Lunes, 15 Julio 2019 00:00

Alberto Fernández necesita urgente una campaña - Por Marcos Novaro

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A una semana del arranque, su estrategia luce deshilachada. Tras fracasar en su intento de lucir moderado, ahora parece decidido a hacerse el duro. Cómo impacta la ausencia de Cristina.

 

Ya antes de pelearse con tres periodistas al hilo, el miércoles último, la estrategia de mostrarse moderado le estaba fallando al precandidato del Frente de Todos Alberto Fernández. Tal vez porque nunca encontró el tono adecuado. O tal vez porque él tampoco sea la figura adecuada para esa operación.

En el mismo terreno del trato con los periodistas esto quedó a la luz bien desde el principio. "Cuando apretaban periodistas yo estuve del lado de los periodistas", se le ocurrió decir al novel candidato días atrás. Se quiso referir así a los años en que se hacía el simpático y comprensivo, ya fuera de la función pública, no a los años que había pasado al frente de la Jefatura de Gabinete, cuando montó, bajo la batuta de Néstor Kirchner, el sistema de presión y castigo sobre los medios y los periodistas que luego Cristina Kirchner heredó. Pero su desafortunada frase, aunque alcanzó para hundir a la expresidenta en el fango de los "apretadores", no sirvió para disculparlo a él. Ni a Néstor. ¿Será que se han sobreestimado las dotes de comunicador del Alberto?

El problema quedó aún más a la vista con el dispositivo tal vez fundamental de su estrategia de moderación, que a poco de echado al ruedo hace agua por los cuatro costados: el nestorismo, por oposición al cristinismo. La exaltación de la etapa inicial del proceso kirchnerista como el destino ideal al que deberíamos encaminarnos, tanto los peronistas como los argentinos en general, tanto para reconciliarnos como para resolver nuestros problemas, en particular los económicos.

Alberto ha fraseado esta idea en distintas variantes, pero siempre desembocando en la misma dificultad: la pretensión de ponerse en los zapatos del fundador de la dinastía que para bien o para mal moldeó las últimas dos décadas de política argentina lo supera con creces. Y cuando eso se constata, el efecto sobre su candidatura es el contrario al buscado, ella se empequeñece, y se potencia en vez de calmarse la sospecha de que tal vez ni siquiera tenga lo que hace falta para lidiar con asuntos menores. Como es terciar en la batalla de egos que enfrenta hoy a Mauricio Macri y Cristina. O lidiar medianamente con los despioles cotidianos que desvelan a los votantes.

En suma, en su afán de dar un salto demasiado largo desde su condición de empleado a la de líder, termina fracasando incluso en la más modesta pretensión de ascender a mediador, coordinador o coach, algo más o menos intermedio, y se vuelve la nada misma. O hasta algo peor, porque ¿no se niega incluso hasta como fiel sustituto de Cristina cada vez que exalta la figura de su marido ausente?

Podría pedirle consejo a Daniel Scioli. Aunque la verdad es que el ex gobernador no la tuvo tan difícil en 2015. La comparación sirve de paso para evidenciar que el problema ahora no es tanto la campaña, como el mismo candidato, Alberto en persona, con su historial y los roles que desempeñó: y es que él pecó, tanto por exceso como por defecto, mucho más que el exmotonauta, pues como empleado fue mucho más disciplinado, y cuando dejó de serlo se volvió por completo desleal.

Las acusaciones que lanzara contra Cristina por la AMIA, "mentirosa" y “encubridora", y de las que tuvo que dar cuenta en Comodoro Py, nunca se le hubieran pasado por la cabeza a alguien como Scioli, claro. Y fue el recuerdo de esas palabras lo que motivó su día de furia con los periodistas el miércoles pasado, solo eso. Así, sin haber ensayado jamás en la política práctica la virtud de la moderación no debería llamar tanto la atención que le resulte difícil ahora representar ese papel en la campaña.

¿Puede hacer algo para remediarlo? Por ahora, pareciera que está intentando endurecer su discurso, para velar detrás de una escalada confrontativa con Macri las hilachas que fue mostrando por el camino. De allí que en su siguiente salida al interior, esta misma semana, se dedicara a despotricar contra el actual presidente en tono "Nac & Pop" indignado: "candidato de Donald Trump" y "enamorado de Christine Lagarde" le lanzó, dos antigüedades que deben haber hecho reír hasta a Nicolás Del Caño.

Lo que tampoco se entiende a esta altura es la idea de dejarlo solo en la pelea, mientras Cristina se asolea en Varadero. ¿Se creyó en serio que iba a poder lidiar con Macri y Miguel Ángel Pichetto, encima afilados como nunca, mejor solo que acompañado por la expresidenta? ¿Fue algo pensado para el arranque, para darle aire y espacio a su instalación? En cualquier caso, no está funcionando. Y es un error que paga doble, pues confirma la sospecha de que el Alberto está un poco avergonzado de ella, como escondiéndola mientras recuerda que con su marido supimos estar mejor, y encima la hace extrañar cada vez que él falla en transmitir convicción, firmeza, autenticidad, pasión y cualquier otra de las varias cosas que a ella le salen tan bien.


Marcos Novaro

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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