Jueves, 04 Julio 2019 00:00

¿Qué le ofrece hoy el kirchnerismo al peronismo? - Por Marcos Novaro

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Alberto Fernández ofrece a los gobernadores “compartir el poder” porque sabe que el suyo será, en caso de resultar electo, muy escaso: lo que pretende es, más bien, que sean los gobernadores los que le presten parte del poder que detentan.

 

¿Qué está pasando en el peronismo? Fracasado el intento de Pichetto de aislarlo y dejarlo languidecer en brazos de la izquierda, el kirchnerismo invita ahora a los demás peronistas a una amable reconciliación. En la que no queda claro quién va a someter y digerir a quién. Quién hace de apoyo y quién se haría con el poder. Aunque lo que sí es seguro es que el liderazgo y la identidad K estarán garantizados, tanto por la abundancia y solidez de los estereotipos peronistas que ofrecen, como por la escasez de recursos a disposición de un eventual nuevo gobierno.

Hace un tiempo, se debatía en los corrillos peronistas si existía alguna fórmula por la cual se pudiera garantizar la impunidad de Cristina y a la vez ofrecer una candidatura mínimamente unificadora y potable para las elecciones. La conclusión a que frecuentemente se llegaba era que no, no había forma: si se ofrecía impunidad se perdía el voto de los peronistas moderados y si se confrontaba con la expresidente se la incitaba a seguir en carrera y se perdían los votos de sus fieles. En esos devaneos, fue hundiéndose la avenida del medio.

En cambio, la fórmula con Alberto Fernández pergeñada por Cristina pareció encontrar la cuadratura del círculo: suficientemente K para asegurar impunidad, suficientemente peronista para atraer a los gobernadores y al menos parte de los moderados.

Aunque, en verdad, las dudas e incertidumbres están lejos de desaparecer: las tensiones entre moderados y duros en el Frente de Todos no cesan, lo vimos en el cierre de listas, de cuya confección dijo muy escuetamente el Alberto “me desentendí”, lo vimos en su heroico esfuerzo por presentar a Máximo Kirchner como un moderado (le faltó decir “un liberal progresista como yo”), y lo vemos todas las semanas cuando intenta silenciar a los Moyano, los Cúneo, Grabois, Brieva, Zaffaroni, Giardinelli y demás amigos del moderado hijo presidencial.

Hoy, en los corrillos peronistas se habla todo el tiempo de esto: ¿quién va a tomar las decisiones?, ¿la fórmula puede funcionar con cierto equilibrio, ¿Cristina se replegaría una vez que se eliminen las causas en su contra, o supervisará al nuevo presidente, convertido en otro más de sus testaferros y prestanombres? Se lo plantean también muchos votantes, incluso entre quienes tienen decidido apoyarlos. ¿Quién traicionará a quién?, interrogan los más aviesos.

Para ponerlo en términos un poco menos escabrosos: ¿cómo podría funcionar la reconciliación que teatralizan el Alberto y la Cristina, y con la que el kirchnerismo está ofreciéndole a los demás peronistas volver al poder? Las intenciones con que vayan a actuar ambos y sus respectivos entornos tienen su importancia, pero mucho más importantes van a ser los recursos y el contexto. Y en estos aspectos, habrá pocas chances para el equilibrio, y menos todavía a favor del eventual nuevo presidente.

Primero, porque un gobierno encabezado por Alberto Fernández tendría poco y nada para repartir, muchos costos a asignar y medidas impopulares que administrar. Un descalabro económico durante este año lo hubiera ayudado, como sucedió con Menem frente a Alfonsín. Pero esa posibilidad está ya descartada. También le sería de ayuda una rápida recuperación, como la que le tocó a Kirchner frente a Duhalde, pero tampoco ese es un escenario factible. Así, a un eventual triunfo prestado, le seguiría la decepción de los votantes, sobre todo los más entusiastas, que tendrán motivos para concluir que lo que hace falta es más Cristina, más camporismo, y menos “liberales” y moderados.

Segundo, porque, como ya estamos viendo, este peronismo moderado no tiene mucho que contraponer a la identidad y el entusiasmo de los kirchneristas, un ethos hecho de retazos de la vieja tradición peronista es cierto, pero en cualquier caso mucho más efectivo como ordenador de los conflictos políticos que el tono tibio y pasteurizado con que el Alberto trata de escapar a todos los debates en danza. En los reportajes que ha ofrecido en lo que va de campaña, las desventajas de su ambivalencia frente a la contundencia del mensaje K queda bien a la vista: no está claro si considera al régimen venezolano una democracia o no, si quiere o no quiere cumplir los compromisos de deuda, si ajustaría o no los gastos y en qué rubros, y mucho menos qué piensa hacer con los jueces si no aceptan su principio constitucional “Cristina es y será siempre inocente”.

El fondo de la cuestión es mucho más serio que estos silencios o equívocos: Alberto le habla a un peronismo cuya identidad y unidad están muy debilitadas, y que por eso mismo encuentran en el kirchnerismo subterfugios imprescindibles para seguir funcionando. De ahí que acallar a los duros le resulte tan difícil al candidato, y su esfuerzo por mostrarse moderado en todo tenga patas cortas.

Entre los subterfugios kirchneristas, el más efectivo es el antiperonismo. Este hace tiempo que ha desaparecido de la sociedad (si hasta los vecinos de Recoleta están dispuestos a votar en caso de necesidad a su “peronista menos malo”), pero es celosamente cultivado en la cabeza de los K, para quienes actúa como una excelente excusa, el recuerdo de los castigos padecidos que les permite insistir en sus crímenes y hasta celebrarlos. Ni el “ir de caño” de Grabois, ni el homenaje a Raúl Apold que hace cada vez que puede Brieva, ni el desprecio por las investigaciones sobre corrupción de Zaffaroni y Giardinelli son nuevos, son una reedición festiva y autocelebratoria de gestos similares de Guillermo Moreno, Luis D´Elía, Santiago Cúneo e infinidad de kirchneristas de pura cepa que se han pasado años agitando su fantasma interior, el de una parte del país que supuestamente los odia y los persigue.

Aclaremos entonces las cosas. Ni Brieva ni Grabois son hoy “EL” peronista. No lo son más que Alberto Fernández, Miguel Pichetto, o Felipe Solá, el primer reconciliado y a quien además de mandarlo a callar, dejaron fuera de las listas. Pero sí son estereotipos peronistas que a falta de algo mejor dan cohesión a un espacio político que otro recurso para unirse no tiene. Y tampoco va a tenerlo en caso de volver a controlar el Estado nacional, si este viene con muchas cuentas que pagar y muy poco para ofrecer. Ahí reside finalmente el motivo por el cual Cristina reabsorbió a Massa, al Alberto y su renovación, y no sucedió al revés.


Marcos Novaro

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