Miércoles, 10 Julio 2019 00:00

Las diferencias entre Fernando de la Rúa y Mauricio Macri - Por Eduardo van der Kooy

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El líder del PRO no logró recuperar la economía. Pero pudo estabilizar la coalición que lo sostiene.

 

La Argentina ha perdido al tercer presidente desde la recuperación de la democracia en 1983. A la muerte de Raúl Alfonsín en 2009 y de Néstor Kirchner en 2010, se agregó este martes la de Fernando de la Rúa. Perfiles bien contrapuestos entre los tres. El caudillo radical y el ex gobernador de Santa Cruz trasuntaron siempre una fuerte afinidad entre su carácter y el ejercicio del poder.

Aunque el abogado de Chascomús nunca se animó a ensombrecerlo con actitudes autoritarias. De la Rúa, en cambio, pretendió construir su autoridad con una práctica del poder en exceso horizontal, quizá para diferenciarse de los presidencialismos fuertes, bien acordes a la tradición nacional, que lo habían antecedido.

En ese recorrido se topó con múltiples dificultades. Su propio carácter conciliador, aunque demasiadas veces ambiguo. El control de una Alianza heterogénea (UCR-Frepaso) que significó la primera experiencia política de ese tipo en el país democrático. La necesidad de un equilibrio permanente, además, con su propio partido que todavía aspiraba a conservar con vida, junto al peronismo, el tradicional sistema bipartidista. La tarea resultó complicada, sobre todo, por una razón: la sólida vigencia, aún luego de su anticipada salida del poder, de Raúl Alfonsín.

Tales problemas objetivos, sin dudas, se vieron potenciados por el contexto. De la Rúa recibió como herencia una crisis enmascarada. El peronismo en el poder posee una envidiable destreza para llegar siempre hasta un límite sin derrumbarse. Podrían dar fe contemporánea sobre ello Cristina Fernández y Mauricio Macri.

El ex mandatario de la Alianza pudo haber cometido, en ese sentido, un pecado similar al del ingeniero. Se aferró para ganar las elecciones a la convertibilidad agotada de Domingo Cavallo, con la cual Carlos Menem estiró una década su estancia en el poder. Tomó un atajo: le prometió a la sociedad en campaña lo que esa sociedad quería escuchar. El mensajero ingrato en la ocasión resultó Eduardo Duhalde. Por ese motivo perdió.

Es cierto que Macri en 2015 prometió un cambio. Pero lo ciñó a terminar con la corrupción extendida por los K y solo a maquillajes en la economía, cuya crisis quedó a cielo abierto a partir del vendaval financiero del 2018. Antes de eso, con rédito electoral (legislativas del 2017), el Presidente ensayó el gradualismo. Que terminó en un fuerte desencanto social.

Aquí convendría detenerse en varias diferencias de los tiempos. Aunque a veces simule lo contrario, Macri no comprende al poder como un ejercicio horizontal. Sus consultas, sus diálogos aún con dirigentes que discrepan con él son una cosa. La toma de decisiones, aunque a veces equívoca, otra bien distinta. El ingeniero tampoco observa el poder con indiferencia. Le atrae aunque a veces lo sufre. Nunca esa evidencia aflora en superficie más que durante las épocas electorales. Queda claro cómo está afrontando la campaña para agosto y octubre.

Ese constituye ahora un inconveniente para el peronismo habituado a dominar. Que no tuvo en 2001. Por un par de motivos. Pesaban aún en la escena los liderazgos de Menem y Duhalde. Sobre todo de este último. El peronismo, por otro lado, funcionaba todavía como un mecanismo articulado. En el cual la liga de gobernadores ejercía enorme influencia. Hasta supo condicionar al ex gobernador de Buenos Aires cuando se convirtió en mandatario de emergencia luego del estallido y la renuncia de De la Rúa.

La actualidad indica otra cosa. Un sector importante del peronismo adora la conducción de Cristina. Pero aquel mecanismo de antaño se ha desmembrado. Quizás aún en escala menor a lo que le sucedió al radicalismo. Pero aquella liga de mandatarios no es tal. En las tres fórmulas presidenciales principales hay dirigentes peronistas. Nada menos que el senador Miguel Ángel Pichetto, hombre de poder intenso en todos los ciclos del PJ, se anima ahora a acompañar a Macri como candidato a vicepresidente.

De la Rúa sufrió una construcción política que nunca logró administrar. Acordó con el Frepaso que Carlos “Chacho” Álvarez sería su vice. Enseñanza que Macri aprendió en su carrera por llegar: defendió con los dientes una fórmula macrista pura con Gabriela Michetti. Desechó las presiones del radicalismo. Se acaba de abrir, convocando a Pichetto, porque la crisis lo forzó. Habrá que ver cómo funciona ese matrimonio político si obtiene al final la reelección.

El vínculo de De la Rúa con Álvarez nunca fue fluido. Prevaleció la desconfianza entre ellos. El vice solía sentirse más cómodo cuando llegaban a sus oídos las palabras de los dirigentes alfonsinistas que pocas veces comulgaron con las políticas de su correligionario en la Rosada. Su renuncia fue el primer capítulo del desastre. Se produjo por una razón que socavó la poca credibilidad que le quedaba al entonces Presidente y a la Alianza: un grave caso de corrupción. Un pago de coimas en el Senado para que fuera aprobada la reforma laboral, en el cual había estado envuelto un hombre de la cercanía presidencial: el titular de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), Fernando De Santibañes.

La Justicia, ya en épocas del kirchnerismo, nunca pudo comprobar aquella maniobra que la política y el periodismo conocieron de cerca. Decretó la absolución en 2013 de todos los acusados. Pero esa sospecha de corrupción y la crisis económica resultaron letales para De la Rúa.

Su caída fue, al mismo tiempo, una frustración y una tragedia. Por segunda vez un gobierno de signo no peronista vio interrumpida su continuidad. Se perdió la primera oportunidad de poner fin al hegemonismo peronista. De ofertarle a la democracia la posibilidad de una alternancia.

Las derivaciones son conocidas. A la renuncia de De la Rúa y la emergencia de Duhalde le siguió el nacimiento del kirchnerismo. Que, está a la vista, sembró corrupción y desaprovechó una inmejorable ocasión de enderezar algo, siquiera, el rumbo de la estructura económico y social del país. Sus primeros buenos resultados, aquellos de los cuatro años de Néstor Kirchner, resultaron quizás un engaño pernicioso.

La política se degradó con Cristina. La economía profundizó su fragilidad. Nadie sabe, con certeza, cuándo ni cómo podrá recuperarse. Macri no lo ha logrado en su primer mandato que debe concluir en diciembre. Pero parece haber encaminado, al menos, la estabilidad de la coalición que lo sostiene. No se trataría de una medalla menor en una nación de sistema político tan precario como la Argentina. Para comprenderlo, sin embargo, habría que escarbar en el sentido hondo de la historia. Reflejarse también en el espejo del lamentablemente fallecido ex presidente De la Rúa.


Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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