Jueves, 01 Agosto 2019 00:00

Alberto Fernández fracasó en desatar una corrida cambiaria - Por Marcos Novaro

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Una última apuesta de campaña del Frente de Todos dirigida a seducir al voto jubilado y más todavía a asustar a los mercados apenas logró mover unos centavos la cotización del dólar. ¿Será que pocos se lo tomaron en serio?

Durante la campaña presidencial de 1989, algunos dirigentes renovadores devenidos menemistas y un par de economistas ortodoxos que siguieron ese mismo camino, precursores del Guillermo Calvo que hoy festeja a los Fernández, prometieron un “dólar recontra alto” en cuanto ellos llegaran al poder. Menem mismo anunciaba cada vez que podía en esos días la inminencia de su “salariazo”. Y eso más la impericia de los radicales, cuyo candidato presidencial festejó como su gran logro la expulsión de Juan Sourrouille del Ministerio de Economía, torciéndole una vez más el ya muy torcido brazo al traqueteado Alfonsín, como si con eso fuera a ganar algún voto más, alcanzó para que la corrida detrás del dólar y la hiperinflación se volvieran imparables.

Seguramente Alberto Fernández, por entonces un joven y entusiasta nacionalista de derecha, a punto de dar el salto al peronismo, al menemismo y al cavallismo, aprendió la lección sobre lo provechoso que puede resultar portarse como un irresponsable pirómano, si lo que se incendia es la casa del otro, y cuando llamen a los bomberos uno puede hacerse pasar por ellos. De allí que quisiera ahora repetir la martingala.

A dos semanas de las PASO, cuando las encuestas anticipan una votación muy pareja, y justo en la víspera de una millonaria renovación de Leliqs por parte del BCRA, Alberto quiso hacer la diferencia con una jugada a dos puntas: por un lado, arrebatarle votos al oficialismo en el sector del electorado en que él es ampliamente favorito, la tercera edad, prometiendo primero medicamentos gratis y a continuación 20% de aumento en las jubilaciones; por otro, generar pánico en los mercados y disparar una nueva corrida detrás del dólar, anunciando que ese aumento se pagaría con lo que ahora se destina a los intereses de las Leliqs, y que en caso de ser defaulteadas o de reducirse en forma drástica sus tasas de interés, provocarían una baja equivalente de las tasas de los plazos fijos y la consecuente fuga masiva de esos ahorros en pesos hacia el dólar.

Como si hiciera falta, el Alberto agregó que, en su opinión, el dólar está ahora “recontra bajo” y que considera imprescindible una nueva devaluación “para la salud de la economía”. Seguro no se refería a la economía de la mayoría de los votantes, mucho menos la de los suyos, ¿será que su invocación fue desinteresada, que se ha vuelto un amante de los exportadores y del ajuste salvaje? Si los costos los pagan otros, ¿por qué no?

Le faltó apenas pararse con un megáfono en la calle San Martín e incitar al público a zambullirse en las casas de cambio detrás de los verdes, “¡¡fuego, fuego, huyan antes de que sea tarde!!”. Menos mal que ésta es la versión moderada del kirchnerismo.

Ante la lluvia de críticas que recibió, insistió en su idea, con el argumento de que “entre los bancos y los jubilados" prefiere a los jubilados. Que serían los primeros perjudicados, claro, si se hiciera lo que propone, se devaluara de nuevo la moneda y dejaran de pagarse las deudas del Central. Porque lo único que aumentaría sería la inflación, no los haberes jubilatorios.

Pero ¿qué consiguió con su pequeño show? El dólar se movió apenas un 1% y el BCRA tuvo que subir un poco más la tasa de las Leliqs, nada del otro mundo. ¿Será que los mercados no lo tomaron en serio, o que no creen que los Fernández puedan ganar? Lo cierto es que el “costo Fernández” ya en gran medida lo venimos pagando, está cargado en las actuales tasas de interés, vía deuda del Banco Central e inflación presente y futura. Alberto simplemente lo que quiso fue aumentarnos un poco más la presión en el gañote, darle gas al miedo que se instaló en la economía desde que en febrero su sector pasó al frente en las encuestas, él que tanto se lamenta de lo que ha subido la deuda en los últimos años. Pero se ve que ese miedo tiene ya un colchón, y se necesita bastante más para que dispare en pánico. Incluso, el Alberto sonó poco convincente como vocero de “la gente común” contra “los bancos”. Porque es cierto que pasea a su perro, pero lo hace en Puerto Madero, no como el común de los mortales.

Conclusiones, se pueden sacar varias. Primera, para una economía como la argentina, más todavía en un momento de tal incertidumbre política como el que vivimos, puede parecer un lujo demasiado caro tener un mercado libre de cambios, pero es un lujo que vale la pena, porque en las manos correctas sus altibajos pueden ser bien administrados, y aún con sus costos a la larga es la solución más barata. Seguro nos va a salir más barata que la Convertibilidad en su momento, o el cepo más acá en el tiempo. Así que a no lamentarse tanto, podría ser mucho peor, por ejemplo si le hiciéramos caso a Alberto y su gente.

Segunda, por más que el ánimo colectivo esté por por el suelo, no parece mayoritariamente propenso a comprar espejitos de colores, salariazos ni cosas por el estilo. Impera cierto realismo fiscal para el cual ideas como las de “regalar remedios”, “decretar aumentos” y “poner plata en los bolsillos” y demás suenan poco reales. Menem ya pasó, hace treinta años lo logró, pero después tres o cuatro lo imitaron (uno de ellos asesorado por el mismísimo Alberto Fernández), y ya cansaron bastante al público como para que siga surtiendo efecto la misma jugarreta.

Y tercera, los economistas ortodoxos que desde 1989 vienen celebrando las habilidades del peronismo para gestionar ajustes, de los que Guillermo Calvo (iba a escribir “Moreno”, ¡qué lapsus!) nos brindó una muestra bastante poco sutil días atrás, cuando explicó que la economía debía quebrar antes de mejorar y los mejores para administrar esos escabrosos procesos siguen siendo los peronistas, deberían poner sus barbas en remojo, a la vista de lo que ha resultado de ese tipo de salidas. Que además de shocks regresivos sobre los ingresos aún más graves que el de 2018, incluyen la ruptura de reglas de juego, es decir la destrucción de instituciones económicas.

Para eso sí conviene que rememoremos el `89, y lo que le siguió, los enormes costos que implicaron esos dos largos años de hiperinflación, que casi se llevan puestos también al propio Menem y sus adeptos.

¿Será en serio que Alberto imagina su eventual presidencia con el modelo del riojano en la cabeza? Es capaz. Lamentablemente, su memoria se ve que no abarca los daños colaterales de las acciones de quienes lo precedieron en el oficio de agitador de tormentas financieras, de bombero pirómano. Pero hay que festejar que una vez más haya dejado en evidencia que lo mejor que tiene para ofrecernos es su ineficacia: el mal, le sale mal.


Marcos Novaro

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