. Cristina se ocupó primero de organizar su ejército. La Cámpora es el pilar en los principales distritos. En muchos del resto también. No se trata de un problema de cantidad de candidatos sino de la calidad distributiva. Es probable que en Diputados no alcance a reponer los 24 camporistas que deben renovar. Cedió algunos lugares para atraer aliados. Por ejemplo, Pino Solanas, en Capital, o el Movimiento Evita en la provincia. Uno de sus jefes, Fernando Navarro, había apostado por Randazzo en 2017.

Pero la ex presidenta ungió a seis de los suyos en los primeros doce lugares de Buenos Aires. Colocó además las cabezas en Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Mendoza. Resultó menos dadivosa en el Senado donde aspira a incorporar cinco senadores leales. Se sumarían a los nueve que ya controla. En la Cámara Alta está su trinchera ante la posibilidad de una derrota. Teme por las causas de corrupción, que seguirían su curso, y los fueros que la resguardan. Otro dato: a partir del 2020 no estará Pichetto. Con la teoría de la sentencia firme para tratar el desafuero evitó siempre un contratiempo a la ex presidenta.

El macrismo resultó, tal vez, menos flexible que la oposición. Pese al efecto Pichetto no hubo resarcimiento para el ala política que desde el 2017 reclamó una apertura de Cambiemos (Juntos por el Cambio). El senador salió de campaña con Rogelio Frigerio, el ministro del Interior. Emilio Monzó se bajó de esa actividad. Habrá que ver qué sucede si el Presidente obtiene la reelección. Pichetto apostaría a una reconciliación interna en la alianza.

Las ilusiones de Macri, Marcos Peña y Durán Barba están puestas en otro lugar. Se ausculta con una lupa la estabilidad cambiaria, la inflación y la evolución de la actividad económica. Los sondeos diarios del oficialismo muestran que la imagen presidencial se afianza a medida que las dos primeras variables ayudan. El dólar está planchado desde hace semanas. El alza de los precios para junio viene otra vez en descenso respecto del mes anterior. Podría ubicarse en 2.6%.

Por primera vez desde que estalló la crisis la actividad económica de mayo registró una mejora del 0.8% respecto del mismo mes del 2018. La mejora no fue pareja: estuvo acicateada, sobre todo, por el campo. El Gobierno aspira a que ese crecimiento se distribuya en otros sectores. Le echa además combustible al consumo. El objetivo es cambiar el humor. Recrear expectativas. Darle crédito a la prédica de que el camino sería el correcto. Moldear un relato de campaña del cual el Gobierno había quedado huérfano.

Macri posee, con evidencia, dos caras que contrastan. En cada gira al exterior acostumbra a recoger elogios. Incluso participó en Japón de la coronación de 20 años de tratativas para un acuerdo político entre el Mercosur y la Unión Europea. Ahora se abre otra instancia de diálogo entre los grandes bloques. La otra cara presidencial, con menos esplendor, asoma en la política doméstica. Donde, con muchos contratiempos, está jugando su destino.

Eduardo van der Kooy
Ilustración: Sábat

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Eduardo van der Kooy

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