Lunes, 01 Julio 2019 00:00

Alberto Fernández alimenta la paranoia con el mundo - Por Marcos Novaro

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Con sus críticas al acuerdo con la UE, el precandidato K echó mano al nacionalismo paranoide como matriz para explicar nuestros problemas. Una pésima idea.

 

Hay que reconocer que Alberto Fernández no la tenía fácil. Estaba un poco obligado a hablar mal del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, desestimarlo, sembrar dudas y alimentar temores. Por más que, en el segundo mandato de Cristina Kirchner, ella hubiera tratado de conseguir lo que ahora logró Mauricio Macri. Es la lógica de la campaña: no reconocerle nada al adversario, hacer invisibles sus méritos y ostensibles sus defectos. Hasta ahí, hizo lo que se preveía. Nada para destacar.

E incluso hay que decir que su primera reacción fue, aunque en esta misma línea, más bien módica: planteó más bien una duda que una certeza, al decir: "No queda claro cuáles serían los beneficios concretos para nuestro país. Pero sí queda claro cuáles serían los perjuicios para nuestra industria y el trabajo argentino. Un acuerdo así no genera nada para festejar sino muchos motivos para preocuparnos". Tal vez Macri, en el apuro por mostrar que el mundo nos sigue sonriendo y lo hace gracias a él, y por hacer olvidar que lluvia de inversiones no hubo, negoció mal, cedió demasiado. Quién sabe, no hay que descartarlo.

En este tipo de negociaciones, que involucran muchos temas, a lo largo de mucho tiempo, con varias contrapartes simultáneamente, siempre es posible imaginar un mejor resultado. Y puede que Macri haya estado condicionado por su entusiasmo, o por su pretensión de dejar una marca, un cambio difícil de ignorar en las relaciones de Argentina con el mundo. O tal vez se dejó llevar por los ultraliberales brasileños, y se inclinó demasiado a favor de los sectores locales potencialmente beneficiados por un comercio más libre, y no haya sopesado lo suficiente el interés de quienes tienen más chances de salir perjudicados. Todo eso es parte del debate, son argumentos legítimos, y seguramente seguirán rondando alrededor de este asunto, porque igual que sucedió con el Mercosur a partir de los años ochenta, sólo con el paso del tiempo se puede saber con precisión cuántos beneficios y cuantos costos trae un cambio como el que se ha puesto en marcha.

Por eso, además, este tipo de acuerdos se renegocian todo el tiempo. Algo que también Alberto Fernández se adelantó a anunciar que él haría en caso de llegar al gobierno. Igual que con la deuda: revisar todo lo que haya hecho Macri y renegociarlo, después vemos si hacía falta, si era la mejor opción, incluso el para qué, por de pronto, queda bien en la campaña decir que se va a rehacer todo, porque uno lo hubiera hecho mejor.

Pero lo más curioso del asunto no es nada de esto, que también estaba dentro de lo esperable. Sino que, con el avance de las horas, el resto de los representantes del kirchnerismo fue mucho más lejos en la crítica al acuerdo. Directamente lo repudiaron, hablaron ya no desde la pragmática de la campaña sino desde el atril de los fanáticos. Y entonces el Alberto se plegó a esa tónica.

Axel Kicillof fue el que hizo punta, al calificar el acuerdo como una tragedia, y repetir lo que había dicho otro fanático, que era peor que el pacto Roca-Runciman de 1933 (un antecedente que adoran traer a cuenta los partidarios del aislacionismo económico, que hace décadas quedó relativizado en los estudios de historia económica, pero bueno, la bibliografía de Axel no está muy actualizada que digamos).

Agustín Rossi recordó, por su parte, que lo firmado debe pasar por el Congreso, adelantando que el kirchnerismo lo rechazaría. Y Máximo Kirchner brindó la explicación panorámica y estratégica: según él se trata de "una avivada de los europeos, porque en Argentina y Brasil hay dos presidentes que ponen de rodillas a su pueblo. Cinco siglos igual y algunos todavía no aprenden". El hijo de la expresidenta devenido experto en economía internacional, nos explica que la UE se habría apurado a firmar con un gobierno que está de salida, antes de que volviera él con su progenitora a poner las cosas en su lugar. La megalomanía también se hereda, no solo los millones.

¿Qué hizo entonces el candidato a la presidencia de esta entusiasta murga aislacionista? Pues se dispuso a tocar la misma melodía, y fue bastante más allá de lo que la campaña le exigía. Lanzó la frase con que arrancamos este comentario, sobre el miedo a que el mundo "nos siga castigando".

¿De qué cuernos estará hablando? ¿Se referirá a todos los juicios que nos legaron las gestiones kirchneristas por negociaciones encaradas con la lógica del nacionalismo declamativo, y que terminaron en miles de millones de dólares a pagar a empresas expropiadas, bonistas defaulteados y demás? ¿Quién es el que nos castiga, el mundo o nuestros gobiernos demagógicos, irresponsables y vende humo?

Echarle la culpa de nuestras malas decisiones al imperialismo y demás fantasmas persecutorios es todo un clásico de la política argentina. Desde la Guerra de Malvinas para acá se ha usado de muchas maneras, siempre con pésimos resultados. Y los gobiernos kirchneristas están plagados de ejemplos al respecto. Algunos de los cuales estamos pagando, mientras otros recién van apareciendo y puede que sigan engrosando la cuenta. Pero está visto que ni la experiencia ni la matemática son criterios que aleccionen a este tipo de personajes.


Marcos Novaro

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