Domingo, 04 Agosto 2019 00:00

Nada está ganado, nada está perdido - Por Joaquín Morales Solá

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Algo subterráneo, invisible por ahora, está pasando en la sociedad. El gobierno de Mauricio Macri viene de aplicar el ajuste más severo que se ha hecho sobre la economía desde la catástrofe económica de principios de siglo. ¿Era necesario? No solo lo era; la más sólida crítica a Macri (y también ahora autocrítica del Gobierno) consiste en que esas medidas se demoraron demasiado.

 

Ningún país puede vivir sanamente con un Estado que despilfarra recursos que no tiene, que emite moneda falsa y que, encima, agota todos los stocks con los que cuenta (energético, ganadero, reservas del Banco Central).

Pero lo cierto es que el ajuste existió -y existe-. Sin embargo, el Gobierno está peleando en igualdad de condiciones con su principal oposición, el peronismo kirchnerista, las elecciones del próximo domingo. Es probable que ese peronismo termine ganando las primarias inminentes, pero, según las principales encuestadoras, por un margen de entre el 2 y el 4 por ciento. Un resultado que podría remontar en la primera vuelta del último domingo de octubre, que serán también las primeras elecciones con consecuencias reales sobre la política de los próximos años. Altos funcionarios macristas señalan que prefieren esa derrota a una módica victoria; esta podría crear un prematuro y desventajoso triunfalismo.

Macri combate, además, contra un fenómeno adverso. Un 12 por ciento de los votos del domingo que no serán de él podrían haber sido suyos. Algunos candidatos, como Roberto Lavagna, José Luis Espert y Juan Gómez Centurión, están en condiciones de reunir juntos un 15 por ciento de los sufragios (o más). El 80 por ciento de ese total corresponden a votos que potencialmente optarían por Macri. ¿Qué sucede, entonces, en una sociedad que vota por un gobierno a pesar de que la economía no está bien (ni lo estuvo en el último año y medio) y que también sufre semejante fuga de votos probables? ¿Qué lleva a mucha gente a seguir votando por una opción política que debió aumentar el precio de las tarifas de los servicios públicos en porcentajes monumentales? ¿Por qué vota a una administración que fue azotada por una corrida cambiaria promovida por muchos factores? (el Gobierno reconoció sus propios errores, pero hubo también devastadoras consecuencias climáticas y de política económica internacional inmanejables para los gobernantes argentinos) ¿Por qué, si el macrismo debió explicar, una y otra vez, una inflación demasiado alta? Si un extranjero aterrizara en la Argentina para averiguar su política y tomara conocimiento de esos datos, pronosticaría seguramente una derrota de la administración de Macri. No obstante, si bien esa posibilidad no puede descartarse, tampoco la derrota está escrita en la piedra. El Presidente todavía puede ganar la reelección; tiene casi idénticas posibilidades que el peronismo de Alberto Fernández y Cristina Kirchner de gobernar los cuatros años que vienen.

Los resultados del próximo domingo son difíciles de vaticinar. En los principales distritos gobernados por el oficialismo, Macri está entre 8 y 10 puntos por debajo de los líderes locales. Sucede en la provincia de Buenos Aires, donde María Eugenia Vidal tiene mucha más intención de voto que el Presidente; en la Capital, donde Horacio Rodríguez Larreta está en la misma situación que Vidal, o en Mendoza, donde el gobernador Alfredo Cornejo también supera a Macri. Es razonable que eso ocurra, porque el que debió implementar las políticas más antipáticas (o menos populares) fue el gobierno nacional de Macri, no las administraciones provinciales. ¿Qué sucederá con esos votantes que adhieren a los gobiernos locales del macrismo, pero no a Macri? ¿Cortarán boleta y elegirán otro candidato a presidente? ¿O votarán resignados por la boleta completa? De las respuestas a esas preguntas dependen en gran parte los resultados de dentro de siete días. Será una elección estéril, porque no le dará el poder a nadie, pero tendrá enormes consecuencias políticas para la segura elección de octubre y para la probable de noviembre. Por eso, para el Gobierno es crucial la asistencia de votantes a esas primarias. El presentismo está garantizado para el peronismo kirchnerista; la religión cristinista convoca con éxito a los actos de fe, que es lo que serán, en última instancia, las elecciones del domingo. El votante macrista, en cambio, es reacio a los gestos de fanatismo.

Un caso aparte es la provincia de Buenos Aires. Según las mediciones más importantes, María Eugenia Vidal tiene todos los números muy por encima de su principal contrincante, Axel Kicillof. Pero, paradójicamente, lo más probable es que pierda el domingo frente al exministro de Economía. La pregunta que nadie puede responder es por cuánto perderá, si es que pierde, para saber si tiene posibilidades de cambiar su destino en las elecciones de octubre, las únicas que tendrá la gobernadora. En Buenos Aires no hay segunda vuelta. Vidal está ahora mucho más consolidada como política y como candidata que en 2015, pero, a la vez, Kicillof es mejor candidato que Aníbal Fernández. Si las elecciones se hubieran desdoblado, Vidal sería ya gobernadora electa de Buenos Aires. Decidió acompañarlo a Macri cuando este estaba en su peor momento político y cuando todavía Cristina Kirchner no había sorprendido a la política y al país designando a Alberto Fernández candidato presidencial. Vidal decidió, en definitiva, no dejar solo a Macri frente a Cristina en el territorio donde esta es más popular, sobre todo en el conurbano. Nadie tuvo un acto de lealtad política hacia el Presidente tan importante como el que le ofreció Vidal. Esta última semana antes de las elecciones será de definiciones cruciales (una parte significativa de la sociedad decide su voto en los últimos días y otra parte lo cambia). Macri necesita crecer cuatro puntos en la provincia de Buenos Aires y que otro porcentaje parecido de votantes estén dispuestos a cortar boleta. Si eso sucediera, la gobernadora estaría en condiciones de enfrentar la decisiva elección de octubre en igualdad de condiciones con Kicillof. Vidal es cauta, nunca hace alardes de vano optimismo. Ella ha comprendido la necesidad de mantener tensas las riendas de las expectativas de su equipo y de sus electores. Nada está ganado. Todo está para ser ganado o perdido.

Macri debe responder por casi cuatro años de gobierno. Ya es tarde para decir lo que no se dijo en su momento. La herencia que recibió fue ruinosa, pero el Presidente prefirió insinuar su magnitud, no explicarla cabalmente. Esa casi ausencia de pasado le permite al cristikirchnerismo anunciar políticas muy difíciles de aplicar sin provocar otra crisis enorme de la economía. Alberto Fernández se ha equivocado varias veces en los últimos días, pero es cierto también que muchos lo ven como una continuidad absoluta de Cristina Kirchner. La mención a la científica Sandra Pitta fue un error; no debió nombrarla. Pero ¿tuvo el candidato presidencial la intención de escracharla o de atemorizarla? Seguramente, no. Si se leen las palabras de Alberto sin prejuicios, se nota que su intención era llevar tranquilidad a Pitta y a sectores sociales asustados por el eventual regreso del cristinismo al poder. Estaba diciendo que él no es Cristina, que es lo que trata de decir sin suerte desde hace mucho. Pero podría haber hecho una referencia general a los que no lo votarán en lugar de llamar a Sandra Pitta por su nombre y apellido. Es lógico que Pitta se haya sentido amenazada cuando fue nombrada por el propio candidato presidencial por ser opositora al kirchnerismo. Fue como una reiteración de las viejas prácticas intimidatorias de Cristina en sus cadenas nacionales.

Un sector importante de la sociedad le pide a Macri solo estabilidad económica (dólar quieto y una inflación con tendencia a la baja). No le reclama el paraíso, ni siquiera el crecimiento. La reconstrucción de la actividad económica se está dando con índices imperceptibles todavía. El contraste con las políticas del pasado y con los modos de gobernar, y la comparación entre sistemas muy distintos son suficientes para que el Presidente conserve un caudal inverosímil de eventuales votantes.

Joaquín Morales Solá

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