Lunes, 22 Julio 2019 00:00

"Cristina inocente", el plan que avanza con la campaña - Por Claudio Jacquelin

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La campaña del kirchnerismo transita desde su inicio por dos carriles paralelos y simultáneos. Por un lado, circula el proyecto para volver al gobierno con Alberto Fernández al frente, con algunas promesas y muchas críticas al oficialismo. Por el otro, avanza, y se aceleró en los últimos días, la batalla por la absolución (social) de Cristina Kirchner.

 

No estamos, como se ha dicho, ante un remix de aquella vieja fórmula setentista expresada en el lema "Alberto al gobierno, Cristina al poder". En 2019, es "Alberto presidente, Cristina inocente".

Las dos carreras, sin embargo, no discurren de igual manera. Las dificultades y varias inconsistencias con las que transcurre la campaña presidencial contrastan con la ausencia de fisuras con la que se desarrolla el plan para exculpar a la verdadera jefa del espacio opositor. Evidencia de prioridades y de urgencias.

Un consenso atraviesa el espacio cristinista. Los dos carriles confluyen en una estación final de beneficios múltiples. Si se logra instalar la idea de la persecución político-judicial, y la consecuente victimización de la candidata, fuera de los círculos de militantes y fanáticos, será más fácil el camino para recuperar el poder. Mucho más sencillo que intentarlo con una candidata a vice condenada socialmente por buena parte de los votantes. Aunque la Justicia demore sus fallos para después de las elecciones.

El plan "Cristina inocente" adquirió en las últimas semanas una dinámica acelerada para darle más posibilidades de expansión y penetración, sobre todo en el núcleo más blando de votantes, esos que hoy afirman que no votarían a los Fernández pero que no dicen que nunca los votarían. Los que pueden definir la elección.

La estrategia no consiste en negar o responder por la responsabilidad de la expresidenta en los hechos por los cuales suma más de una docena de procesamientos. Se trata, como viene haciendo enfática y obviamente su compañero de fórmula, de desacreditar a los jueces y sus investigaciones.

Para constatar la existencia y la vigencia de este carril de la campaña, basta con revisar el timeline de las cuentas en las redes sociales de los principales referentes kirchneristas. Rápidamente se advierte una explosión de manifestaciones en aquel sentido, replicadas hasta lograr su viralización.

No puede haber fisuras ni desmayos en ese objetivo fijado desde lo más alto de la conducción. La prueba más reciente y explícita de la centralidad del plan fue expuesta ayer en el gran retrato íntimo de la campaña de Axel Kicillof que hizo Gabriel Sued en LA NACION.

Durante una recorrida por el norte bonaerense, el cronista recogió el siguiente diálogo telefónico entre Máximo Kirchner y el candidato: "Sí, me dijo Cristina que me ibas a comentar algo sobre el tema de la Justicia en la provincia. Sí, yo creo que hay que salir. Sin ir a los tobillos, pero habría que decir algo. Había pensado algo como que no podemos permitir tener un Comodoro Py en la provincia, o algo así".

Nada es casual, aunque eso no implica que todo esté coordinado. Uno de los discursos más celebrados y más viralizados por el kirchnerismo durante las últimas semanas fue el expresado por el presidente de la Suprema Corte de Justicia bonaerense, Eduardo De Lázzari, el 28 de junio pasado.

El magistrado había hablado del "abuso del proceso judicial penal". Por si no había sido suficientemente explícito, agregó: "Estoy hablando de causas armadas artificialmente, estoy hablando de abusos de testigos de identidad reservada, de arrepentidos, de factores de presión que inducen, fomentados y fogoneados por ciertos medios de prensa, a dictar condenas mediáticas".

Pese a la gravedad de lo afirmado por De Lázzari, sus expresiones solo estallaron dos semanas más tarde, luego de que la propia Cristina, desde su cuenta de Twitter, aconsejó escucharlas. A veces llegan ayudas inesperadas.

Ante las interpretaciones, críticas y denuncias para que presente pruebas, el magistrado bonaerense -exministro de Seguridad del gobierno de Eduardo Duhalde durante el auge de "la maldita policía"- hizo luego una aclaración bastante menos contundente, en la que no se desdijo del fondo de la cuestión.

Para el cristinismo, ya estaba cumplido el objetivo. No eran ella ni exfuncionarios procesados o condenados ni los candidatos o militantes kirchneristas los que así se expresaban.

Son estos aportes imprescindibles en pos del proyecto de instalar dudas en todos aquellos que, en medio de la campaña electoral, siguen haciendo alguna sinonimia entre kirchnerismo, corrupción, mafias y narcotráfico. El detalle no menor es que muchos de ellos integran los sectores a los que castigó la economía macrista, como lo señaló anteayer, con su habitual agudeza, Eduardo Fidanza en LA NACION.

Para Cristina, De Lázzari vino a ocupar más cerca, con más referencias concretas y con la aparente autoridad que le da ser la cabeza del Poder Judicial de la primera provincia argentina, el mismo bálsamo benéfico que ella encontró el 4 de junio en las palabras del Papa ante jueces panamericanos (varios de ellos argentinos) y que, entones, retuiteó con igual entusiasmo.

"Aprovecho esta oportunidad para manifestarles mi preocupación por una nueva forma de intervención exógena en los escenarios políticos de los países a través del uso indebido de procedimientos legales y tipificaciones judiciales. El lawfare, además de poner en serio riesgo la democracia de los países generalmente es utilizado para minar los procesos políticos emergentes", había dicho Bergoglio. Palabras con destino y aplicación universal, sin dudas.

La referencia a Francisco no tiene nada de casual. El operativo inocencia no es nuevo, y ni siquiera se remonta a enero pasado, cuando se conoció el llamado "Operativo Puf", que, apalancado en la causa abierta por el juez federal de Dolores, Alejo Ramos Padilla, expande esquirlas sobre el caso de los cuadernos de las coimas y otros procesos que avanzan sobre la expresidenta y muchos de sus exfuncionarios.

En el origen del proyecto exculpatorio (no confundir absolución con indulto) se encuentra la génesis de la entronización de Alberto Fernández como candidato a presidente y de la estratégica autopostulación de Cristina como aspirante a vicepresidenta.

Todo se remonta a hace exactamente un año y medio. Por entonces, Alberto Fernández sorprendía a algunos contertulios con una renovada defensa de Cristina. Justificaba buena parte de su conversión en palabras que adjudicaba al Papa, que había condenado los procesos judiciales en los que se acumulaban evidencias y pruebas contra la expresidenta.

Algunos defensores de Francisco, afines al Gobierno, que supieron entonces lo que Fernández decía desmentían que el Papa tuviera esa posición. Pero lo dicho por Bergoglio ante los jueces vendría ahora a darle verosimilitud a aquel relato o a revelar que el elegido de Cristina cuenta con cierto don de profecía, hasta ahora desconocido. Dilema para creyentes.

Fueron aquellos los primeros indicios, coincidentes con el lanzamiento de un incipiente proyecto de unificación del panperonismo, de que algo había cambiado en el ahora aspirante a presidente. De sus rotundas y públicas críticas a la expresidenta había pasado sin escalas (ni eliminación de archivos) a convertirse en su defensor.

Seis meses más tarde, en agosto de 2018, Alberto integró una misión al Vaticano, organizada por el excanciller brasileño Celso Amorim, con el declarado objetivo de pedir la bendición y el apoyo (no solo espiritual) de Bergoglio para el expresidente brasileño Lula da Silva, condenado por corrupción.

Empezaba un juego de espejos regional. Hace tres semanas, Alberto Fernández sorprendió a muchos con su visita a Lula en prisión. Todo el arco político no kirchnerista, el gobierno brasileño y numerosos observadores políticos lo consideraron otro error de su campaña.

El impacto electoral de ese gesto es una incógnita, pero no fue improvisado ni, sobre todo, ajeno a un objetivo central de campaña. Fernández viajó luego de que se revelaron mensajes que complicaban a Sergio Moro, el exjuez del Lava Jato y ahora ministro de Justicia de Jair Bolsonaro, ya que expondrían una estrategia destinada a condenar a Lula de todas maneras.

No solo fue una buena noticia para Lula y sus seguidores. Tampoco solo par el kirchnerismo. El populismo latinoamericano todo, que hoy se viste de teflón para no quedar pegado al desquicio del chavismo venezolano, celebró que se hubiera podido "hackear" uno de los servicios de mensajería considerados hasta ese momento de los más seguros del mundo.

Sin embargo, para otros, no pasó inadvertido que Telegram sea una empresa creada por dos ciudadanos rusos. Un país muy interesado en lo que pasa en el reino de Maduro y en toda la región. Alimento ideal para los conspirativo-paranoicos. Pero también, un elemento para no descuidar en medio de las singularidades de la situación regional, entre las que los comicios de la Argentina tienen una relevancia y una repercusión que exceden las fronteras del país y de la región.

La confluencia de intereses a veces resulta difícil de imaginar. Tanto como prever el resultado de elecciones que se definirán por detalles y por un escasísimo margen.

Por eso, el proyecto "Alberto presidente, Cristina inocente" promete más capítulos. Para no perdérselos.

Claudio Jacquelin

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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