Martes, 09 Julio 2019 00:00

La tragedia de De la Rúa: el sueño imposible de fusionar las caras alfonsinista y menemista de la sociedad argentina - Por Fernando Gutiérrez

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El fallecido expresidente recibió el mandato de fusionar el reformismo económico de Menem con la ética de Alfonsín. Su fracaso fue el de toda la sociedad

 

Murió Fernando de la Rúa y por estas horas, todos recuerdan las postales del fatídico 20 de diciembre de 2001 que marcaron el final de su gobierno: los saqueos, los enfrentamientos en Plaza de Mayo, los muertos en la calle, el helicóptero sobrevolando el techo de la Casa Rosada.

En cambio, casi nadie recuerda lo que ocurrió al día siguiente, cuando De la Rúa tuvo que volver a su oficina para hacer el último trámite antes de abandonar definitivamente la presidencia. Ese día, ante el amontonamiento de movileros que pretendían una última declaración, el ya ex mandatario sólo se preocupaba por repetir una frase: "Yo no devalué".

Los historiadores del futuro tendrán ahí tela para cortar: el hecho de que un mandatario deba renunciar dos años antes del fin de la gestión, en medio de un caos social nunca visto y tras cuatro años de recesión y desempleo récord, y aun así se muestre orgulloso de no haber alterado el "uno a uno" entre el peso y el dólar, es algo bastante elocuente sobre los valores sociales que imperaban en esa época.

De la Rúa, como todos, intuía que lo que se venía era un mega ajuste por vía devaluatoria –el otro ajuste, el que se produjo por vía recesiva, ya lo había hecho él- y, en ese momento de renuncia, quiso tener un último gesto de dignidad.

Desde su punto de vista, devaluar era algo prohibido, era el pacto que él tenía con su electorado, y de alguna manera transmitía que el respeto a ese principio le había costado el cargo. Posiblemente imaginaba que en el futuro la historia lo rescataría como alguien que había resistido las presiones del sistema financiero.

"Dicen que soy aburrido…"

Ya con una distancia de 17 años, la primera mirada histórica permite una mejor comprensión sobre qué fue lo que pasó en aquellas horas turbulentas. A De la Rúa se le podrán hacer muchos reproches, menos el de haber desobedecido a sus electores.

Esa fue su tragedia: el mandato que recibió De la Rúa por parte de la sociedad argentina era –hoy se percibe con una claridad que entonces no era posible- algo casi imposible de cumplir. Porque esa clase media que lo eligió en primera vuelta con un abrumador 48% de los votos –dejando en un lejano segundo lugar a Eduardo Duhalde con 38%- pretendía que De la Rúa sintetizara lo mejor del alfonsinismo y del menemismo.

Como si fueran dos caras de una misma moneda, los dos ex presidentes representaban –entonces y también ahora- la personalidad contradictoria de los argentinos: no se cansan de proclamar que quieren ser "un país normal" pero, al mismo tiempo, se niegan a asumir los sacrificios que todos los países "normales" hicieron para lograr un bienestar económico.

Raúl Alfonsín era el republicanismo, la transparencia, la honestidad, el prestigio internacional, el respeto por los derechos humanos, la cultura. Pero también el apego a fórmulas económicas inviables, la asfixia estatal, el desprecio por la economía de mercado, la hiperinflación.

Carlos Menem era la frivolidad, la permanente sospecha de corrupción, los "atajos" institucionales, la pizza con champagne. Pero también la estabilidad, el despegue económico, la modernización de los servicios, la ola de inversiones externas, el consumo, los viajes, el ticket de ingreso al primer mundo.

Y un sector de la argentina, la clase media ilustrada que moldea los medios de comunicación y la opinión pública, vivía esa situación ambigua con cierta culpa.

Como afirmaba una tapa de la revista Noticias en la campaña electoral de 1999, con De la Rúa se procuraba la llegada de una "Convertibilidad Progre". En otras palabras, el entonces candidato interpretó correctamente que le estaba permitido criticar al menemismo en todas sus facetas, menos en la económico-financiera.

Y, sobre todo, que la paridad peso-dólar que había permitido la fiesta consumista no era un tema sujeto a debate. De la Rúa, ante la insistencia periodística, se vio obligado a dejar las ambigüedades y tuvo que afirmar explícitamente: "El uno a uno no se toca".

En cambio, el candidato peronista parecía una garantía mucho más endeble sobre la continuidad de la convertibilidad. De hecho, un eslogan de la campaña de Duhalde era "Hay que cambiar el modelo".

Se daba así la paradoja de que la fórmula de la Alianza, en teoría la más opositora a Menem, era más continuista en el sentido económico. Las críticas quedaban limitadas al campo de lo ético.

No por casualidad, la recordada frase con la que los publicitarios de De la Rúa marcaron el tono de la campaña hacía foco en la diferencia de personalidades con Menem.

“Dicen que soy aburrido”, decía el entonces candidato, tratando de transformar en virtud lo que a priori podía ser percibido como una personalidad poco carismática.

“Aburrido, je… Será porque no manejo Ferraris”, afirmaba De la Rúa mirando a la cámara, y dando el mensaje que el electorado de clase media quería escuchar. Es decir, que venía un cambio de estilo, sin más líderes que se divirtieran ostentosamente mientras campeaban la pobreza y la desocupación. Pero ese cambio de estilo, claro, no implicaba la vuelta a los años convulsionados del alfonsinismo.

“¿Es divertida la desigualdad de la justicia, es divertido que nos asalten y nos maten en las calles, es divertida la falta de educación? Yo voy a terminar con esta fiesta para unos pocos”, culminaba el mensaje de la promesa delarruista.

El chivo expiatorio de la fantasía imposible

Como ocurrió en tantos episodios de la historia argentina, el mismo que en su momento fue encumbrado, aplaudido y empujado a una empresa imposible, luego fue defenestrado. En el caso de De la Rúa, no se lo empujó a una guerra ni a situaciones de enfrentamiento, pero sí a la extensión de un bienestar económico insostenible.

El propio presidente lo entendió siempre así. Tanto que cuando ya no fue suficiente con la presencia de economistas de línea moderada, como José Luis Machinea y Ricardo López Murphy, no dudó en convocar al mismísimo padre de la criatura: al ex ministro menemista Domingo Cavallo.

En ese momento, la conjunción imposible se hizo explícita. Por un lado, el sostén político de Alfonsín y un radicalismo incómodo, donde ya emergían voces desafiantes como la de Elisa Carrió. Por otro lado, la apuesta a que el inventor de la convertibilidad en persona lograra restaurar la confianza de los mercados… y el crédito del Fondo Monetario Internacional.

Años después, en entrevistas periodísticas, De la Rúa recordaría el momento en el que tomo esa decisión. Así como en la campaña había entendido que el electorado le exigía mantener la economía y cambiar la política, luego ya en la presidencia, creyó que el mercado le pedía que no alcanzaba con sus declaraciones de buenas intenciones y blindaje financiero: Cavallo tenía que estar al mando.

Lo peor de De la Rúa es que su gestión fracasó en todos los sentidos. No sólo explotó la economía, sino que también hubo escándalos de corrupción. En vez de tomar lo mejor del alfonsinismo combinado con lo mejor del menemismo, su gestión pareció una mezcla de lo peor de ambas presidencias precedentes. De manera que la sensación que quedó es que no sólo falló un gobierno, no sólo hubo torpeza en la gestión: además fracasó una fórmula de síntesis entre "las dos caras" de la política argentina.

El final trágico de esa experiencia fue lo que dejó en buena parte de la sociedad argentina esa sensación de fatalismo bipolar: o se privilegia el consumo –aunque eso implique sacrificar lo institucional y exponerse a la corrupción- o se privilegia la corrección política y el gradualismo –aunque eso implique un ajuste sin fin-.

Paradójicamente, en estos días el gobierno de Mauricio Macri está apostando a cumplir el sueño imposible que encarnó De la Rúa en los años ’90. El motivo que lo hace mantener el optimismo a pesar de la recesión es que cree que, por fin, la sociedad argentina alcanzó un consenso sobre la necesidad de reformas estructurales.

Ese fue, exactamente, el discurso que los funcionarios del gobierno, empezando por el propio Macri, repitieron durante la cumbre del G20 a los presidentes, ministros, directores de organismos multilaterales, empresarios y ejecutivos de fondos de inversión.

Una frase del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, sintetiza esa sensación: "Nunca se había hecho un ajuste de la magnitud que estamos haciendo sin que hubiera un golpe de Estado".

En otras palabras, el Gobierno cree que habría sido imposible realizar el corte de gasto público y el apretón monetario actual –y, anteriormente, un histórico "tarifazo" de los servicios públicos- si no fuera porque hay consenso social para ello. Y en su comité de estrategia electoral interpretan que las encuestas les dan la razón.

Está por verse si esa sensación es real y será refrendada por las urnas… o si el fantasma de De la Rúa vuelve a corporizarse en la política argentina.

Mientras tanto, el ex presidente seguirá en la categoría de los que no reciben homenajes. Las notas biográficas siguen recordando la huida en helicóptero de la Casa Rosada, pero no el clamor popular de la sociedad argentina por realizar la fantasía de mantener un consumismo de primer mundo con la productividad del subdesarrollo.

Fernando Gutiérrez

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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